Belleza es como explicamos y definimos a grosso modo la estética, pues cuando hablamos de estética nos estamos refiriendo a algo que es bello.

Belleza viene del griego aesthesis, que significa sensación, ya que se puede percibir a través de los sentidos y dado que es sensación, es materia apetecida en el estudio de la fenomenología.

Tomás de Aquino, eximio filósofo, define la belleza como: lo que visto agrada.

En la tradición tomista referente a lo bello, se afirma, sin atender aquí a otra postura, que este es un trascendental, por lo cual amerita un estudio de él mismo por separado.

Lo bello es, pues, una propiedad del ente, ya que bello es lo que ES, vale decir que por el sólo hecho de existir se puede afirmar que algo es bello, ontológicamente hablando, ya que para llegar a existir, debe reunir en sí mismo la perfección suficiente como para que sea. Por lo tanto, debe poseer las características objetivas propias de la belleza y estas son: integridad, es decir, no debe faltarle ni sobrarle nada (lógica); proporción conveniente, o sea, que todo en ello se encuentre en su justa medida y esplendor, vale decir, una claridad o luminosidad tal que lo destaca. El Doctor Angélico decía que lo brillante era bello. El esplendor está en la forma.

A partir de la relación con el hombre, podemos preguntarnos: ¿Cómo la estética tiene presencia en nuestra vida?

Comprendiendo que es un tema que no se agota en pocas líneas, sino que estas sólo pueden servir para continuar la búsqueda de una respuesta más acabada y para abrir el debate iluminador de tan trascendente contenido, aún cuando siempre quedare la sensación de poquedad, a pesar de los esfuerzos, la respuesta acabada sólo la puede tener quien es la belleza infinita, motor inmóvil y origen de toda belleza: Dios.

La estética tiene presencia en nuestra vida partiendo de nuestro propio ser, ya que nosotros mismos, dada nuestra existencia, somos bellos. Es por esto que nadie está ajeno a este tema y nuestros entornos avalan esta afirmación, puesto que, quien más o quien menos, trata de poner hermosura a su alrededor y cuando esto no ocurre, llama la atención y pasa a ser el indicador de que algo no está funcionando, que algo no está bien.

En el hombre existe la conciencia del gusto estético y de la actitud estética en distintos grados, pero esto está presente y se hace patente en la vida diaria. Los menos cultivados ameritan ser formados en la belleza para aprender a descubrirla y comprender que no todo es igual.

Quien ha crecido en el ámbito de la estética propiamente tal, sabe que todo no da igual, comprendiendo la diferencia entre lo hermoso y lo feo, es decir, aquello que no reúne las características de la belleza, o presenta su ausencia, por ende no posee esta perfección y de acuerdo a esto, no hay que olvidar, que aún cuando algo por cualquier motivo no agrade, si es lógico, posee proporción conveniente y tiene el esplendor de la forma, entonces es bello.

Ese gozo de lo bello, que cada ser humano lleva inscrito en su propio ser, se expresa de diferentes maneras y en los distintos ámbitos de la vida humana. Es así como hemos ido desarrollando a lo largo de la historia, las artes y las letras. No es raro que hayan surgido de entre los hombres, grandes pintores, arquitectos, escultores, poetas, músicos y compositores. Cada ser humano posee en sí mismo la belleza, por eso es capaz de reconocerla, ya que puede ver, casi como en un espejo, lo que él mismo lleva en su interior (resonancia también de lo exterior en nosotros), y de una u otra forma la exterioriza y la comparte, encontrando en ello un gozo indescriptible que le puede elevar hasta la más alta contemplación, haciéndole experimentar el gozo de la perfección que se encuentra ante sus ojos.

La vida misma es una poesía, pues es bella en todas sus formas, tal como se nos presente, con alegría o con dolor, pues el dolor puede ser también un tremendo potencial de belleza infinita. Ejemplo de esto es el poema de Luisa Hensel ((Poetisa alemana del siglo XIX. Fue maestra y amiga de la Beata Paulina von Mallinckrodt. A sus alumnas se les daba el apodo de “señoritas santas”)): “Yo Amo Al Hijo De Un Rey”, en el cual, queda de manifiesto que este Rey que ha padecido, que ha muerto y ha resucitado, llega a su gloria justamente mediante el sacrificio y por eso ya no se ven más llagas, sino rosas, ya no se ve corona de espinas, sino corona regia, digna del más grande de los reyes. Ese mismo dolor que un día se padeció, aparece ahora transformado y es el medio que causa una gran belleza, pues esas marcas, dejadas por el paso del martirio, muestran el camino por el cual se llegó a la más alta dignidad y gloria, a la belleza suprema, puesto que lo que antes fue desagrado, ahora se ha transformado en corona de honor.

Por otra parte, la relación entre la belleza y “el Vidente” ((Expresión usada por San Juan Pablo II en Tríptico Romano, llamando así a Miguel Ángel, al contemplar la maravilla de su obra en la Capilla Sixtina.)) es muy estrecha, pues este, para llegar a ser denominado así, debe haber hecho un recorrido tal, que lo ha llevado a conectarse de una manera más perfecta con la belleza, hasta el punto tal de comunicar él mismo belleza. Efectivamente es así, pues, como dice el Padre Osvaldo Lira ((Lira, Osvaldo – De Santo Tomás a Velásquez pasando por Lope de Vega – Splendor Formae – Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Santiago -, 1981. Impreso en los talleres de Alfabeta Impresores – Santiago, Chile.)), se produce una corriente a modo de hilo conductor que va desde la obra hasta el contemplante, por la cual este último puede llegar a exclamar: “¡Esto es bello!”

Para que alguien llegue a contemplar debe pasar por las etapas previas de, mirar, ver y luego juzgar, pero no por conceptos, teniendo al mismo tiempo un conocimiento anterior de lo que la obra en sí simboliza.

Es así también como se va dando la relación entre la belleza y “el Vidente”, pues este debe tener un conocimiento previo de lo que quiere simbolizar y luego reunir en sí mismo todas las características de la belleza (integridad, proporción conveniente y esplendor), para luego plasmarlas en su obra. Sin duda alguna “El Vidente” es un primer contemplativo, pues la obra misma se gesta primero en su interior, en su mente y en su corazón hasta darla a luz, obteniendo como resultado algo distinto de él mismo.

Pero “El Vidente” recibe también belleza, la asimila en su interior, la comprende y aprehende (en sentido análogo y puede ser auditiva, visual y/o intelectiva), porque nada en él podría rechazar a la belleza, dado que en él mismo hay belleza y luego es capaz de comunicar belleza.

La estética es percibida sólo por la persona, no así los animales infra racionales, ya que estos últimos carecen de la dimensión espiritual, de modo que aunque vean una pintura de Da Vinci, no llegarán a admirarla, menos contemplarla y por lo mismo, esto no será una experiencia para ellos, pues no harán la experiencia. El ser humano, en cambio, quedará conectado, pasando así a la contemplación del esplendor de la forma. Ocurrirán cosas en su interior, la pintura le evocará algo, llegarán recuerdos a su mente; como dice Gadamer, jugará el juego de la obra, podrá llegar hasta a “meterse dentro de ella”, internalizarla, conocerla, “sentirla”, “vivirla” y así experimentarla, es decir, llega a tener la experiencia de la belleza de la obra.

Es importante aclarar aquí que, aún cuando la belleza no pasa por un conocimiento conceptual ((Concuerdan en esto Tomás de Aquino y Kant)), para llegar a saborearla se hace necesaria la inteligencia, mayor capacidad de contemplación.

Frente a la belleza no hace el mismo recorrido el hombre culto, que el “rústico” ((Osvaldo Lira, Ob. Cit.)), ya que quien ha sido ejercitado en reconocerla, el que contempla un valor estético, se siente tocado y da una respuesta emocional; pues ambos tendrán acerca de lo mismo distintas impresiones, ya que el primero la conoce experiencialmente, mientras que el segundo está, “instalado en su rusticidad” ((Allí mismo)), y por lo mismo deberá realizar un recorrido más largo hasta encontrarse con ella, dentro y fuera de sí. Luego, la belleza se conoce en la experiencia ((ver allí mismo)).

Pero la gente común y corriente, una señora dueña de casa de una población, por ejemplo, no pasa todos los días y tal vez nunca, mirando pinturas y obras de arte, o leyendo poesía. Sin embargo, ella misma puede demostrar ser una muy buena artista en su propia casa: decorando la torta para el cumpleaños de sus hijos, poniendo en orden y limpiando prolijamente su casa, adornando el árbol de Navidad o preparando la mesa familiar para la cena de Año Nuevo.

¿Qué sucede cuando la familia decide salir a comer el Domingo y llegan a un restaurante en donde los manteles están manchados, los cubiertos tienen residuos de comida pegada, aún cuando se nota que fueron lavados, o les presentan una losa aún con gotas de agua? Sin duda alguna, no falta el miembro de la familia que manifiesta su descontento, pues eso “a la vista no agrada” y la emoción que provoca interfiere en el grato momento familiar que se esperaba pasar juntos, gustando y contemplando lo hermoso de verse y sentirse unidos y amados entre sí. Entonces, nadie podría decir, si se analizan los pequeños y grandes detalles de la vida diaria, que la belleza no interfiere en nuestras vidas, puesto que la belleza se hace presente, para hacer la vida más grata y amable, para ayudarnos a superar los momentos amargos y elevarnos a la condición de personas felices.

La belleza influye en nuestro estado de ánimo, en nuestra manera de comportarnos, en la forma en que nos llegamos a comunicar con los demás en un momento dado.

Cuando volvemos a vivir a un país del tercer mundo, después de haber estado en América del Norte o en Europa ¿qué sucede con nosotros? ¿Qué ocurre en nuestro interior? ¿Cuáles son los gestos o muecas que dibuja inconscientemente nuestro rostro? ¿Por qué el gobierno de un país se preocupa por cuidar áreas verdes y embellecer calles y avenidas, plazas y toda suerte de lugares públicos? ¿Por qué pintamos nuestras casas y cuando va a llegar visita la limpiamos especialmente y en culturas como la chilena, sacamos el mejor servicio de cuchillería, ponemos el mantel más lindo, etc.? Porque la belleza influye en el hecho de que pasemos un rato agradable y en el hacer sentir bien a los demás, porque al procurar belleza al otro le estamos dando muestras también de nuestro amor y respeto.

La belleza es importante e influye en todas las culturas y en todas las religiones del mundo. «La belleza, que en Oriente es uno de los nombres con que más frecuentemente se suele expresar la divina armonía y el modelo de la humanidad transfigurada, se muestra por doquier: en las formas del templo, en los sonidos, en los colores, en las luces y en los perfumes» ((Juan Pablo II, Carta ap. Orientale lumen (2 mayo 1995), 11: AAS 87 (1995), 757. Cfr. Francisco, Carta Encíclica “Laudato Si”- Sobre el Cuidado de la Casa Común-, Ediciones U C ,2015. Santiago, Chile, p. 177.)).

La belleza tiene un lugar preponderante en nuestro mundo y es así como el Papa Francisco nos exhorta a cuidar el planeta diciendo: “Pero estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud” ((S.S. Francisco, Carta Encíclica Laudato Si’, p. 43)). Pues no sólo la paz y la plenitud son importantes, sino también la belleza de nuestro mundo, ya que esta hace bien al hombre.

Quien sabe contemplar, no puede quedar ajeno al tema de la belleza de una manera consciente en su vida. Es por eso que grandes hombres y mujeres de todos los tiempos se han sentido atraídos por Dios, cuya grandeza y hermosura provocan su asombro y admiración.

Por otra parte, la belleza que no es capaz de llevar al hombre a la suma belleza, “causa incausada” de todas las bellezas, no es belleza, es sólo un engaño que nos ata a lo efímero y pasajero, haciéndonos quedar en un aquí y un ahora que pasará y nada aportará a la perfección de nuestra propia belleza, arrastrándonos, como Narciso, a la admiración de nosotros mismos, ahogándonos en las aguas de la temporalidad y la perdición, por nuestra insensatez y vanidad.

El filósofo tiene la particularidad de ver con mayor rapidez y facilidad lo que los demás no ven, esa es la actitud que debemos cultivar, la de darnos cuenta dónde está lo bello realmente, es decir, saber descubrir de entre las apariencias, a la verdadera belleza y saber quedarnos con ella.

Tanto los bienes materiales como los espirituales se unen y hacen alianza de belleza cuando sirven para embellecer las relaciones humanas de los hombres, pues provocan una ayuda para alcanzar un bien superior y aún mayor, la belleza de unir y así hacer crecer la hermosura del amor sobre la tierra.

[pullquote]El Papa Francisco dice: “Prestar atención a la belleza y amarla nos ayuda a salir del pragmatismo utilitarista. Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso. Al mismo tiempo, si se quiere conseguir cambios profundos, hay que tener presente que los paradigmas de pensamiento realmente influyen en los comportamientos” ((S.S. Francisco, Carta Encíclica Laudato Si’, p. 163)). Y Dostoievski dijo: “La belleza salvará al mundo”. Pareciera ser que no hay argumentos que puedan combatir tan sólidas afirmaciones, pues la belleza es el tesoro que cada uno tiene que cuidar para preservarse a sí mismo y al mundo, para no caer en la autodestrucción. Pues todo aquello que carece de belleza es signo de muerte, de mal, pues no tiene ser.[/pullquote]

Tomás de Aquino afirma que la belleza es objetiva, de modo tal que no podemos engañarnos pensando que depende de tendencias o relativismos, pues tiene valor en sí misma.

La belleza puede llegar a ser también terrible y extasiar a alguien hasta el extremo.

Frente a ella el hombre tiene también una responsabilidad. Esta consiste en el no permitir que su propia tierra, es decir, su vida, se torne baldía. Existe la responsabilidad de armonizar, cuidar, limpiar y dar a cada uno y a cada cosa el valor que le corresponda de acuerdo con sus perfecciones, pues una casa no es más bella, por hermosa que sea, que las personas que la moran, pues su belleza ontológica es superior.

Por todo lo anterior, la máxima Husserliana: “volvamos a las cosas mismas”, se aplica también a las cosas bellas.

La belleza es indudablemente parte de nuestras vidas e influye en ella todos los días, pues está en todo y en todos, como base, por el simple hecho de existir.

El hombre consciente o inconscientemente advierte la belleza en su interior y exterior, la busca y se la procura, poniendo sus mejores esfuerzos en ello.

Donde haya un ser humano, por “rústico” que sea, siempre habrá una búsqueda de la belleza, aunque esta no sea la belleza clásica, pues él, por el sólo hecho de existir, ya es alguien bello, pues posee esa amable perfección junto a su dignidad de persona.

La belleza, fenomenológicamente hablando, se capta por intuición, a un primer golpe de vista y se reconoce que, por ejemplo, una imagen es bella cuando representa perfectamente su objeto, aunque este parezca feo.

Hildebrand dice: “La belleza se contempla con el corazón”. Sí, porque existe un elemento afectivo, hay una experiencia a la hora de reconocerla y el placer experimentado por la persona es inmaterial, corresponde a uno de naturaleza espiritual. Es por esto que quienes cultivan la sensibilidad son más propensos a descubrirla más rápidamente y así tenemos a algunos filósofos y religiosos, quienes por su desarrollada capacidad de asombro son un puente para ayudar a otros a atravesar el río de la superficialidad y así poder encontrarse más conscientemente con la belleza influyente en su vida de cada día.

Sin embargo, una respuesta acabada sobre el tema de la belleza no la encontraremos en esta vida, sino que esto será cuando lleguemos al término del camino.

“Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios (cf. 1 Co 13,12)” ((S.S. Francisco, Carta Encíclica Laudato Si’, p. 183)).

Tal es la importancia de la belleza en nuestra vida.

BIBLIOGRAFÍA

S.S. Francisco, Carta Encíclica “Laudato Si”- Sobre el Cuidado de la Casa Común-, Ediciones U C , 2015. Santiago, Chile.

Lira, Osvaldo – De Santo Tomás a Velásquez pasando por Lope de Vega – Splendor Formae -,Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Santiago -, 1981. Impreso en los talleres de Alfabeta Impresores – Santiago, Chile.

© 2016 – Sor María Socorro Quintana Salazar para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Sor María Socorro Quintana Salazar

Sor María Socorro Quintana, SCC, nació el 3 de agosto de 1967 en Cauquenes (Chile); es la mayor de cuatro hermanos. Sus primeros estudios los realizó en el Liceo Inmaculada Concepción de Cauquenes. A los 18 años ingresó a la Congregación de las Hermanas de la Caridad Cristiana, Hijas de la Bienaventurada Virgen María de la Inmaculada Concepción (Sororum Christianae Caritatis). Es Profesora y Licenciada en Educación.

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