Desde el momento en que Benedicto XVI anunció su renuncia, surgieron legiones de “eclesiólogos” que sostenían que la Iglesia no era capaz de mostrarse relevante para el mundo moderno y que, asimismo, atravesaría una insalvable crisis de confianza. En un reciente ensayo, por ejemplo, Omar Encarnación afirmaba que “al apostar por el Papa Francisco, el Vaticano intenta salvar el catolicismo (…) o, por lo menos, ayudar a frenar su caída. Pero hay razones para creer que las esperanzas de la Iglesia son infundadas, incluso están fuera de lugar”[1]. Para justificar su análisis, el mencionado politicólogo neoyorquino del Bard College hacía referencia al número creciente de católicos que abandonaban la Iglesia para integrar grupos evangélicos.

La avalancha de juicios calamitosos sobre la Iglesia no constituye una novedad. En primer lugar suelen partir de un desconocimiento de su historia y misión; y en segundo término, de una imprecisión en el análisis de su naturaleza. Por señalar tan solo un ejemplo, la premisa –tantas veces dada como cierta y aceptada sin mayor examen crítico– acerca de la disminución de los católico es equívoca. El informado blog “Dignitas” sostenía recientemente que lo que ha acontecido es una profunda y rápida transformación de la geografía católica: “A comienzos del pasado siglo, casi dos de cada tres católicos vivía en Europa. En 2007, dos de cada tres católicos vive en el continente americano o en Asia-Pacífico.  En conjunto la población mundial católica ha pasado de 757 millones en 1978, a 1,196 millones en 2010. Un incremento relativo de casi el 58%, muy ligeramente superior al crecimiento demográfico mundial”[2].

El análisis de “Dignitas” coincidía con la predicción del sociólogo Philip Jenkins: “Estamos en un punto de inflexión histórico y trascendental para el cristianismo. En todo el mundo el cristianismo está creciendo y mutando en formas que los observadores occidentales tienden a no percatarse”[3].

Difícilmente los detractores más endurecidos podrían aventajar a los críticos de hace dos milenios en el mundo romano. En sus “Anales”, el historiador Tácito se refería al cristianismo como aquella “fatal superstición” que practicaba toda clase de “atrocidades y vergüenzas”[4]. Mientras que Suetonio juzgaba a los seguidores de Cristo como “una superstición nueva y maligna”[5].

¿Cómo vino a constituirse la Iglesia Católica?

vatican_coverAquello que los analistas suelen olvidar es que la Iglesia constituye una institución divina, en cuanto fundada por Jesucristo, y a la vez humana, con todas sus imperfecciones y limitaciones. También se soslaya que el Señor Jesús instituyó la Iglesia como “signo de contradicción”, en un medio geográfico y cultural donde a los ojos del mundo parecía muy improbable que lograse sobrevivir y fructificar[6]. Desde sus inicios el cristianismo se constituyó en un signo que cuestionaba diversas realidades contrarias a los valores humanos, como el desconocimiento de los excluidos, de los débiles, de los esclavos y de las mujeres. También la Iglesia colocaba en cuestión el relativismo moral y el pesimismo religioso, conducente a un pavoroso vacío espiritual.

Cuando empezó a conformarse la cristiandad en el siglo I, Roma era el imperio con mayor poder en el mundo, una ecumene donde diversas culturas contribuyeron a edificar una civilización común. En el siglo I aquella cultura fue confrontada por la novedad y el dinamismo del Evangelio.

Los orígenes de la Iglesia fueron humildes, creciendo al margen del mundo romano. La gran mayoría de los primeros creyentes cristianos fueron judíos –procedentes de Palestina y de las ciudades helenizadas–, que poseían “un conjunto común de escrituras sagradas y un sentido de pertenencia particular a Dios”[7]. En contraste con la sociedad gentil, los cristianos habían elegido una ética de caridad y ayuda mutua, compartiendo la creencia que Dios intervenía para sostener a la Iglesia. Ellos depositaban su fe en la salvación prometida por el Señor Jesús, ungido por Dios como el Mesías, el Christos.

El cristianismo se nutría de su propia tradición sagrada: la Revelación de Dios, recogida y manifestada a través de la antiquísima Historia de la Salvación y cuya plenitud era el mismo Señor Jesús. La Buena Nueva contenida en los Evangelios transmitía fielmente lo que el Señor Jesús realizó y enseñó mientras habitó entre los hombres y las mujeres de Palestina.

[pullquote]Tras la ascensión del Señor, los apóstoles y los primeros discípulos comunicaron fielmente aquellas palabras que habían oído y aquellas obras que habían visto realizar. Con tal fin fueron asistidos por la luz del Espíritu Santo, que en Pentecostés acudió a ellos de manera providencial, cuando estaban reunidos junto a la Madre, María, en el cenáculo de Jerusalén. Mateo, Marcos Lucas y Juan consignaron por escrito la tradición viva, transmitida por la prédica del Señor Jesús, por los testimonios de los apóstoles, testigos principales, y de los primeros cristianos, colmados de ánimo evangelizador. La tradición, en un primer momento oral, se plasmó en la palabra escrita, conservando –como manifiesta la Dei Verbum– “la forma de la proclamación, de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús”[8].[/pullquote]

Las enseñanzas de Jesucristo y sus discípulos, como ya hemos señalado, se oponían radicalmente a las visiones religiosas del paganismo. La cosmovisión greco-romana contenía un fondo de fatalismo y materialismo que había producido una civilización que cultivaba, conjuntamente con las virtudes heroicas, el egoísmo, el hedonismo, el escepticismo y la indiferencia por el valor de la vida.

Por el contrario, los cristianos enseñaban que Dios actuaba en la historia para realizar un Divino Plan de liberación-reconciliación de las rupturas del pecado, para que las personas alcancen la vida eterna. Desde el primer momento de la historia, Dios había intervenido providencialmente en el devenir humano, preparando una “nueva época”, la “Nueva Alianza”, iniciada en el momento de la Anunciación-Encarnación del Señor Jesús. Más tarde Jesús anduvo por el mundo compartiendo la Buena Nueva. En esta visión cristiana de la historia todo trasparentaba dinamismo esperanzador y continuidad de la acción divina para restaurar el orden quebrantado por la acción del pecado.

Las diferencias religiosas entre los paganos y cristianos

En contraste, para el paganismo lo “divino” estaba constituido, en términos generales, por la realidad inmóvil y eterna de las ideas. Todo estaba gobernado por leyes inmutables que se aplicaban al mundo de lo inteligible, de lo numinoso y de lo espiritual. De la misma forma que los astros sostenían una moción cíclica, el movimiento de la historia se regía por la norma del “eterno retorno”. En dicha sucesión constante no existía lugar para la novedad y el cambio. Tampoco para la esperanza. La religión greco-romana estaba hondamente transida de un fatalismo que confiaba tercamente en la “fortuna”, de la que solamente algunos elegidos podían escapar practicando la “gnosis”, el conocimiento de los misterios, o ejecutando ritos mágico-esotéricos.

Desde el momento en que el Salvador vino al mundo, ocurrió un hecho fundamental con la introducción de un cambio cualitativo y definitivo en el tiempo. La doctrina compartida por sus discípulos constituía la negación de la melancolía helénica, satisfecha con aguardar una eterna repetición de los acontecimientos. Los cristianos se distinguieron por su firme fe en un futuro donde la salvación y la gloria eterna estaban a su alcance.

La “cristofobia” primitiva

Para algunos líderes de la cultura greco-romana, el camino salvífico de Cristo resultaba incomprensible, particularmente la proclamación de la acción salvífica de Dios y el rechazo a la idolatría. Se hizo inevitable el choque entre el mensaje cristiano y la ideología cultural pagana, del materialismo complaciente y egoísta.

La confrontación ya se había iniciado en la época apostólica cuando San Pablo fue ridiculizado en el Areópago de Atenas al sustentar la resurrección del Señor Jesús[9]. Mientras unos se burlaban, otros le decían: “Sobre esto ya te oiremos otra vez”[10]. “¿Qué tenía que hacer Atenas con Jerusalén?”, se interrogó una centuria más tarde Tertuliano. “¿Qué acuerdo podía existir entre la Academia y la Iglesia?”[11].

Algunos de los impugnadores más acérrimos del cristianismo fueron personajes como Crescente, el filósofo cínico que denunció a San Justino Mártir ante la justicia romana, declarando que los cristianos eran “gente atea y sin religión”[12]. Aquellas y otras incomprensiones determinaron que la Iglesia sea considerada enemiga del Imperio, y que los cristianos sufriesen sangrientas persecuciones, suscitándose incontables mártires.

Sin embargo los cuestionamientos de los paganos fueron uno de los principales estímulos para la conformación de la teología católica. Otro fue la confrontación con las nacientes herejías, surgidas al interior del cristianismo, donde se desarrollaron otros temas principales de la reflexión teológica, como la relación entre Dios y el mundo, entre la fe y la razón, la creación “ex nihilo”, la identidad substancial del Hijo, Segunda Persona de la Trinidad, con el Padre, la historicidad de los hechos y dichos presentados en los Evangelios, entre otros.

La evangelización de la cultura

Al cristianismo primitivo le correspondió el gran mérito de hacer creíble la fe. La teología aportada por los Padres de la Iglesia recurrió a instrumentos intelectuales similares a los de sus detractores, enfrentando un extraordinario reto intelectual. A ellos cupo la tarea de dirigirse al mundo y a los pensadores de la época. En aquel diálogo con la cultura se rescataron los mejores valores clásicos. Requerían ganarse las mentes y los corazones de aquellos que los cuestionaban, presentando el esplendor de la verdad contenido en el cristianismo y disipando los prejuicios contra la Iglesia levantados por el populacho, los académicos y los gobernantes.

[pullquote]Los intelectuales católicos habían cultivado la razón para inquirir sobre Dios. La misma definición de “teología”: theos “Dios” y logos “estudio”, significaba el estudio de Dios y de las cosas o hechos relacionados con Dios. “Desde aquella perspectiva -exponía  Melquíades Andrés Martín-, la teología es la fe que busca ser entendida y el entendimiento que aborda el objeto de la fe. De aquí se desprende la centralidad del tema de las relaciones entre fe y razón”[13].[/pullquote]

Pese al clima de persecución y de desconfianza, la Iglesia fue extendiéndose sobre la base de un inédito mensaje que respondía a las ansias de salvación de las personas. Con el anuncio del “Kerigma”, la Buena Nueva salvífica, los Apóstoles y los evangelizadores buscaban ofrecer la salvación obrada por Jesús y alcanzada mediante la fe y la conversión. La misión de estos predicadores fue la misma señalada por el Señor: “Id y anunciad (la Buena Nueva) hasta los confines de la tierra”[14].

La Nueva Evangelización

papa_cover23La Iglesia debe encarar todos los días aquel reto propuesto por el Señor, que podría sintetizarse en el desafío de presentarle al mundo el mensaje y la invitación salvífica de Jesús. Pero se trata de una humanidad que si bien busca la salvación y la verdad, entra también en dudas, alcanzando a mostrarse escéptica, asumiendo ideologías secularizantes e incluso nihilistas, o distraída por las innumerables demandas de la existencia cotidiana. Sin embargo, como acentuara Benedicto XVI, refiriéndose a la Nueva Evangelización, este “hombre” dividido entre lo intramundano y lo interior tiene “un hambre más profundo, que sólo Dios puede saciar. También el hombre del tercer milenio desea una vida auténtica y plena, tiene necesidad de verdad, de libertad profunda, de amor gratuito. También en los desiertos del mundo secularizado, el alma del hombre tiene sed de Dios, del Dios vivo”[15]. Aquí radica uno de los fundamentos que hace a la Iglesia siempre viva y actual, aportando al mundo una inmensa fuerza renovadora, ciertamente no por sus fuerzas, sino por la fuerza del Evangelio.

La misma Iglesia tiene sus combates, enunciados por el entonces Cardenal Ratzinger en un recordado “Vía Crucis”: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!”[16].

Pero también a ella le corresponde vivir la esperanza. Cómo les manifestaba el Papa Francisco a los cardenales en una audiencia, “el Espíritu Santo da a la Iglesia el valor de perseverar y también de buscar nuevos métodos de evangelización, para llevar el Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. Hch 1,8). La verdad cristiana es atrayente y persuasiva porque responde a la necesidad profunda de la existencia humana, al anunciar de manera convincente que Cristo es el único Salvador de todo el hombre y de todos los hombres. Este anuncio sigue siendo válido hoy, como lo fue en los comienzos del cristianismo, cuando se produjo la primera gran expansión misionera del Evangelio”[17].

Al contrario de lo afirmado por analistas como Omar Encarnación, la misión esencial de la Iglesia no es “hacerse relevante”. Ya el hecho de que el mencionado politicólogo le haya dedicado un amplio escrito demuestra su “actualidad”. Más bien su labor debe centrarse en mostrarle a Jesucristo a las personas, conduciéndolas a Él y comunicándoles su gracia. En palabras del Cardenal de Lubac, la razón de su existencia es “ponernos en comunicación con Cristo”, nuestra esperanza y reconciliación[18].

© 2013 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC


[1] The Catholic Crisis in Latin America Even an Argentine Pope Cant Save the Church, en Foreign Affairs, March 19, 2013.

[3] Ver The Next Christianity, en The Atlantic, October 2002.

[4] Ver Anales, 15, 44, 2ss.

[5] De Vita Caesarum Nero, XVI, 2.

[6] Lc 2, 34-35

[7] Henry Chadwick, The Church in the Ancient Society. From Galilee to Gregory the Great, Oxford University Press, New York 2001, p. 5.

[8] Dei Verbum, 19.

[9] Ver W.H.C. Frend, The Rise of Christianity, Fortress Press, Philadelphia 1984, p. 99.

[10] Hch 17, 31ss.

[11] En De præscriptione, VII.

[12] Henry Chadwick, ob. cit., p. 110.

[13] Melquíades Andrés Martín, Pensamiento Teológico y Cultura. Historia de la Teología, Sociedad de Educación Atenas, Madrid 1989, p. 17.

[14] Mc 16, 15.

[15] Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, Domingo 28 de junio de 2010.

[16] Meditaciones para la Novena Estación, Vía Crucis del 2005.

[17] Papa Francisco, Audiencia con los Cardenales, 15 de marzo de 2013.

[18] Ver Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Desclee de Brouwer, Bilbao 1964, p. 182.

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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