En el siglo V, una conmocionada Europa presenció el surgimiento de intrépidos personajes que quebraron los moldes convencionales. Hambrientos de Dios, a quien buscaban en la contemplación silenciosa, y la oración nutrida por la meditación de la Sagrada Escritura, la llamada “Lectio Divina”, laboraron de manera vibrante y avasalladora para reconstruir, incluso edificar, una inédita civilización cristiana, la “Christianitas”, desde los cimientos, quebrados por siglos de guerras e invasiones de pueblos que buscaban asentarse en sus valles, bosques y llanuras, desprotegidos por el derrumbamiento del Imperio Romano de Occidente.

Entre éstos destaca de manera particular San Benito de Nursia, fundador de la Orden monacal milenaria y autor de una Regla que, durante siglos, ha venido normando la vida de millares de hombres y mujeres consagrados a Dios. Aunque distinguido como maestro espiritual, el influjo que ejerció San Benito fue decisivo para la configuración, conservación y difusión de la cultura Occidental. No en vano fue reconocido como “Patrón de Europa”, y el monasterio de Montecasino, fundado por él, en el año 529, fue considerado como “cuna de la civilización occidental”.

¿Cabe preguntarse si aquel humilde monje ermitaño, inmerso en sus meditaciones en las soledades de una cueva en el monte Subiaco, en el centro de la península itálica, habría avizorado algún día que sus seguidores fuesen a desplegar uno de los mayores esfuerzos misioneros y civilizadores de la historia de la humanidad?

Desde aquella caverna, conocida como “Sacro Speco” (Gruta Sagrada), Benito se propuso fundar un nuevo monacato, cuna de una vida santa y exigente, en medio de la anarquía que había invadido Europa. Estos abrigos para la civilización y la espiritualidad cristiana transformaron los perfiles del continente, preservando la cultura, afectada por el desplazamiento de los “nuevos europeos”.

Este genial hombre que había nacido en Nursia, en la provincia de Umbría, en el año 480, pasó una treintena de años apartado del mundo, aprendiendo las lecciones espirituales y ascéticas, conociendo mejor la naturaleza humana, pero principalmente conformándose con el Señor Jesús, que el descubría como Maestro en sus diarias meditaciones de los Evangelios. Entre otros guías espirituales asumidos por Benito: las vidas de los Padres de la Iglesia; los “Dichos” de los Monjes del Desierto; las normativas de San Pacomio, aquel monje egipcio que en el siglo IV fundó la vida cenobítica (la Koinovion: vida religiosa en común); las obras de Juan Casiano; las reglas monásticas de San Basilio y San Agustín de Hipona; y la “Regla del Maestro”.

En Subiaco, Benito “tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano”, recordaba el Papa Benedicto XVI. Se trata de “la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza”.

Todas estas experiencias y enseñanzas fueron plasmadas en una “regla de vida” que normaría el carisma y la existencia cotidiana del movimiento monacal benedictino.

El Papa San Gregorio Magno, su primer biógrafo, advirtió las dos características principales de la Regla, las raíces de su permanencia y difusión: la moderación y la respetuosa lucidez ante las vidas de los hombres y mujeres que la adoptarían. Ella constituye un código completo para el compromiso monástico, redactado para personas comunes, que no son ni atletas espirituales, ni fenómenos ascéticos. Bajo la Regla, la vida del monje se constituye en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación, para que Dios sea glorificado en todo.

Los benedictinos constituyeron una inmensa multiplicidad de hombres y mujeres, doctos y rústicos, procedentes de incontables pueblos y naciones que confluían en Europa, cuyo deseo esencial era consagrarse a Dios. “Una escuela para principiantes”, como manifiesta la Regla, con modestia monacal. Escuela, sin embargo, donde lo que se persigue y a lo que se aspira es nada menos que la perfección de la caridad, modelada en Jesucristo.

Uno de sus principios esenciales, “ora y labora”, constituyó la energía regeneradora sobre la cual se construyó una nueva identidad cultural, sentada sobre las bases de la antigüedad greco-romana, que asimiló a los antiguos habitantes del multifacético Imperio Romano, así como los aportes a la naciente cultura de pueblos como los germanos, eslavos, magiares y escandinavos.

El esfuerzo benedictino contrasta con la Europa actual, donde se refuerzan las autonomías particularistas; y en un laicismo mal entendido, del que se ausentan los fundamentos históricos y las tradiciones espirituales.

En una época crítica para la historia, la Orden benedictina logró generar un vértice de unión que, respetando las particulares culturales, fue construyendo puentes desde la fuerza del Evangelio, para mitigar los abismos nacionales, creando una cultura de encuentro, una colectividad comprometida con la evangelización y la civilización cristiana.

Costó mucho implantar las reformas de San Benito. Los monjes del convento de Vicovaro, cercano a Subiaco, se rebelaron contra el Santo cuando éste intentó organizar sus vidas bajo las exigencias de la Regla. Eran los mismos religiosos que convencieron a San Benito para que abandone su encierro, rogándole que se haga cargo de su monasterio.

Finalmente logró reunir a otro grupo, emprendiendo con ellos el camino hacia la cima de una escarpada montaña, en Montecasino, convirtiéndose en símbolo del carisma benedictino.

La espiritualidad contemplativa de los benedictinos estaba íntimamente asociada al trabajo, primera condición del crecimiento del bien y de la fatiga en nombre de Dios. Los monjes también comprendieron la importancia de forjar bibliotecas y centros de enseñanza y de saber, para preservar la cultura y el conocimiento, recogido de los clásicos y de las tradiciones de los pueblos locales, copiando manuscritos y formulando nuevos textos, para lo cual dedicaban sacrificadas jornadas en los “scriptorium”. Gracias a sus esfuerzos se conservaron y transmitieron conocimientos esenciales para la posteridad.

El objetivo de la Regla era guiar a la persona “a regresar a Dios por el trabajo obediente, del que se habían alejado por el ocio desobediente”. La laboriosidad benedictina constituyó la base de la inventiva y la expansión agropecuaria, ya que los monjes transformaron sombrías ciénagas, indómitos bosques y ásperas llanuras en campos fértiles. La gente fue buscando cobijo a la sombra de los monasterios, que se convirtieron en el núcleo de nuevas urbes europeas.

San Benito fallece en el año 547, pero su obra perdurará y fructificará a través de los siglos. En el año 596, mientras Montecasino ardía, víctima del asedio de los bárbaros longobardos, partía un grupo de hermanos benedictinos a misionar en las Islas Británicas, encabezados por el Abad Agustín, mas tarde Arzobispo de Canterbury. Los monjes habían sido enviados por el Papa San Gregorio Magno, quien deseaba restablecer la comunicación con los antiguos territorios anglo-romanos, allende el Canal de la Mancha.

Desde aquellas tierras inglesas, transformadas en un foco evangelizador, partieron a su vez nuevas misiones benedictinas para evangelizar y traer la civilización a regiones entonces indómitas, como los Países Bajos y Alemania. Otros intrépidos monjes se adentraron en los recónditos bosques galos. Incluso una leyenda narra el viaje de algunos religiosos, que liderados por un valeroso hermano llamado Brendan, habrían arribado a la lejana Islandia. También existen testimonios históricos de monasterios fundados en Groenlandia.

En la Europa, que estaba en estado formativo, los benedictinos construyeron monasterios en lugares icónicos para la cultura, como Fulda, en la región de Hesse, puerta de ingreso a Alemania. En el año 770 residían allí 700 monjes, descendientes de las antiguas confederaciones de pueblos germánicos, junto a francos y celtas de Irlanda. Las enseñanzas y los logros espirituales, científicos y tecnológicos de los hijos de San Benito, quizá los primeros “europeos”, permanecen en las raíces y fundamentos de la cultura de las naciones del Viejo Continente.

Contemplar la historia de la civilización Occidental, desde la óptica de sus pioneros, nos conduce a observar también la realidad del Cristianismo, y su espacio como fundamento y base cultural de Europa, respetando la justa diversidad. Precisamente, honrando a San Benito y las epopeyas de sus discípulos, así como la labor de incontables cristianos comprometidos en la evangelización de la cultura, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger acudió a Subiaco para conmemorar al fundador de la epopeya benedictina, allí donde comenzó su labor, pocos días antes de ser elegido como sucesor del Santo Juan Pablo II.

En su exposición, el Cardenal Ratzinger cuestionó que el aumento de las posibilidades materiales y técnicas de los europeos no se condecían con el desarrollo de su energía moral. Admirando el progreso del Viejo Continente, no podía menos que advertir del alejamiento de sus raíces históricas, morales y espirituales:

“Esa Europa que antes, podríamos decir, fue un continente cristiano, pero que ha sido también el punto de partida de esa nueva racionalidad científica que nos ha regalado grandes posibilidades y también grandes amenazas. Ciertamente el cristianismo no surgió en Europa, y por tanto no puede ser clasificado ni siquiera como una religión europea, la religión del ámbito cultural europeo. Pero en Europa recibió históricamente su impronta cultural e intelectual más eficaz y queda por ello unido de manera especial a Europa” ((Discurso del Cardenal Joseph Ratzinger, el 1 de abril de 2005 en Subiaco.)).

Las palabras del Cardenal Ratzinger suscitan la siguiente interrogante: ¿Cómo reencontrar la senda de la unidad y la renovación moral y cultural para Europa, incluso para Occidente? Quizá desentrañando un aspecto esencial de la Regla benedictina, la caridad como roca fundante de una renovada civilización. Indicaba San Benito: “Practiquen, pues, los monjes este celo con la más ardiente caridad, esto es, adelántense para honrarse unos a otros. Tolérense con suma paciencia sus debilidades (…) Practiquen la caridad fraterna” (N. 72).

© 2016 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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