papafrancisco8«La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría», afirma el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium.

Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.

La alegría del Evangelio es la alegría de que Alguien llegue a nuestras vidas: no es la alegría de algo que sabemos, por más interesante o elevado que sea; o de algo que sentimos, por más hermoso o intenso que sea; o de alguna acción que realizamos, por más grande o gloriosa que sea. Sino que es la alegría de encontrar a Alguien, a una Persona, con un rostro y una mirada, con una voz y una palabra, con un corazón y una vida concreta. Una Persona con un nombre: Jesucristo. Con él siempre nace y renace la alegría.

Podemos pensar en la alegría que nos da estar con alguien que queremos. La alegría cuando vemos el rostro de nuestro hijo o hija por primera vez, cuando reencontramos después de mucho tiempo a nuestros padres, o simplemente cuando estamos con nuestros amigos: Hay una experiencia de gozo profundo en el estar con otro, incluso en medio de la banalidad de lo cotidiano. Está también la experiencia del dolor cuando perdemos a alguien que queremos, cuando ya no está con nosotros.

 El encuentro con Jesús nos revela el amor infinito de Dios

[pullquote]El encuentro con el Señor Jesús, sin embargo, tiene algunas características propias, que hacen de la alegría cristiana –la alegría del Evangelio—, una alegría única y particular; y esto único y peculiar está dado por quién es Aquél que encontramos.[/pullquote]

Jesús es el Verbo encarnado, el Hijo eterno del Padre que se ha hecho uno de nosotros para hacernos llegar el amor infinito de Dios, para «hacernos partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1,4), para que alcancemos en Él «la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La vida de Jesús, entonces, refleja y realiza en cada una de sus palabras y acciones este amor sin límites de Dios.

¿Cómo es entonces el amor de Dios que Jesucristo revela y realiza?

a) Es un amor incondicional: Dios no pone condiciones para amarme. No me pide nada antes, sino que Él sale a mi encuentro: La iniciativa es siempre suya. Y Él toma esa iniciativa sin importarle en qué situación me encuentro. No sólo eso, sino que “los preferidos” del Señor son los que están más lejos de Él, los pecadores, los perdidos (la oveja perdida, la dracma perdida, el hijo pródigo); los que no se sienten dignos del amor (la prostituta, el leproso, el publicano). «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores» (Lc 5,31-32).

b) Es un amor reconciliador: Dios une lo que está dividido, sana lo que está enfermo, da vida a lo que está muerto, reconstruye aquello que está destruido por el pecado. El amor de Dios en Cristo no es un simple paliativo para que nos sintamos mejor, sino que es real y efectivo: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí vacía, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié» (Is 55,10-11). El amor de Dios en Cristo realmente nos hace hombres nuevos, trae verdaderamente la nueva creación, el reino de los Cielos a la tierra. Las curaciones y milagros de Jesús son justamente signos de aquello que Dios hace con su amor, los signos de la llegada de los tiempos mesiánicos: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Lc 7,22).

c) Es un amor eterno: Dios es fiel siempre, no se retracta, no se echa atrás con su amor, sus promesas son eternas. Y el signo más hermoso que tenemos de esa eternidad y fidelidad del amor de Dios es la Cruz de Cristo. Cuando todo parece perdido, cuando la única opción ante el ensañamiento del mal y del odio contra el Hijo de Dios pareciera ser o el desplegarse de la ira divina ((«¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?» (Mt 26,53-54).)) o la renuncia a la entrega total ((«Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: “Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!”» (Mt 27,39-40).)), en ese momento Dios realiza el gesto eterno ((«Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).)), va hasta el final no sólo en el dar su vida, sino también en el derramar su amor y misericordia sobre aquellos que se la quitan. Y como bien razona Pablo: «El que no se ahorró ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?» (Rm 8,32).

[pullquote] Este amor de Dios —incondicional, reconciliador, eterno— es así amor sin límites, amor infinito, y como nos recuerda el Papa Francisco, es a la luz de ese amor que reconocemos quienes somos nosotros, cuál es nuestra dignidad, y ese reconocimiento no puede sino llenarnos de alegría: «Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia delante!» (Evangelii Gaudium, 3).[/pullquote]

 Ser amigos de Dios

Pero aún hay un elemento más en ese “encontrarnos con el Señor Jesús” que no podemos dejar de lado sin mutilar lo hermoso de la Buena Noticia que se nos ha proclamado: el amor de Dios me llama, me invita a responderle. Vivir respondiéndole a alguien que me ama infinitamente: Esa es la vida cristiana, que se constituye así en amistad con Dios. Esta amistad, hecha posible por su gracia, me realiza, me hace feliz, llena mi vida de alegría. Nos lo recuerda una vez más el Papa Francisco en su exhortación apostólica: «Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero» (Evangelii Gaudium, 8).

 Profundicemos brevemente esta dinámica de “amistad con Dios” que nos revelará asimismo ángulos preciosos de la alegría cristiana.

a) Dios sale a mi encuentro desde el inicio de mi vida: mi punto de partida, mi lugar de origen no soy yo, sino que es Él. Yo existo y soy quien soy porque Él ha pronunciado mi nombre, me ha llamado (a mí y no a otro en mi lugar) y con esa llamada me ha constituido como alguien, como persona, es decir, como imagen y semejanza suya, capaz de recibir su amor y de responderle libremente. Podríamos ser eternamente alegres y estar eternamente agradecidos con Dios, simplemente por la bendición de existir, por el don de la vida.

El Papa Pablo VI, en su “Gaudete in Domino”, nos recuerda que es parte de la alegría del cristiano «aprender a gustar simplemente las múltiples alegrías humanas que el Creador pone en nuestro camino: la alegría exultante de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales» (Gaudete In Domino, 12).

b) En el Señor Jesús, Dios ha elevado esa relación de amistad conmigo a dignidad filial: en Él soy de verdad su hijo ((1Jn 3,1: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!»)), pertenezco a la familia de Dios, o como dice San Juan en su Primera Carta: he nacido de Dios ((ver 1Jn 3,9)). Este “nuevo nacimiento” engendra una nueva vida, una vida en Cristo, por la que soy capaz no sólo de responderle, sino de responderle como hijo o hija. Pocos pasajes de la Escritura muestran de modo más plástico la “alegría del ser hijos” que la conocida parábola del hijo pródigo ((ver Lc 15,11-32.)).

El fundamento de nuestro ser hijos e hijas —no lo olvidemos nunca— es la filiación eterna del Señor Jesús, fuente inagotable de su propia alegría. «Nos interesa destacar el secreto de la insondable alegría que Jesús lleva dentro de sí y que le es propia —afirma Pablo VI en la Gaudete in domino—. […] Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, se debe al amor inefable con que se sabe amado por su Padre». Y prosigue el Santo Padre: «No se trata, para Jesús, de una toma de conciencia efímera: es la resonancia, en su conciencia de hombre, del amor que él conoce desde siempre, en cuanto Dios, en el seno de Padre: “Tú me has amado antes de la creación del mundo” (Jn 17,24). Existe una relación incomunicable de amor, que se confunde con su existencia de Hijo y que constituye el secreto de la vida trinitaria: el Padre aparece en ella como el que se da al Hijo, sin reservas y sin intermitencias, en un palpitar de generosidad gozosa, y el Hijo, como el que se da de la misma manera al Padre con un impulso de gozosa gratitud, en el Espíritu Santo. De ahí que los discípulos y todos cuantos creen en Cristo, estén llamados a participar de esta alegría. Jesús quiere que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: “Yo les he revelado tu nombre, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos” (Jn 17,26)» (GID, 24-25).

c) Así, en este camino de “feliz amistad” con Dios nos vamos configurando cada vez más con Señor Jesús. Es decir, su Amor divino —que es también una Persona: el Espíritu Santo— va moldeando nuestras vidas, va forjando nuestra existencia según la suya, y nos invita a responderle según esa grandeza. Nos va haciendo una y otra vez capaces de amar y de entregarnos a los demás, ya no sólo con nuestras capacidades, sino también con las suyas. Se trata, como dice el Papa Francisco, de permitirle a Dios «que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero» (Evangelii Gaudium, 8). Esta vida en Cristo trae consigo una alegría y un gozo que van más allá de lo humano, porque beben del «corazón rebosante» del Señor Jesús: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11).

[pullquote]La auténtica alegría cristiana, entonces, es un don del Espíritu Santo. No es algo que nos inventamos, que nos imponemos artificialmente, sino que es fruto de aquella vida que Jesús nos ha ganado con su Vida, con su Pasión, Muerte y Resurrección. La vida cristiana es siempre vida crucificada y resucitada.[/pullquote]

 © 2014 – P. Jorge Olaechea Catter para el Centro de Estudios Católicos – CEC

P. Jorge Olaechea Catter

El Padre Jorge nació en 1976 en Lima (Perú). Pertenece al Sodalicio de Vida Cristiana.

View all posts

Add comment

Deja un comentario