En Evangelii gaudium el Papa Francisco nos ofrece una valiosísima reflexión acerca de la esencial misión evangelizadora de la Iglesia y, sobre todo, de su concreción en la vida cristiana en el tiempo actual. A casi un año de la publicación de la exhortación apostólica, acogiendo las diversas solicitudes del Santo Padre de continuar ahondando en el significado de dicho documento, ofrecemos en el presente número de la revista «Vida y Espiritualidad» algunos aportes que quieren contribuir con esa vía de reflexión.

La importancia del tiempo

«El cristiano —decía el Santo Padre en una de sus meditaciones cotidianas al celebrar la Eucaristía— es aquel que sabe vivir en el momento y sabe vivir en el tiempo»[1]. Ya en su primera encíclica, Lumen fidei, enseñaba que «el tiempo es siempre superior al espacio. El espacio cristaliza los procesos; el tiempo, en cambio, proyecta hacia el futuro e impulsa a caminar con esperanza»[2].

Tal perspectiva se enfatiza en Evangelii gaudium, en donde se ofrecen algunos elementos adicionales para su mejor comprensión: «El “tiempo”… hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el “momento” es expresión del límite que se vive en un espacio acotado… Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento»[3]. Y más adelante se precisa: «Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo… La parábola del trigo y la cizaña grafica un aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo»[4].

En la senda de la nueva evangelización

¿Por qué esta referencia a la reflexión del Santo Padre sobre el tiempo? Pues, precisamente, porque permite comprender también el regalo de la elección del Papa Francisco y, más recientemente, la riqueza de Evangelii gaudium, dentro de un “tiempo mayor” que el de aquel inmediatismo, amnésico y sensacionalista, al que nos tienen acostumbrados los actuales medios de comunicación. Ese tiempo mayor es el tiempo de Dios que obliga a la Iglesia a mirar los acontecimientos humanos desde la mirada más amplia de las acciones o de los «procesos» que Dios mismo suscita en la historia humana. En ese sentido, se puede decir que Evangelii gaudium es parte de un proceso histórico y eclesial más amplio que puede ser leído en sus más recientes eslabones, desde el Concilio Vaticano II, como un signo del Plan de Dios para su Iglesia en el tiempo actual.

La reciente canonización, en un mismo día, de Juan XXIII y de Juan Pablo II ante la presencia de Benedicto XVI y de su actual sucesor Francisco fue una hermosa ocasión para que millones de católicos recuerden la “renovación en continuidad” como un modo de ser propio de la Iglesia que fue resaltado por un Concilio del cual nos aproximamos a conmemorar los 50 años de su clausura. Efectivamente, recogiendo lo más originario y esencial de la tradición católica, el Vaticano II invitó a una renovada presentación del Evangelio de siempre al hombre de nuestros tiempos, abriendo así la senda de lo que más adelante se llamaría la nueva evangelización. Fue, pues, la intensificación de un proceso histórico eclesial que muchos señalan que, dentro de aquella visión más amplia del tiempo subrayada por el Papa Francisco, aún está por ofrecer sus mejores frutos.

Evangelii gaudium puede ser bien ubicada en aquel «proceso» de nueva evangelización que tuvo su más reciente hito en el Sínodo de los Obispos de 2012 que giró sobre el tema «La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana»; proceso histórico que tuvo como hitos anteriores, por mencionar sólo algunos: la creación en la curia del Consejo Pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización en 2010; la renovada invitación a una nueva evangelización hecha significativamente en Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte de 1994 y 2001 respectivamente; el llamado pontificio a la nueva evangelización de América Latina ante el CELAM en 1983, que se ahondó y desarrolló en los encuentros episcopales latinoamericanos de Santo Domingo en 1992 y Aparecida en 2007; y, más remotamente, la exhortación apostólica post-sinodal Evangelii nuntiandi escrita por Pablo VI en 1975, uno de los documentos eclesiales más citados en Evangelii gaudium y por el que, como es sabido, el Papa Francisco tiene una particular gratitud y predilección. Todo ello acontecido en la senda abierta por el Concilio Vaticano II para el tiempo actual.

La novedad de Evangelii gaudium

Dentro de esa senda, ¿cuál es la novedad que ofrece Evangelii gaudium? El mismo Santo Padre lo señala en las primeras líneas del texto: «En esta Exhortación —dice— quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora… e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años»[5]. Parece confirmarse, entonces, que se trata de una “etapa” que en cuanto tal ha de ser comprendida no fuera sino dentro de la senda de la “nueva evangelización”.

Evangelii gaudium tiene, al decir del Papa, «un sentido programático y consecuencias importantes»[6]. Se podría afirmar que así como Redemptor hominis de San Juan Pablo II fue un documento programático y con un estilo de redacción muy personal, así también Evangelii gaudium parece indicar el programa del pontificado del Papa Francisco y con un modo de comunicación muy peculiar del Santo Padre. Esta exhortación apostólica no pretende ser «un tratado», sino «mostrar la importante incidencia práctica de esos asuntos en la tarea actual de la Iglesia» con el ánimo de «perfilar un determinado estilo evangelizador que —continúa el Papa— invito a asumir en cualquier actividad que se realice»[7].

De ahí el lenguaje llano, casi coloquial, de un documento que busca incidir en la vida práctica de los cristianos. Pareciera como si el Papa percibiese que lo que hace falta, en el momento actual, es una mejor toma de conciencia acerca de la propia identidad cristiana y, consecuentemente, de una práctica cristiana verdaderamente coherente. Hay quienes han señalado que el lenguaje de la exhortación se asemeja a la Regla pastoral de San Gregorio Magno, por sus orientaciones prácticas. Cierto, por lo menos, es que casi todas las líneas de la exhortación buscan generar un hondo cuestionamiento personal en quien las lee, operando casi como un examen de conciencia e invitando a ensayar lo que en la espiritualidad ignaciana se conoce como discernimiento de espíritus o a aplicar las enseñanzas tomasianas sobre el sentido práctico de la prudencia.

Pero, más allá de estas formas, la sustancia de la novedad de Evangelii gaudium se encuentra en su profundo anclaje en quien el documento denomina la «eterna novedad»: «Dios que manifestó su amor inmenso en Cristo muerto y resucitado». Recordando a San Ireneo el Papa subraya que el Señor Jesús, «en su venida, ha traído consigo toda novedad». Desde este fundamento, Jesucristo, es como se entiende la perenne novedad de la evangelización y, consecuentemente, la honda alegría que siempre ha de brotar del anuncio del Evangelio: «Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio —señala el Santo Padre— brotan nuevos caminos… palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual… Toda auténtica acción evangelizadora es siempre “nueva”»[8].

La alegría de salir a evangelizar

Como un fenómeno del tiempo actual, el Papa detecta un signo inquietante que denomina «tristeza individualista»[9], también calificada en otros pasajes de la exhortación como «autorreferencialidad», «vacío interior», «aislamiento», «conciencia aislada» o «inmanentismo». No ha de sorprender este fenómeno si se toma en cuenta —señala el Santo Padre citando significativamente la exhortación apostólica Gaudete in Domino de Pablo VI— que «la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría»[10]. Más inquietante aún es que esta aislada tristeza se manifieste a veces en los mismos cristianos, tornándolos —apunta el Papa, recurriendo a figuras que buscan impactar la conciencia— «quejosos», «sin vida», como quienes viven «una Cuaresma sin Pascua»[11].

Ante ello, el Santo Padre afirma categóricamente que «ése no es el deseo de Dios para nosotros». No lo es porque, como lo señala emblemáticamente la primera línea de Evangelii gaudium, «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús». Si no hay alegría, ello sería, entonces, síntoma de una insuficiente vivencia del Evangelio. La respuesta ante ello —exhorta el Papa— no puede ser otra para cada persona que «renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso»[12].

Ahora bien, ese «encuentro» —palabra fuerte de este pontificado que contiene un significado antropológico fundamental— genera tal «alegría» que lanza a quien la experimenta a «salir» a compartirla. Por ello, una «Iglesia que sale» —tal vez la expresión más frecuentemente pronunciada en este pontificado— aparece como indicadora de una Iglesia fiel, sana y comprometida con su Señor. Y, a su vez, este llamado al despliegue viene urgido por tantos que, aun sin saberlo, manifiestan una honda hambre de Dios: «Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia —subraya en el documento— es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida»[13].

Así, «salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido». Como continúa explicando el Papa, «muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino»[14]. Por otro lado, no es tampoco salir sin más hacia el futuro en búsqueda de novedades, con una amnesia que mira tan sólo el momento y pierde el verdadero sentido del tiempo al renunciar a la memoria histórica. «El cristiano —sintetiza el Papa— es fundamentalmente “memorioso”». Y explica: «La memoria es una dimensión de nuestra fe… Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia… La alegría evangelizadora siempre brilla sobre el trasfondo de la memoria agradecida… Los Apóstoles jamás olvidaron el momento en que Jesús les tocó el corazón»[15].

Intensificar la nueva evangelización

Vivir la «alegría del Evangelio», experimentar su intensidad en la propia vida personal para entonces compartirla con tantos que la anhelan en el fondo de su ser, es el continuum de la exhortación apostólica. Podría decirse que se trata de un llamado a intensificar el proceso de la nueva evangelización suscitado desde el Concilio Vaticano II. Ése parece ser el sentido de que, luego de haberse ofrecido una amplia exposición sobre diversos temas cruciales para la evangelización, se reserve una última parte del documento con el objetivo de recalcar, anota el Papa, «algunas reflexiones acerca del espíritu de la nueva evangelización»[16]. Pero no es sólo esta última parte de la exhortación, sino que todo el documento expresa esta dinámica vibrante, existencial y apostólica. Ya en la primera parte se señala que todos los temas que se abordarán han de ser entendidos en el marco de esta «nueva etapa evangelizadora llena de fervor y dinamismo» y con base en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, del Concilio Vaticano II[17].

Así, la riqueza de las reflexiones pontificias sobre, por ejemplo, la Iglesia como Pueblo de Dios encarnado en medio de las naciones de la tierra; la necesidad de que todos los miembros del Pueblo de Dios evangelicen; el modo como la fe se transmite a través de culturas evangelizadas que expresan la fe encarnada por medio de la religiosidad popular; la atención solidaria a los más pobres que no son sólo destinatarios sino agentes de la alegría del Evangelio; la relevancia del sacerdocio y el modo más conveniente de compartir el pan de la Palabra con la comunidad; la urgencia del diálogo como dinamismo que es signo de auténticas culturas del encuentro; o sobre las insoslayables consecuencias sociales del seguimiento del Evangelio, todo ello parece estar planteado con el fin de enfatizar el llamado a intensificar la nueva evangelización, atendiendo a cada momento y sobre todo al tiempo, buscando «dejarse llevar por el Espíritu… y permitir que Él nos ilumine… Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento»[18]. Siguiendo ese horizonte evangelizador, abiertos y conducidos por el Señor mismo, seremos capaces de «expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad»[19].

Por ello, el Papa acude finalmente a María, llamándola con la advocación acuñada por la reciente tradición eclesial: «Estrella de la Nueva Evangelización»: «A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial… Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz»[20].

[1] Francisco, Meditación en la celebración eucarística en el Domus Sanctae Marthae, 26/11/2013.

[2] Francisco, Lumen fidei, 57.

[3] Francisco, Evangelii gaudium, 222-224.

[4] Allí mismo, 225.

[5] Allí mismo, 1. Las cursivas son nuestras.

[6] Allí mismo, 25.

[7] Allí mismo, 18.

[8] Allí mismo, 11.

[9] Allí mismo, 2.

[10] Allí mismo, 7.

[11] Allí mismo, 6.

[12] Allí mismo, 1-3.

[13] Allí mismo, 49.

[14] Allí mismo, 46.

[15] Allí mismo, 13.

[16] Allí mismo, 260.

[17] Ver allí mismo, 17.

[18] Allí mismo, 280.

[19] Allí mismo, 41.

[20] Allí mismo, 287-288.

La revista “Vida y Espiritualidad” es una publicación que inicia en 1985, con el fin de “comunicar una experiencia de fe, de búsqueda de comprensión de la verdad, cuya plenitud descubrimos en el Señor Jesús”. El presente artículo corresponde al editorial del número 88 de la revista.

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La revista "Vida y Espiritualidad" es una publicación que se inició en 1985, con el fin de "comunicar una experiencia de fe, de búsqueda de comprensión de la verdad, cuya plenitud descubrimos en el Señor Jesús". Se publica tres veces al año, ofreciendo artículos, documentos, reseñas de libros y entrevistas en diversos temas como teología, filosofía, espiritualidad, literatura, historia, entre otros.

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