Queridos amigos todos: este textito lo escribí hace diez años, cuando San Juan Pablo II partió a abrazarse con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Lo he releído y le he quitado una que otra expresión que me pareció que ya sobraba, pero sigo pensando y sintiendo exactamente lo mismo. Se me ocurre que es una pequeña huella de gracia que Juan Pablo II dejó en el corazón de los peruanos.

juanpablo

Estábamos en la plaza de armas de Lima. Una masa compacta de gentes de todas las edades. Un sacerdote anuncia que el avión del Papa entraba a cielo peruano. Aplaudimos, gritamos, sudamos, agitamos nuestras banderas vaticanas y peruanas de plástico. Somos todos unos niños. Queremos gritar todos juntos “¡Viva el Papa!” y que nos escuche desde el avión. Rezamos avemarías. Rezamos padrenuestros. Son ya varias horas y estamos tan juntos que podríamos dormir parados sin caer. Pero nadie se queja. Viene el Papa, amigo, el Papa.

Nosotros no somos europeos autosuficientes, somos un país pobre y asustado por bombas y apagones, ya han muerto varios cerca de tu casa y la mía. Y allí estamos acurrucados como pollos. Esperando. El orador de turno se desespera, se le escucha decir “la gente no aguanta, se va a ir” sin darse cuenta de que el micrófono está muy cerca. Pero padrecito, la gente aguanta, esto y más, mucho más ¿No se da cuenta que viene el Papa?

De repente, silencio, el mismo orador no sabe qué pasa, la garganta se le anuda, quiere gritar algo pero ya todos lo vimos. Entra el papamóvil, y el hombre vestido de blanco sale de él y nos saluda sonriendo. Saltamos todos a la vez, no me acuerdo qué gritamos, algunos de los lemas habrá sido. Un moreno a mi lado, del Callao, de la Victoria, del Rimac, vaya usted a saber, me abraza gritando: “¡El Papa, hermano, que viva el Papa! ¡Qué emoción, hermano!” y yo no puedo decir nada. El llanto me empapa la camisa. Esto es demasiado grande.

JuanPabloII_34_Vendrán sociólogos a explicarlo. Vendrán psicólogos, hombrecitos pequeños y calculadores a hablar de símbolos, imaginarios y constructos. Vendrán analistas, vaticanistas, periodistas especializados y curtidos a mirarnos como especímenes primitivos de la raza humana. Y se escribirá, se especulará, se analizará. Pero nosotros somos los felices, los que sonreímos, los que nos sentimos hondamente acompañados y consolados, no ustedes ebrios de una inteligencia que los aturde porque no pueden emocionarse como nosotros, la gente de la calle, débil e inconstante pero, esta vez, por lo menos esta vez, presente. Así que, hermanos vengan con nosotros, vengan a ser hijos, vengan a gritar sin miedo, a quedarnos sordos gritando: “¡Viva el Papa!”.

Han pasado veinte años, y el Papa ha partido. Ya no era el recio hombre sonriente. Como una vela se fue encorvando, reduciéndose por la combustión de su amor sereno, constante e intenso. Se dobla la columna vertebral bajo el peso de la Iglesia. Ya era casi transparente, sin voz, sin sonrisa visible. Pero con humor intacto. Ese buen humor que viene del cielo. Hace un último intento, parece rebelarse contra su condición. Hay jóvenes ante la ventana, ayúdenme ¿no ven que tienen horas esperando? Y la mano temblorosa los bendice, un gesto amoroso de “lo siento hijitos, no puedo”. Llévense este gesto débil de anciano, es lo único que me queda.

Y veinte años después se me vuelve a empapar la camisa en llanto y ya no grito porque ya no soy joven y estoy en una oficina y sólo soy un hombre calvo y de lentes, algo así como un profesor. Pero hasta escondido y susurrando se me quiebra la voz para gritar desde lo más hondo del corazón: “¡Que viva el Papa!”

Y treinta años después me vuelve a pasar lo mismo.

© 2015 – José Manuel Rodríguez Canales para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Manuel Rodríguez Canales

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