El ser humano es el único ser capaz de buscar conscientemente sentido a su propia existencia, a su concretización en tiempo y lugar, y al universo que lo envuelve. Su capacidad de percepción-asombro lo hace un ser abierto al “fuera de sí”. Es por ello que descubre que no puede deberse a sí mismo; no tiene la capacidad de responderse porque él mismo es dado, y lo mejor de lo existente le ha sido otorgado sin su concurso, y gratis. Es desde esta gratuidad que buscará una luz que pueda esclarecer sus más íntimas cuestiones que en un primer estadio de su existencia aparecen veladas.

El asombro de su búsqueda será más grande aún al encontrarse encontrado por esta Gratuidad y es en esta Gratuidad revelada que se sumergirá para saber quién es él, de dónde viene, a dónde va y porqué va –e incluso– ¿por qué él?

El presente ensayo será un intento de aproximarse y dejarse encontrar por esta Gratuidad personal que revela su misterio gradualmente y que culmina en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo, que nos da acceso al Padre en el Espíritu Santo. Esta tentativa de aproximación quiere subrayar el ser dialógico-personal de todo ser humano y su vocación a la comunión entre iguales a imagen y semejanza de Dios Uno-Trino.

Realización del hombre en el otro

¿Cómo se realiza el hombre en su ser más profundo? ¿Puede el hombre ser un ser para sí mismo absoluto? ¿Qué papel juega el otro en la búsqueda de sentido personal? ¿O no juega ningún papel, sino que es inherente en la misma búsqueda?

Debemos aceptar que en el cotidiano haber la aproximación con el otro es innegable. Nos relacionamos querámoslo o no. Ante esta realidad relacional que sobrepasa nuestros esquemas especulativos, observamos que puede ser a la vez subjetivamente espontáneo, abierto y natural llegando a amar y querer compartir con el otro; como también se puede llegar a padecer la desilusión y el rechazo llegando incluso al odio. Es en este meollo relacional donde el hombre posee la idoneidad de salir de sí para ir en busca del otro, o de encerrarse en sí mismo.

Si, como sabemos conceptualmente, es en la relación abierta donde «ninguno de nosotros vive para sí mismo» en que el hombre encuentra su realización, ¿cómo podrá salir de sí sin una garantía experiencial de esta “salida de sí” por amor a él? ¿Cómo va dar algo que por él no han dado?

El filósofo francés Nédoncelle escribe: «…la posibilidad de dirigirnos sin límites hacia una realización total de nosotros mismos que fuera a la vez la realización total de la red de personas con las cuales nos encontramos en la existencia, no puede explicarse ni por los esfuerzos del yo, ni por la colegialidad de todos los yoes. No puede explicarse más que por un Dios, y este Dios debe ser personal en cierta manera»[1]. Afirmamos entonces que es en este Dios personal, que saliendo de sí mismo como comunidad personal en el amor, donde el hombre podrá verse amado y lo capacitará a su vez para amar como él ha sido amado[2]. Porque nadie da de lo que no tiene, y sólo en la medida en que el hombre experimente el amor personal-gratuito de Dios podrá, no sólo un “realizarse” individual, sino participar con el otro de la “realeza” a la que han sido convocados, de la dignidad de saberse hijos de Dios.

Fundamentación Trinitaria. Dios personal

El Dios revelado por la persona de Jesús de Nazareth no sólo es Creador sino Amor gratuito, Agápe. Él ha manifestado la comunión amorosa que se vive en la intimidad divina; el Verbo encarnado junto con el Padre y el Espíritu Santo se «revela a sí mismo –como Dios– para hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas»[3]. Es en esta revelación de Dios Uno-Trino donde se trasluce al hombre quién es el hombre, y no qué. Porque el hombre en su esencia es un ser para Dios, ser hacia Dios. Sólo en Dios puede el hombre encontrarse verdaderamente a sí mismo, encontrar finalmente su plenitud. De ahí se deduce además que la existencia humana en el mundo sigue siendo una invitación: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Pero si nuestro ser humano sólo allí ha de alcanzar su plena y definitiva configuración, entonces también nuestro preguntar por la esencia del hombre sólo puede encontrar allí su plena y definitiva respuesta (Coreth).

Así, es en Dios-trinidad donde el hombre se encuentra a sí mismo. Dios-comunión se hace presente totalmente al hombre de una forma “personal” (distinta de la relación causal) comenzando unas relaciones “personales” con los hombres. La unidad divina no es sólo un estar “con” sino estar “en” el otro, en una comunión perfecta que es inhabitación recíproca (Ladaria)[4]; de ello sacamos una luz para el convivir relacional humano, es decir, que el hombre no vive para asociarse “junto-a” sino que es convocado a coexistir en comunión “en” el otro.

Sumando, el Dios-Amor nos muestra la expansión abierta del acontecimiento gratuito que podemos alcanzar en comunión con Él. Es en su Amor donde el hombre halla la capacidad para abrirse hacia el otro porque la caridad esencialmente tiende al otro; por ello el amor de sí no puede ser la realización perfecta del mismo. Para que haya caridad ha de haber por tanto pluralidad de personas como señala Ricardo de San Víctor al referirse a la Trinidad: «Si en Dios hay distinción y diversidad, ésta se funda solamente en la perfección de la caridad: nada hay mejor ni más perfecto que la caridad, y por tanto ha de existir en Dios en grado máximo». La caridad esencialmente tiende al otro; por ello el amor de sí no puede ser la realización perfecta del mismo. Para que haya caridad ha de haber por tanto pluralidad de personas. No se entiende el amor sin el otro, el amor es lo que establece la diversidad, en Dios mismo y en la creación. Pero para que Dios pueda tener este sumo amor hace falta que haya quien sea digno de él, que sea igual a él, condignus[5]. Para que haya caridad tiene que haber otro. No vivimos para nosotros mismos, porque es en la caridad donde se entrelaza lo más profundo del ser al recibir como en el dar.

Luces sobre dimensión personal-dialógica del hombre

Hasta aquí hemos vislumbrado, sin ser exhaustivos, que es en este Dios personal revelado donde el hombre puede encontrar plena y definitivamente la respuesta a su sentido óntico. Este Dios, manifestado en la persona del Verbo, se revela a sí mismo como comunidad unitiva amorosa y proporciona una claridad al hombre-persona en su relación “en el otro” que –aun siendo distinto y diverso– es digno de él porque es igual a él. Dicho esto, nos centraremos en la dimensión personal y dialógica del ser humano a la luz del Dios personal que dialoga en sí mismo porque es Trinidad.

El hombre ha sido llamado a participar en la realidad personal de Dios como “imagen y semejanza” en comunión y para la comunión. «El Dios tripersonal, trinitario en sus relaciones inmanentes, dota de personalidad al ser que llama a su amistad, al hombre. Éste, ser histórico y material es convocado a la amistad con Dios, siendo algo diferente de lo que Dios mismo es, aunque es elevado al orden tripersonal en el que Dios vive eternamente … (pero) Dios no sólo (es) tripersonal, sino personalizador; y es justo personalizador porque hace participar al hombre de su esencial ser comunidad personal … En realidad cuando decimos que Dios es tripersonal no estamos diciendo “qué” es Dios, no mentamos la esencia divina, sino que nos referimos a “quién” es Dios»[6]. La dimensión personal del hombre encuentra su plenitud en la relación tripersonal de Dios mismo; la singularidad y unicidad de cada persona descansa en la vocación personificadora de Dios elevando su dimensión creacional a una intimidad filial.

La dimensión personal del hombre no tendría significación si se desliga del encuentro, y este encuentro es diálogo y apertura hacia el otro. «En su vida trinitaria Dios es dialógico y comunitario, y en su diálogo con el hombre le descubre al propio hombre su ser dialógico y comunitario»[7]. Como Dios mismo es relación intra-trinitaria y comunión en sí, el hombre halla su trascendencia en cuanto imagen de esta misma relación. Esta relación dialógica no se limita entre la criatura personal y su Hacedor, sino entre personas en el Dios personal. La caridad perfecta desea que el que tú amas sea amado por otro como lo amas tú (Ricardo de San Víctor). Tiene que haber un consortium amoris, un amor en comunión. La caridad perfecta no se encierra en los amantes, sino que se dilata por la misma fuerza del amor, y reposa en la gratuidad del nosotros.

Conclusión

Existir como persona impone un estado de apertura dialógica hacia el otro. Vivimos en relación y para la relación. Nuestra realidad íntima viene reflejada en la comunión trinitaria de Dios que nos esclarece nuestro sentido personal.

El otro viene y me ayuda a salir de mí mismo, y de un modo misterioso toma parte de mi yo. La entrega que puedo hacer al tú no proviene fundamentalmente de mí mismo, sino del mismo tú. La relación del “yo – tú” (Buber) se expande y se apertura hacia el “nosotros”. El peligro está en no “dialogar personalmente” con el tú. Es decir, puede haber intersección de palabras sin que exista una comunicación, porque puede uno estar encerrado en sí y tan lleno de razones que no atiende a la interpretación del otro. Dialogar significa dejarnos interpelar por el otro que viene a nuestro encuentro, que viene a hacerse uno con nosotros, ya sea inconsciente, pero en el fondo anhelante de «común-unión».

«Dialogar significa aceptar dejarnos interpelar por el otro; significa asumir sobre nosotros la responsabilidad que tenemos sobre el otro; significa dejarnos afectar no sólo por las razones del otro, sino fundamentalmente, por su propia persona, por su espiritualidad y por su carnalidad, por su historia; incluso, si es el caso, por su maldad hacia nosotros. Existir como persona implica existir como hombre que responde de los otros hombres o como hombre que no responde de los otros hombres, pero no hay término medio»[8].

© 2016 – Francis Javier Navío Vera para el Centro de Estudios Católicos – CEC

[1] NÉDONCELLE, M. Conciencia y logos. Horizontes y métodos de una filosofía personalista, París, 1961, p. 10.

[2] Cf. Jn 17, 22 – 23. 26

[3] CEC n. 52.

[4] LADARIA L., El Dios vivo y verdadero. El misterio de la Trinidad, 4ta Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca 2010, p. 374: «La unidad y distinción en Dios son tales que implican el ser el uno en el otro, no solo con o junto al otro, en una comunión de amor que no podemos en absoluto imaginar. Junto a la relación (esse ad) que distingue en la unidad divina, la perichoresis (esse in) une manteniendo la distinción. Las relaciones de origen desembocan en la inhabitación mutua. También esto es un elemento y un aspecto de la unidad».

[5] Ibid., p. 341.

[6] MORENO VILLA M., El hombre como persona, Caparrós Editores, Madrid 2005, p. 34.

[7] Ibid., p. 25.

[8] Ibid.

Francis Javier Navío Vera

Francis nacío en Arequipa (Perú) en 1988. Es Bachiller en Filosofía por la Universidad Pontificia Urbaniana (Roma) y realizó estudios teológicos en la Facultad de Teología Redemptoris Mater (Callao, Perú).

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