Imaginemos que estamos en un desierto, rodeados de muchas personas, todos tenemos sed, venimos andando por mucho tiempo y estamos cansados. La angustia, soledad y tristeza se hacen más presentes. Y tú encuentras un pozo de agua, un oasis. Hallas suficiente agua para saciar la sed de todas aquellas personas que caminan contigo. Te experimentas alegre, contento por el hallazgo pero al mismo tiempo te preguntas, ¿vale la pena compartir esta agua? ¿Por qué ayudar a que los demás no tengan sed? ¿Tal vez, sólo con algunos? o mejor no le digo a nadie y utilizo el agua para saciar mi sed y contemplarme.

Estas preguntas se las hice a un grupo de amigos. Algunos mencionaban que debemos compartir el agua pues es nuestra responsabilidad, otros argumentaban que es bueno compartir pero hay que tener cuidado ya que algunos podrían engañarnos y apoderarse del pozo. Otros esperaban el momento adecuado, sabían que lo tenían que hacer, pero simplemente ahora querían disfrutar el momento. Y por último, la gran mayoría no se planteaba ninguna pregunta, simplemente veían la oportunidad de saciar su sed y no pensaron en los demás.

Es una realidad que causa tristeza, pues lamentablemente es testimonio de una sociedad que no mira al otro, que busca solo su satisfacción personal, que ha perdido de vista al ser humano y ha olvidado su dignidad. La suya, en primer lugar, y naturalmente la del compañero de camino.

Gaudium et Spes 24 en su última parte nos ayuda a respondernos esta pregunta: «…el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». ¡Hermosas palabras! Que nos remiten a nuestro interior y nos impulsan naturalmente a mirar a nuestro alrededor. Y a preguntarnos realmente si somos felices pensando solo en nuestro bienestar. Dejando de lado a  aquel hermano que Jesús describe como quien tiene frío, hambre, sed, se encuentra desnudo, solo o desprotegido.

Pensar en el otro, sobre todo en el más necesitado, no es algo complementario y tampoco opcional; forma parte esencial de mi camino a la felicidad. Romano Guardini menciona el siguiente principio: «Cuanto más pobre y pequeño el hombre, más apremiante es la obligación de ayudarlo».

Es nuestra responsabilidad. Responsabilidad que revestida de la caridad nos llevará naturalmente a la vivencia de un amor auténtico por el prójimo.

Que nos apremie entonces la urgencia de entregarnos sinceramente a los demás. Pues es el  único horizonte auténtico de felicidad. Así pues, ¿Cómo negarle el agua al otro? ¿Cómo no salvar la vida de tantas personas? ¿Cómo no compartir, si realmente puedo hacerlo?

© 2014 – Víctor Ramos para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Víctor Ramos

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