«El hombre que invocaremos de hoy en adelante como Santo de la Iglesia universal, se presenta a nosotros como una realización concreta del ideal del cristiano laico… Desde todos los puntos de vista Moscati constituye un ejemplo para admirar y seguir sobre todo por los médicos… él es un ejemplo hasta por los que no comparten su fe» ((S.S. Juan Pablo II. Canonización de San Giuseppe Moscati. 1987)).

Hace poco tiempo se conmemoraban los 25 años de la canonización de Giuseppe Moscati, un médico napolitano, nacido en 1880 en Benevento, que consagró su vida al servicio de los enfermos más pobres y necesitados.

Su fama de santidad ha venido creciendo en los últimos años; sin embargo no son muchos los que conocen la historia de este gran hombre y santo, que se constituye en un modelo a seguir para todos los fieles laicos y para cualquier persona que aspire a vivir en su vida cotidiana la caridad.

Moscati, un médico particular

moscati¿Cuáles son los rasgos que lo hacen tan especial? ¿Qué fue lo que hizo que le vale tan gran mérito?

Como médico mostró una especial dedicación y pasión por los estudios, lo que le valió un gran reconocimiento académico y laboral. Terminando a corta edad su carrera, fue elegido para trabajar en el gran hospital de los “Incurables” en Nápoles. Esta institución recogía desde varios siglos atrás a todos aquellos pobres, que estaban desahuciados y que padecían como su nombre lo dice, enfermedades que tradicionalmente no tenían cura. Desde entonces su prioridad se convirtió en atender personalmente y con especial dedicación a cada uno, con cuidado y reverencia, percibiendo en cada uno a un hermano que sufre, que necesita de ayuda. Reconociendo su dignidad, independientemente de su condición física, moral, social o familiar.

Su especial predilección por los pacientes más pobres y necesitados, los desamparados, los que ningún médico quería atender, los que no eran vistos dignamente, lo fue distinguiendo de muchos de los colegas de su época.

Por otro lado, Moscati fue un abnegado maestro. Una de sus pasiones era enseñar a futuros médicos. Dictó distintas cátedras en el ámbito académico; sin embargo no se conformaba con impartir las lecciones que se encuentran en los libros, sino que pretendía enseñar a partir del acompañamiento de cada uno de sus enfermos, de lo que cada uno de ellos podía inspirar a sus pupilos. Era más importante entender el valor integral de cada ser humano que busca ayuda, que poder recitar y recordar todos los signos clínicos, los criterios diagnósticos y tratamientos.

Y es que la situación en el ámbito de la medicina evidenciaba muchos rasgos de deshumanización, ante lo cual el santo de Nápoles reaccionaba con inconformidad. Los enfermos eran vistos en muchas ocasiones como objetos de estudio, como casos clínicos que hay que estudiar. No se valoraba la dignidad personal de los que estaban en la miseria y desamparados, entre otras circunstancias que él percibe que hay que transformar.

Sus jornadas se prolongaban entre los muchos quehaceres, ante la cantidad de personas que atendía, sumado el tiempo dedicado a su estudio personal, debido a que consideraba la necesidad de formarse bien y estar capacitado para atender de una mejor manera a sus pacientes. Era común que sacrificara sueño y a veces una buena alimentación, debido a su consagración a los demás.

Un laico, un apóstol

¿De dónde sacaba entonces las fuerzas para ejercer tan exigente labor? De la Eucaristía diaria y de la oración. Su vida activa se sostenía con la gracia y con la presencia de Dios en la que se renueva todos los días al servir y acoger a sus enfermos como Cristo enseña o si lo sirviera personalmente a Él en cada uno de ellos.

Entre sus piedades además, estaba un especial amor filial a Santa María y la devoción a Santa Teresita del niño Jesús.

Este amor preferencial por los pobres y enfermos lo llevó a hacer una consagración total, haciendo un compromiso de celibato y de no casarse, para poder entregar con mayor disponibilidad su vida a los que cada vez más lo buscaban.

[pullquote]Cómo cristiano era fiel seguidor de las enseñanzas de Cristo y de los valores evangélicos. Él encarnó en su vida como ya se ha mencionado el mandamiento del amor y de la caridad. Además de acoger el llamado a anunciar con su propia vida el Evangelio, con radicalidad, coherencia y fidelidad, lo que conlleva además el componente de ser signo de contradicción, pues a pesar de ser muy preciado por los que servía, por varios de sus colegas y estudiantes, también contrastaban sus creencias, sus actitudes con los criterios e ideales del mundo. Por ejemplo, los ideales de fama, éxito, reconocimiento, de posición social que se presentaban a sus compañeros, para él nunca fueron una motivación ni un horizonte a seguir. Podemos decir que en él se aplica lo de “estar en el mundo sin ser del mundo”, ejerciendo su papel y misión de laico en la edificación del Reino de Dios.[/pullquote]

La clave de su santidad cotidiana es que a través de esta presencia de Dios era capaz de discernir el Plan de Dios para él. Poseía la reverencia para escuchar lo que Dios le pide en su trabajo, con su vida, con su profesión, sus pacientes.

Evangelizando la cultura

Dentro de toda su actividad apostólica es interesante cómo se perciben rasgos de lo que hoy conocemos como Evangelización de la Cultura. Sin haber conocido las reflexiones y las enseñanzas que el Magisterio de la Iglesia ha dado al respecto en el último tiempo, San Giuseppe fue un laico comprometido con la cultura de su tiempo. La fuerza transformadora del Evangelio, que él supo encarnar en las distintas circunstancias, dio lugar a un cambio real en ese entonces y tiene el potencial de seguirlo haciendo hoy.

Un aspecto concreto fue dar una respuesta a la sociedad de ese entonces. Él profundizó y comprendió la situación en la que vivía. En medio de la pobreza, la falta de caridad, descubre la necesidad de salir al encuentro de aquellos pobres a los que pocos brindaban una atención personalizante y reverente. En medio de su miseria, padecían no sólo enfermedades del cuerpo, también del alma y del espíritu. Como dice la Gaudium et Spes, fue sensible a los signos de su tiempo, los interpretó a la luz del Evangelio y dio una respuesta a las inquietudes de los hombres ((Ver Gaudium et spes, 4.)). Y asumió esta tarea con pasión y abnegación; no pasó indiferente ante la realidad. Se dejó interpelar por ella y respondió generosamente.

Dos situaciones que enfrentó fueron la catástrofe de la erupción del Vesubio en la que valientemente se dispuso a socorrer a una población de enfermos marginados. Por otro lado, la epidemia de cólera, en la que nuevamente mostró sus capacidades científicas y su magnanimidad para atender a los que más sufren.

Otro ámbito que evangelizó fue la medicina de su tiempo, la manera cómo se ejercía. Salió al encuentro de un sistema de salud con rasgos de deshumanización. Con su testimonio de vida promovió ante todo la centralidad de la persona humana y de su dignidad en la atención en salud. Es un testigo del amor misericordioso de Dios ante sus pobres pacientes y los que lo buscaban constantemente. Fue también testimonio para otros profesionales de la salud, enfermeras, médicos y todos los colegas con los que trabajaba. Además fue un modelo y un ejemplo para sus estudiantes, a los cuales procuraba formar integralmente, no sólo con criterios científicos sino con los valores y virtudes cristianas.

Con sus desarrollos e innovaciones científicas fue un claro exponente de la armonía de la ciencia y de la fe para alcanzar la verdad. Promueve una visión cristiana del sufrimiento, no como castigo divino, sino como un signo dentro de la Providencia de Dios.

La huella que ha dejado en el ámbito de la medicina y en la cultura de su época es fruto de su fidelidad a los valores del Evangelio. Así lo recuerda Juan Pablo II: «responder a las necesidades de los hombres y a sus sufrimientos fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que está enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro hermano, el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo tanto, se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la medicina, que hoy se siente como condición necesaria para una reno­vada atención y asistencia al que sufre» ((S.S. Juan Pablo II. Canonización de San Giuseppe Moscati. 1987)).

Para finalizar…

Las enseñanzas y el ejemplo del santo italiano permanecen vigentes. En la actualidad, toda persona encuentra en la figura de San Giuseppe Moscati un paradigma y un ejemplo a seguir. Especialmente aquellos que cómo él aspiran como laicos a la santidad en su vida ordinaria.

En este sentido son alentadoras las palabras de Pablo VI en su beatificación: «¿Quién es éste que hoy se nos propone como modelo de imitación y veneración para todos? Es un laico, que ha hecho de su vida una misión asumida con autenticidad evangélica… Es un médico, que ha hecho de la profesión un instrumento de apostolado, una misión de caridad… Es un profesor universitario, que ha dejado entre sus alumnos una estela de profunda admiración… Es un científico de primer grado, famoso por sus contribuciones científicas de alcance internacional… Ésta ha sido su existencia…» ((S.S. Pablo VI. Beatificación de Giussepe Moscati. 1975))

© 2013 – Álvaro Díaz Díaz para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Álvaro Díaz Díaz

Álvaro es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, es colombiano y médico de profesión; Actualmente está realizando una especialización en Medicina Interna. Tiene interés en el área de cuidado paliativo.

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