Muchas veces el hombre moderno vive como una fuga de sí mismo, olvidándose de su mismidad. En el trabajo esto se expresa de múltiples maneras: la procrastinación o postergación de las tareas que nos resultan incómodas o difíciles; el “olvido” constante de deberes que se tienen que cumplir; la dispersión que lleva a pasar de una actividad a otra sin terminar ninguna de ellas; la justificación constante por los errores, entre otros.

Esta falta de compromiso con la realidad se da también en los otros ámbitos donde nos desenvolvemos, como es el caso de la familia. Muchas personas al llegar a sus hogares, dan la sensación de estar “volados”, como en otro lado. Esto molesta muchas veces a los seres queridos que constatan que no se les brinda la atención que requieren. En otras ocasiones, vivimos “ausentes” esperando que otros solucionen los problemas. Al igual que el avestruz, escondemos la cabeza sin enfrentar la situación con la madurez que se requiere.

Paradójicamente, al huir de nosotros, estamos dejando de lado lo más valioso que tenemos: nuestro propio mundo interior. Los dolores que a veces nos llenan de tristeza, las culpas que sentimos por errores pasados y la visión negativa que tenemos, convierten nuestro interior –que debía ser nuestro hogar– en un lugar hostil que nos lleva a huir de múltiples formas. Es como el millonario que vive pidiendo caridad a las afueras de su propia mansión sin saber que la posee. Valoremos el tesoro que tenemos dentro de nosotros mismos y podamos así compartirlo con las personas que lo necesitan.

© 2015 – Carlos Muñoz Gallardo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Agregar commentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.