. . . Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20).

Foto San Ignacio xSiguiendo este mandato de Jesús, los Padres jesuitas –desde su fundación en 1534– fueron por el mundo, llegando también a Chile, con el propósito de evangelizar y así atraer nuevos miembros al Cuerpo Místico de Cristo, para que todos los hombres se salven.

Resalta la valentía evangelizadora de estos hombres de Dios al llegar a estas tierras, animados por su lema: Ad Maiorem Dei Gloriam (A la mayor gloria de Dios).

Aun cuando ellos no fueron los primeros religiosos y sacerdotes en llegar a este extremo del mundo, su labor evangelizadora ha tenido hasta nuestros días un éxito y un impacto tal, que ha logrado marcar a la sociedad chilena y su cultura, pues los jesuitas no sólo han evangelizado, sino que también, por añadidura, han tenido la bendición de poder marcar un hito por la educación en letras, artes y ciencias, con que han formado a tantas generaciones de niños y jóvenes que han pasado por sus aulas. Sus discípulos no sólo han conocido a Dios y las verdades eternas, sino que también han recibido la educación necesaria para vivir en este mundo con dignidad, ciencia, ética e intelectualidad. Todo esto gracias a la disciplina que caracteriza a la Compañía, pues estos religiosos y sacerdotes, antes de formar a otros, han tenido la consecuencia de vida de formarse y dejarse formar primero a sí mismos, preparándose espiritual y profesionalmente, llegando a ser, muchos de ellos, grandes santos y grandes maestros.

[pullquote]El rasgo misionero en un jesuita es fundamental; el mandato de Jesús no pasa de largo ni para su fundador, San Ignacio de Loyola, ni para ninguno de ellos. Las palabras del Maestro antes de subir al Padre calan hondo en sus conciencias y es así como, a semejanza del Señor Jesús, están dispuestos a acompañarle, cual soldados y testigos verdaderos y fieles, hasta el martirio si fuese necesario.[/pullquote]

Retrocedamos en el tiempo y observemos el coraje de estos hombres valientes, quienes habiendo dejado todo por seguir a Cristo, le han encontrado siempre al cumplir fielmente su misión.

Corría el año 1590, cuando una orden del rey de España, Felipe II, disponía que un pequeño grupo de siete jesuitas viniera a Chile, con el fin de convertir y adoctrinar a los aborígenes. Tres años más tarde hicieron efectivo el envío misionero y poco a poco se fueron extendiendo hasta Chiloé.

Estos hombres de Dios dejaron a su familia, a sus amigos, sus riquezas, sus seguridades temporales, su patria y su cultura para venir a una tierra desconocida, a tratar con gente que podría violentarse ante su presencia y reaccionar de manera adversa. Sin embargo, nada los pudo detener, pues su gran amor a Jesús y su deseo de servirle y darle a conocer era mayor. Sin duda San Ignacio hizo un buen trabajo, pues con la formación y dirección de los primeros jesuitas se fue formando entre ellos una mística tal, que lejos de acobardarse frente a las adversidades, se hacían aún más fuertes, lográndolo todo para mayor gloria de Dios, en consecuencia con su propio lema. Tal ejemplo de virtudes y tenacidad provocó que a pocos años de su llegada encontraran vocaciones para la Compañía de Jesús y fue así como en 1627 se abrió el noviciado, pues el Señor comenzaba a llamar a jóvenes chilenos para unirse a la Orden y de este modo fortalecer la labor evangelizadora.

Su misión consistía en la predicación, la administración de los sacramentos, visitar a los presos y a los enfermos, catequizar a los niños sin distinción de etnia ni clase social; visitaban a la gente en los campos y ciudades para llevarles la Palabra de Dios. Misionaron entre los indígenas a pehuenches, puelches, poyas, chonos y onas.

Todo este trabajo evangelizador fue realizado a costa de muchos sacrificios; compartían con los indígenas soportando el frío, las lluvias y las enfermedades hasta el extremo de perder la vida, muchos de ellos siendo aún muy jóvenes. Otros tantos también encontraron el martirio de parte de los que eran sus protegidos. Ejemplo de esto es el Padre Nicolás Mascardi, quien perdió la vida a manos de aborígenes el 15 de febrero de 1674 ((Ver Eduardo Tampe, S.J., Chiloé: Misión Circular – Revista Mensaje, 1593-1993 – Jesuitas en Chile. Nº420, Julio 1993, p. 227.)).

Pero nada podía detener su impulso misionero; fue así como en Chiloé «en cada lugar los padres permanecían tres o cuatro días, y en otros hasta una semana o más, atendiendo a los pobladores. El trabajo de los misioneros consistía en la enseñanza de la doctrina cristiana a niños y adultos; administraban los sacramentos y explicaban la Buena Nueva…» ((Ver Eduardo Tampe, S.J., Chiloé: Misión Circular – Revista Mensaje, 1593-1993 – Jesuitas en Chile. Nº420, Julio 1993, p. 225.)).

Pero no todo era trabajo, pues para que este dé fruto abundante es necesario protegerlo con la incesante plegaria, el esfuerzo por el propio adelanto espiritual y la vida en comunidad; por eso, cuando el mal tiempo no les permitía emprender viaje hacia sus misionados, aprovechaban la oportunidad para hacer sus ejercicios espirituales, los mismos que escribiera, diera y practicara el Padre fundador, San Ignacio de Loyola.

Para realizar su misión se sirvieron de la enseñanza, formal e informalmente. Esto lo llevaban a cabo en su Colegio de Castro, pues la misión no se hace sólo en el terreno, yendo a la gente, sino también por medio de la enseñanza formal en las aulas, en las cuales, junto con enseñar diversas materias que ayudan al desarrollo integral del individuo, también se aprende el encuentro con aquél que es Padre Creador, Redentor y Santificador.

Los jesuitas fundaron varios colegios durante el Chile Hispano: el Colegio Máximo de San Miguel fue el primero y más importante. También destaca el Colegio de Chillán, el cual fue fundado para educar a los hijos de los Caciques. De los colegios jesuitas surgían hombres creativos y laboriosos, capaces de construir cosas nuevas, además del hombre creyente, capaz de escribir páginas de santidad en el libro de su vida, dejándose guiar por las mociones del Espíritu Santo. Dichos hombres de bien fueron más tarde padres de familia, religiosos y sacerdotes, intelectuales, militares y un gran número de ellos se desempeñaron en toda clase de oficios, con los cuales contribuyeron al engrandecimiento de estas tierras.

Pero los jesuitas tenían enemigos. Siguiendo así en todo las huellas del Maestro, fueron también perseguidos, como lo fue en su tiempo Jesucristo. Había gente a la que no le convenía su presencia en Chile, de modo que fueron expulsados por orden del rey en 1767. En aquel entonces su actividad educativa era floreciente, contaban con diez colegios y conventos, muchas vocaciones religiosas para la Compañía sumando trescientos setenta y siete religiosos, disponían de dos seminarios y su actividad apostólica se extendía a 24 lugares de misión.

El Señor no los había engañado, pues a todo aquel que accediera a seguirle le prometió el ciento por uno en esta vida, más la vida eterna y con persecución, pues al discípulo, de una u otra forma, le corre la misma suerte que a su Maestro.

Los jesuitas regresaron a Chile en el siglo XIX y permanecen hasta nuestros días, con una actividad misionera ejemplar y siendo emblemáticos en el área de la educación, a través de la cual continúan evangelizando la cultura y ganando más ciudadanos para el reino de Dios, pues por este reino han optado desde los inicios de su fundación y el éxito de los ejercicios espirituales ignacianos consiste en optar por ese reino, por ese camino, renunciando para siempre al reino del mal.

A la mayor gloria de Dios fue la consigna, y en ella se encerraba toda una poderosa espiritualidad. Esta pequeña frase daba el vigor, la fortaleza y la valentía que se necesitan para afrontar los más duros combates contra las propias bajas inclinaciones, contra lo desfavorable del tiempo, contra los enemigos humanos y las tentaciones de cada día. Este lema llevado en alto, provoca, para quienes lo han acuñado de verdad, el encuentro definitivo con ese Dios que nos vino a salvar y así, con estrategia de soldados de Cristo, van ganando nuevos miembros para su Cuerpo Místico, para el Reino de Dios.

Todo jesuita se sabe frente a dos reinos cada día y cada vez de nuevo, con la bandera en alto pronuncia su grito de guerra: A la mayor gloria de Dios, con el cual llega a la victoria.

[pullquote]Los Jesuitas son pues, de aquellos discípulos amados, son de los amigos del Novio, de los que siguen al Cordero y lo sirven dondequiera que Él vaya, preparando así a la Esposa (La Iglesia) para las nupcias eternas.[/pullquote]

Chile se regocija por sus frutos, los cuales nos han regalado un santo: San Alberto Hurtado y por qué no decirlo, un Papa latinoamericano, ambos insignes jesuitas que con su testimonio de vida revitalizan la misión de la Iglesia entera.

Hombres valientes y audaces que no han temido a la muerte con tal de lograr su cometido de evangelizar educando, ya sea en el campo o en la ciudad, con viento o en tempestad, entre risas de niños y tañer del cultrún o al sonido de la trutruca. Obedeciendo la voz del Maestro, fueron por todo el mundo, hicieron discípulos del reino de Chile, de esta nación, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todas las cosas que Él había mandado, quien ha estado con ellos todos los días y seguirá estando, hasta el fin de los siglos.

© 2015 – Sor María Socorro Quintana Salazar para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Sor María Socorro Quintana Salazar

Sor María Socorro Quintana, SCC, nació el 3 de agosto de 1967 en Cauquenes (Chile); es la mayor de cuatro hermanos. Sus primeros estudios los realizó en el Liceo Inmaculada Concepción de Cauquenes. A los 18 años ingresó a la Congregación de las Hermanas de la Caridad Cristiana, Hijas de la Bienaventurada Virgen María de la Inmaculada Concepción (Sororum Christianae Caritatis). Es Profesora y Licenciada en Educación.

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