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Todo hombre en algún momento de su vida asume el desafío de enfrentarse a las preguntas fundamentales que, pareciera, están inscritas en él. Preguntas como: ¿quién soy?, ¿adónde voy?, se resuelven en el día a día de manera superficial. Inclusive muchos de nosotros hemos dado respuestas sencillas durante mucho tiempo a esto; y el primer paso de la respuesta, nuestro nombre y nuestra próxima actividad, era la sentencia superficial a esta.

Sin embargo, existe un momento en el que nos ponemos frente a nuestro futuro, frente al qué hacer, y notamos que estas preguntas toman un mayor protagonismo. Ciertamente el fin de la etapa colegial no es un una norma fija para hacerse estas pregunta, pero nos pone un límite de tiempo. Nos hace pensar para qué somos buenos, qué me gustaría ser, qué quiero ser, en qué me puedo desplegar, entre otras; todo esto nos hace conocernos rápidamente para dar una respuesta trascendente a las mismas preguntas.

Este primer ejemplo, no pretendo que sea el único modelo de cuestionamientos fundamentales; por el contrario, pienso que éstos se dan en todo momento aunque no necesariamente con las mismas palabras, pero lo tomo como un buen medio para mi explicación.

[pullquote]Cuando se escoge algo, es porque respondí a un quién soy, ya sea de manera superficial como de manera profunda. Siempre en ese escoger, en ese poner en práctica nuestra libertad, lo que está presente es nuestra felicidad, la elección de lo que me hace bien; pero, aunque la práctica de la libertad haya sido hecha, no siempre está en la plenitud de su acción.[/pullquote]

Aquí llegamos a una paradoja: Yo busco mi felicidad y actúo con libertad para conseguirla, pero, ¿cómo es eso de no siempre usarla plenamente?

Ya he tocado, líneas arriba, lo poco relevante o trascendente con lo que se suele responder a estas preguntas; y es en ello que se manifiesta una práctica no tan buena de la libertad.

Me explico: El responder a esos cuestionamientos tan presentes en nosotros mismos, va más allá de la elección inmediata y del poco conocimiento que, a veces, tenemos de nosotros mismos. No sería justo responder tan a la ligera a tales preguntas, cuando entendemos que el ser humano es un abismo, en cuanto que es una profundidad, según lo expresó San Agustín hace ya varios siglos.

Si accedemos a lo profundo del ser humano, a sus anhelos de trascendencia y de bien para consigo y los demás, entendemos que la felicidad para él, sobrepasa el presente y el yo. Se trata finalmente de una meta, una respuesta definitiva elaborada de continuos actos, que generan hábitos, para la consecución de un fin pleno, personal y personalizante.

[pullquote]Es aquí donde entendemos que no todo acto, así sea hecho en plena conciencia y potestad de nuestras facultades, es plenamente libre pues, cuando no se toma en cuenta que todo ello tiene consecuencia, que todo acto lleva en sí una potencia del “adónde voy”, éste podría jugar en contra de lo más profundo de sí mismo y hacernos esclavos de un inmediatismo caprichoso o de un superficial juicio.[/pullquote]

La libertad, este don de poder elegir entre lo bueno y lo mejor para cada uno, debería de estar inserta en una escuela paciente de recto uso de ella, en la conciencia que el objeto alcanzable en su despliegue, es una meta plena y no falaz; que el mi bien –en cuanto unidad sustancial de cuerpo, alma y espíritu— y el de los demás es un buen medio de discernimiento; y con la advertencia de que el sólo uso de ella para la auto satisfacción de un bien sensitivo o placentero podría llevarnos a un efecto contrario al que anhelamos cuando hablamos de libertad, quiero decir, que el uso en esa perspectiva nos podría hacer esclavos de un inmediatismo confort, y una mirada sesgada de una realidad social.

Nuestra felicidad por lo tanto, está estrechamente unida al buen uso de nuestra libertad. Es el asumir el desafío de la conquista de la auténtica felicidad, confiado en que el ser humano no puede saciarse con actos simplistas y egoístas; sino que está abierto a la búsqueda de un ideal trascendente, que a la vez nos compromete con el otro.

© 2014 – Raúl La Torre para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 

Raúl La Torre

Raul ha llevado estudios de arquitectura y filosofía. Es licenciado en historia y en pedagogía de enseñanza media. Actualmente está encargado del Área Educativa del Museo del Carmen de Santiago de Chile.

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