Durante un tiempo se hizo famosa una propaganda de un producto contra la “antipática”. Y así se llamaba a la gripe. Cuando uno ha cogido un resfrío viene una indisposición, molestia, pocos deseos de trabajar y muchos de descansar.

A veces se nos presenta un mal en la vida cotidiana, y en la vida espiritual por lo tanto, que también se podría denominar el “antipático”. Me refiero al miedo. Es un acompañante del ser humano desde que Adán y Eva lo experimentaron al inicio de la creación, después del pecado. Es consecuencia del pecado y el mismo Señor, en varias ocasiones, nos dice que no tengamos miedo.

Pero el gran problema es que, a pesar de esa advertencia del Mesías, seguimos teniendo miedo. Tal vez se podría decir que el miedo es importante en algunos aspectos de la vida. Si no tuviésemos miedo nos tiraríamos de alturas enormes con posible perjuicio para nuestra salud; o cruzaríamos las luces rojas sin problemas o mil y un cosas más en que, día a día, el miedo interviene para darnos cordura al actuar. Si esto es así, no todo miedo es malo.

¿Cuál será el miedo a evitar? El que procede del egoísmo, de la mirada encerrada en sí misma y que nos impide amar, dar la vida, elevarnos por encima de la gravedad de nuestro ego para no hundirnos en el mar del pecado o la indiferencia ante los demás. Este miedo puede ser atenazante, nos puede ahogar o asfixiar.

Al mismo tiempo parecería imposible eliminar el miedo. Da la impresión de que siempre estará presente de algún u otro modo. Tal vez, entonces, en esta experiencia tan cotidiana, lo que podemos hacer es evangelizar el miedo: inocularle Evangelio de manera que tal vez no desaparezca, pero sí sus efectos perversos en nuestra vida.

Si miramos el pasaje de la Anunciación Encarnación podemos ver que la Virgen María, nuestra Madre, tuvo miedo ante el anuncio del ángel. Por eso se le dice «No temas, María». ¿Cómo hizo ella? ¿Cómo evangelizó el miedo? Pienso que, en primer lugar, dejó de pensar en ella misma y se abrió al mensaje divino. En segundo lugar, y especialmente, también tuvo apertura a la presencia del Espíritu Santo que llegó a cubrirla con su sombra, o a darle la protección que necesitaba, así como el auxilio que requería para emprender el camino que tenía por delante.

Evangelizar el miedo puede empezar por esos dos componentes: hacer el esfuerzo de dejar pensar en uno mismo y abrirse a la confianza total de que el Espíritu siempre nos va a acompañar en las misiones que el Señor nos pida. Siempre lo ha hecho, siempre lo hará. El Espíritu viene en nuestra ayuda.

[pullquote]El objetivo, entonces, no será quedarnos sin temor, eliminar el miedo o cosas por el estilo, pues tal vez eso nunca se logrará. Pero sí podemos abrir el corazón y la mente a la presencia divina, a la confianza, al saber que Dios cumple todas sus promesas. Y la última oferta que hace Jesús en el Evangelio según san Mateo es asegurarnos su presencia en medio de nosotros hasta el fin del mundo. El modo de hacerse presente es el Espíritu de Cristo.

De modo que, sin miedo, tal vez nos deshumanizamos o corremos grandes peligros. Con miedo nos podemos volver seres metidos en nosotros mismos y, también, nos podemos deshumanizar. Con el miedo evangelizado (por decirlo de alguna manera), con el miedo presente pero aún más presente el amor a Dios y a los hermanos, así como la confianza en la acción del Espíritu en nuestras vidas, este “antipático” se transformará en apertura a la gracia y acciones valientes buscando cumplir el amoroso Plan de Dios en nuestras vidas.

© 2016 – Rafael Ismodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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