20509_1_religion_y_politica1Al mirar a grandes rasgos la historia de la Iglesia en estos más de dos mil años de su peregrinar y pretender de hacer un análisis muy extenso, es posible tener conciencia de las distintas relaciones que han existido entre la Iglesia y el poder político: empezando por una Iglesia escondida sin voz ni voto en el ámbito público, para luego tener una relación tan íntima con el Estado que en algunas situaciones era difícil la distinción de ambos poderes, hasta llegar a una secularización política tal, que no pocas veces ha marginado la opinión eclesial. Por ello quisiera exponer mi opinión acerca de algunos elementos a tener en consideración para entender mejor la recta relación entre Iglesia y política.

Algunos autores del siglo XX han planteado como solución a esta realidad la creación de un Estado civil teocrático, más aún, entendiéndolo como la única manera de una verdadera y profunda evangelización. Jean Ousset, en su libro “Para que Él reine” comenta: «Puesto que no podemos escoger, o más exactamente, puesto que no tenemos otra elección que entre la verdad y el error, es preciso que Jesucristo y su Iglesia, por medio de la doctrina social de esta, reinen sobre el Estado, porque el Estado es una de esas posiciones clave cuya importancia es tal que no se la puede abandonar sin provocar ruinas» ((Jean Ousset, Para que Él reine, Ediciones del Cruzamante, 1980, p. 27.)). Si se entendiera este “reinado” como una realidad superior que influyera en los criterios estatales de una sociedad no habría problema, pero con una lectura más profunda y crítica del pensamiento del autor encontramos que la idea de un Estado eclesial es sumamente fuerte y casi absoluta.

Entonces, si la respuesta para la relación entre Iglesia y política no se encuentra en la creación de un sistema político liderado por la Iglesia, ¿cómo debe ésta insertarse en el mundo político? La respuesta es a la vez sencilla y compleja. Es necesario mirar hacia la Enseñanza Social de la Iglesia y de ahí concluir algunos criterios comunes de reflexión y acción.

En primer lugar es importante dejar claro que la Enseñanza Social no debe ser entendida como la postura política de la Iglesia. La enseñanza social no es una “tercera vía” entre el capitalismo y el socialismo; podríamos decir que se encuentra a otro nivel. La enseñanza social es una instancia crítica de las estructuras, programas y sistemas políticos ((Ver Luis Fernando Figari, Horizontes de Reconciliación, VE, Lima, 1996, p. 143.)). Es decir, la Enseñanza Social es una realidad superior, que marca algunas pautas de acción y principios de fondo para la organización política.

[pullquote]Lo anterior no quiere decir que la Iglesia se desentienda de la esfera política; más bien que su relación no es de igual a igual, sino que «la Iglesia y la comunidad política, si bien se expresan ambas con estructuras organizativas visibles, son de naturaleza diferente, tanto por su configuración como por las finalidades que persiguen. El Concilio Vaticano II ha reafirmado solemnemente que “la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada cual en su propio terreno”. La Iglesia se organiza con formas adecuadas para satisfacer las exigencias espirituales de sus fieles, mientras que las diversas comunidades políticas generan relaciones e instituciones al servicio de todo lo que pertenecen al bien común temporal. La autonomía e independencia de las dos realidades se muestran claramente sobre todo en el orden de los fines» ((Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Paulinas, 2005, p. 230.)).[/pullquote]

Es equivocado pensar que la Iglesia rechaza cualquier autoridad temporal y sistema político. Jesús mismo rechaza el poder opresivo y despótico de algunos jefes de su tiempo (cf. Mc 10,42), pero nunca rechaza directamente a las autoridades de su época. Un ejemplo de esto lo encontramos en el relato evangélico sobre el pago del tributo al César; Jesús afirma que es necesario dar a Dios lo que es de Dios, condenando el intentar divinizar el poder temporal, pero al mismo tiempo concede al poder temporal lo que es suyo: no considera injusto el tributo al César ((Ver Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Paulinas, 2005, p. 207.)).

Para precisar más la relación entre política e Iglesia es importante distinguir dos planos de correspondencia. En primer lugar si se habla de política en su sentido amplio que mira al bien común, entendiéndose como aquella a la cual «le corresponde precisar los valores fundamentales de toda la comunidad, conciliando la igualdad con la libertad, la autoridad pública con la legítima autonomía y participación de las personas y grupos (…). En este sentido amplio la política interesa a la Iglesia y por tanto, a sus Pastores, ministros de la unidad (…) La Iglesia contribuye así a promover los valores que deben inspirar la política, interpretando en cada nación las aspiraciones de sus pueblos, especialmente los anhelos de aquellos que una sociedad tienda a marginar» ((Puebla, III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, nn. 521-522.)). En segundo término, si se habla de política en la realización concreta de esta, lo cual se hace normalmente a través de grupos de ciudadanos que buscan dar solución a diferentes cuestiones sociales, es lo que se entiende como política de partido. Las ideologías elaboradas por estos grupos, aunque se inspiren en la enseñanza social de la Iglesia, pueden llegar a diferentes conclusiones. Por eso ningún partido político puede representar a todos los fieles. «La política partidista es al campo propio de los laicos. Corresponde a su condición laical el constituir y organizar partidos políticos, con ideología y estrategia adecuada para alcanzar sus legítimos fines» ((Allí mismo, 524)).

El laico debe encontrar en la doctrina de la Iglesia los criterios adecuados, a la luz de la visión cristiana del hombre. En cambio, los pastores, sacerdotes y diáconos deben despojarse de toda ideología político-partidista que pueda condicionar sus criterios y actitudes. Tienen así libertad para la evangelización de lo político como lo hizo Jesús, desde el Evangelio y sin partidos ni ideologías.

Con estas pautas claras, es necesario decir unas palabras más acerca del mensaje de Jesús y la esfera político partidista. Nos dice el Papa Benedicto XVI acerca de las consecuencias del mensaje del Evangelio para el mundo político-social de Israel:

«Aplicar literalmente el orden social de Israel a los hombres de todos los pueblos habría significado negar de hecho la universalidad de la creciente comunidad de Dios (…) Las formas jurídicas y sociales concretas, los ordenamientos políticos, ya no se fijan literalmente como un derecho sagrado para todos los tiempos y, por tanto, para todos los pueblos. Resulta decisiva la fundamental comunión de voluntad con Dios, que se nos da por medio de Jesús. A partir de ella, los hombres y los pueblos son ahora libres de reconocer lo que, en el ordenamiento político y social, se ajustan a esa comunión de voluntad, para que ellos mismos den forma a los ordenamientos jurídicos.(…) los ordenamientos políticos y sociales concretos se liberan de la sacralidad inmediata, de la legislación basada en el derecho divino, y se confían a la libertad del hombre, que a través de Jesús está enraizado en la voluntad del Padre y, a partir de Él, aprende a discernir lo justo y lo bueno» ((Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, Planeta 2009, p. 150.)).

Se deduce de esto que la cuestión en relación con el partidismo político no está tanto en una cuestión de ideologías y sistemas, sino que todo laico cristiano que forme parte de un ordenamiento político, debe buscar la comunión con la voluntad de Dios desde su libertad y conciencia personal, y no tanto el cumplimiento de los ideales colectivos de su partido. Esto parece ser también un principio teológico que puede servir como base a la pluralidad política, siempre y cuando este en consonancia con la doctrina cristiana.

[pullquote]Podemos concluir entonces que la relación entre Iglesia y política se da a muchos niveles y es muy compleja, aunque los límites son claros y bien delimitados: el mensaje de la Iglesia y en concreto de su enseñanza social existe como una instancia crítica y superior al mundo político, dando pautas de acción y valores fundamentales que deben estar de base para un verdadero sistema político. En relación con la participación directa en las esferas políticas, este es un campo que corresponde a los laicos y no a la jerarquía eclesial, teniendo estos como responsabilidad la evangelización de la política en un sentido amplio, formando y dando directrices a los agentes políticos, buscando que actúen según el mensaje del Evangelio.[/pullquote]

© 2015 – Francisco Aninat Rodríguez para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Francisco Aninat Rodríguez

Francisco nació en Santiago de Chile en 1989. En la actualidad reside en el Perú donde estudia pedagogía y es formador del centro de formación del Sodalicio de Vida Cristiana.

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