¿Y si Internet fuese como un gran espejo? Como este. Porque, ¿qué más instantáneo que un espejo? ¿No? ¿No es acaso Internet una especie de reflejo de lo que queremos mostrar al mundo?

Aquello que somos, aquello que nos gustaría que los demás pensáramos que somos. En ese espejo solemos mirar a las personas y omitir opiniones. Si nos gusta, no nos gusta, qué nos parece y fácilmente nos formamos una imagen respecto a esa persona. Un espejo sucio, a veces opaco. Sí, que puede distorsionar también la realidad, ¿no?

Entonces me pregunto: Si Dios viera nuestra imagen en este espejo que es Internet, ¿Cómo nos miraría? Seguro que Dios nos ve de una manera distinta a la que nosotros nos vemos y a la que nos ven los demás. ¿Sabes cómo te mira Dios?, de tres maneras.

Primero, Él nos mira con ojos de Padre, con ternura. Nos ve como ese niño y esa niña de sus ojos, nos mira con orgullo por nuestros logros, nos mira también con estima, con compasión, con misericordia. Porque en esto consiste el amor, no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero.

Segundo, en este espejo que es Internet, Dios nos mira con inmensa misericordia. Él no nos bloquea, no nos “ranquea”, no hace “next”, no pone “no me gusta”, no nos pone en silencio,  modo avión, no nos saca de su lista de amigos, no se ríe de nuestras imperfecciones ni nos rechaza por ellas. Él nos mira con ojos de misericordia, esos ojos que muchas veces nosotros ni siquiera tenemos para nosotros mismos, nos mira conmovido por nuestros dolores por nuestros sufrimientos.

Tercero, Él nos mira como el tesoro más preciado. Siempre me ha conmovido eso de que Dios pensó en nosotros mucho antes de que estuviéramos en el vientre materno, que haya pensado de forma tan amorosa en cada uno de nosotros que somos apenas un granito en medio de la arena.

Él nos mira como su tesoro porque ve todo lo que, en potencia, podemos llegar a ser.

En realidad nos ve en un espejo de colores. Si te miras al espejo y te cuesta descubrir aquello bueno, bello, que Dios ha puesto en ti, pídele al Espíritu Santo que te ayude, pídele que te ayude a mirarte como Dios te mira, con otros ojos. Eso implica aprender a quererse, a aceptar lo que Dios puso en nosotros, que no sea importante para ti lo que otros digan en redes sociales, en Internet, en ese espejo que a veces puede transformarse en un juez y no reflejar lo que realmente tú eres.

Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a ver a los hermanos correctamente, como los ve Dios. La mente puede ver sombras pero el Espíritu puede ir más allá de las apariencias.

Pregúntale a Dios qué ve en ti y verás cómo te responde.       

 

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