Hace unos días se difundió la noticia de que el software AlphaGo, desarrollado por la empresa Google, había vencido al campeón mundial de Go, juego chino considerado unos de los más complejos que existen. Esta noticia se une a algunas más antiguas que nos mostraron cómo el computador Deep Blue pudo ganarle una partida de ajedrez al gran maestro Kasparov hace ya unos años.

Pero en estos casos se trata simplemente de máquinas que tienen una gran capacidad para procesar enormes cantidades de permutaciones en poco tiempo ¿Es esto en realidad inteligencia? El mismo Kasparov nos dice en un artículo suyo para The New York Review of Books: «Con la supremacía de las máquinas de ajedrez ahora aparentes y la competencia de “hombre contra máquina” una cosa del pasado, tal vez es hora de volver a las metas que hicieron el ajedrez de la computadora tan atractivo para muchas de las mejores mentes del siglo XX. Jugar un mejor ajedrez era un problema que querían resolver, sí, y se ha resuelto. Pero también había otros objetivos: desarrollar un programa que jugaba al ajedrez pensando como un ser humano, tal vez incluso aprendiendo el juego como lo hace un humano. Seguramente esto sería una avenida mucho más fructífera de investigación que creando, como estamos haciendo, algoritmos cada vez más rápidos para funcionar en hardware cada vez más rápido»1.

Se distingue así entonces la capacidad de procesar grandes cantidades de datos de la capacidad de pensar; y es en este sentido, que podemos afirmar que no se ha desarrollado hasta el momento una verdadera inteligencia que sea realmente artificial. Sigue siendo ésta (la inteligencia) un privilegio y característica propia de los humanos.

Pero, ¿será esto siempre así? La ciencia ficción nos ha traído muchas veces historias de inteligencias artificiales, que igualan e incluso superan a la humana. La pregunta que cabe es si esto es posible.

En primer lugar, definamos qué es inteligencia: podemos decir que es la capacidad de pensar y razonar, y de resolver problemas de forma autónoma. Esta ha sido la definición que se ha manejado tradicionalmente en el mundo de la inteligencia artificial, comenzando por el pionero Alan Turing, quien incluso diseñó un test (conocido como el test de Turing) para identificar una posible inteligencia en un artefacto creado por el hombre. Esto ocurrió en la década de 1950, y aunque Turing apuntaba a que para el año 2000 el test sería exitosamente resuelto, la verdad es que aún no existe ningún dispositivo artificial que pueda ser considerado como verdaderamente inteligente.

Pero hay otro rasgo de la inteligencia que debemos considerar: la capacidad de aprender. Las máquinas que señalamos al comienzo del artículo pueden ser muy exitosas a la hora de jugar ajedrez o GO, pero resultaría inútil pretender que lograran aprender otras habilidades intelectuales, como tocar un instrumento o disfrutar una película, ya que, fueron diseñadas de manera limitada, para un solo propósito.

Ninguna de estas máquinas exhibe tampoco curiosidad, que es un rasgo fundamental de la inteligencia. Desde muy pequeños, los seres humanos manifestamos este rasgo que nos lleva a interactuar con el mundo y a aprender rápidamente, en una gran diversidad de ambientes y situaciones.

Entonces, ¿podemos esperar que exista una verdadera inteligencia artificial? En mi opinión, nunca una máquina podrá lograr la diversidad de pensamiento y la búsqueda de conocimiento propios del ser humano; siempre habrá sido programada, y por eso mismo, fruto del pensamiento de un ser humano. Esa programación puede mostrar avances impresionantes, pero siempre estará limitada a aquello para lo cual fue programada. El aprender por aprender, el ocio, la curiosidad, la capacidad de asombro, son elementos que pertenecen a la esencia del ser humano, a su dimensión espiritual, y por lo tanto, serán siempre imposibles de lograr de manera artificial.

Es verdad que iremos con el tiempo construyendo máquinas cada vez más complejas desde el punto de vista técnico, pero también que nunca podrán igualar al ser humano en su capacidad intelectual, que le es propia e inimitable.

1 http://www.nybooks.com/articles/2010/02/11/the-chess-master-and-the-computer/

© 2017 – Carlos Díaz para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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