A veces podríamos pensar erróneamente que el éxito profesional se opone a nuestra opción por seguir a Cristo y que si logramos ser reconocidos en el mundo y tener fama y prestigio, la consecuencia razonable será que nuestro corazón se llenará de orgullo y prepotencia frente a los demás.

La historia que hoy compartiremos, es referente al religioso escolapio Giovanni Battista Beccaria, quien llegó a ser un gran hombre de ciencia y un gran hombre de fe. Justamente, fue su fe, la que le permitió entregar sus dones y talentos al servicio de los demás, no buscando la gloria para sí, sino el bien que podía realizar a la humanidad, con sus investigaciones y descubrimientos.

Giovanni Battista Beccaria, nació en el S. XVIII en Italia. Era un hombre caracterizado por ser organizado, estudioso, responsable y dedicado. En un mismo día cumplía con sus deberes como religioso escolapio, enseñaba a un grupo de niños, enseñaba gramática y retórica, y dedicaba buena parte de su tiempo en aprender matemáticas como buen aficionado.

La actitud dedicada y estudiosa de Beccaria, le permitió tener un papel fundamental en el establecimiento de los principios de la electricidad junto con Benjamin Franklin.

Beccaria, además de llegar a ser profesor de física experimental en la universidad de Turín, logró establecer un discipulado científico, reuniendo en torno suyo, a un notable grupo de jóvenes científicos, entre los que se encontraban Giovanni Francesco Cigna, Louis Lagrange y Giuseppe Angelo Saluzzo, quien en 1757 fundó la Academia de Ciencias de Turín.

Su aporte en el campo de la física lo llevó a ser considerado como “el padre italiano de la electricidad”, caracterizándose siempre por su rigor y seriedad científica Clic aquí para ver el vídeo, y a establecerse como predecesor de importantes personajes de la ciencia, desde Volta hasta Cigna.

Beccaria supo compaginar su vocación religiosa con el estudio de la ciencia. La fama y el prestigio que fue adquiriendo en ningún momento arrebataron la humildad de su corazón; por el contrario, entendía que su rol de científico era en realidad un don de Dios que debía ser puesto al servicio de los demás. Es así como “los más ilustres personajes de su tiempo le guardaban una singular deferencia; y sin embargo nada ambicioso, muy humilde, moderado y dado a la virtud, no aprovechó su influencia sino para impulsar la ciencia que profesaba”

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Murió en Turín, el 27 de mayo de 1781 a los 65 años de edad, dejando un importante legado científico referente a sus estudios sobre la electricidad, reunidos en el Philosophical Transactions.

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