Sandro_Botticelli_-_St_Augustin_dans_son_cabinet_de_travailUna eternidad parece que separa la hoy adormecida aldehuela argelina de Souk-Ahras y la Tagaste de la antigüedad. Souk-Ahras ocupa el lugar de aquella ciudad romana que floreció en el siglo IV de nuestra era en lo que fue la industriosa región agropecuaria de Numidia. Sus llanuras generosas constituyeron el “granero” del Imperio Romano.

Agustín de Hipona, a quien San Juan Pablo II denominó “padre común de nuestra civilización cristiana”, vino al mundo en Tagaste el 13 de noviembre del 354. La vida temprana del Agustín está rodeada de un velo de misterio que el mismo santo Obispo nos irá descubriendo, para develarnos una persona inquieta, en infatigable búsqueda de Dios. El mismo fue su mejor “biógrafo”. Deseaba entregar su testimonio a los que como él peregrinan al seno del Padre. Agustín traza en sus Confesiones, aquel “diario” de profundidad casi inmensurable, un conmovedor itinerario espiritual de la persona hacia la Verdad. «Yo deseo conocer a Dios y mi propia alma», expresará más tarde en los Soliloquios.

[pullquote]Agustín aparece como el buscador incansable de la felicidad, la que sólo se puede hallar en la verdad. Para encontrarla no se echará atrás ante las mayores dificultades, por muy grandes y amenazantes que parezcan. «Anhela la verdad en vistas a la felicidad. No ha concebido jamás la felicidad como posible aparte de la verdad», escribió el filósofo Etienne Gilson. El objetivo que se traza no es simple. Se trata de conocer la verdad y conformar su vida de acuerdo a ella. La fe es, para el Hiponense, verdad para la inteligencia y vida para el corazón.[/pullquote]

La existencia de Agustín transcurre en un momento histórico decisivo. Son los días de las victorias postreras del poder imperial romano que conduce a algunos a vanas fantasías de una grandeza que descansa solamente en los quehaceres y glorias que ofrece el mundo pagano. Otros, como Agustín, no se dejan deslumbrar. Comprenden que son testigos del inevitable derrumbamiento de la Roma Imperial. Sobre las ruinas de este poder, otrora conquistador invencible, estaban por edificarse los cimientos de una “nueva civilización” que Agustín deseaba que representase los valores cristianos.

Agustín tiene una vinculación temprana con el cristianismo a través de su madre, Santa Mónica, cuya influencia moral y espiritual fueron determinantes. Ella se empeñó en educarlo en la fe católica pero, como era costumbre en aquellas épocas, no lo hace bautizar.

Las Confesiones guardan un discreto y respetuoso silencio sobre su padre, Patricio. Orgulloso del pasado histórico imperial, Patricio se resistió a abandonar el paganismo. Animó a Agustín para que estudie gramática y retórica en vistas a una carrera en el derecho, en el foro y en la política. La presencia de los grandes oradores clásicos como Cicerón aún se dejaba sentir en el mundo antiguo. La oratoria y la literatura practicadas bajo el modelo ciceroniano le abrían a las personas con ambición y cultura las puertas de la jurisprudencia, preciado ideal en la antigüedad.

La juventud de este apasionado personaje fue turbulenta. Cuando niño era un pésimo perdedor; ya mayor busca triunfar a toda costa. El primer destino de su largo caminar es Madaura, localidad númida en cuya escuela descubre a los clásicos. El periodo más “oscuro” le aguarda en la siguiente etapa, en la ciudad portuaria de Cartago. En medio de su entrega a los placeres tropieza con una obra de Cicerón llamada Hortensio. El encuentro con esta invocación a la sabiduría será determinante para su hambre interior. Agustín se hallaba desesperado; su espíritu, resecado y desilusionado por la búsqueda de placeres y glorias puramente intelectuales.

En el Hortensio encuentra una pequeña luz. El sabio Cicerón lo anima a alcanzar la felicidad a través del cultivo del razonamiento orientado hacia la sabiduría interior. Esta experiencia condujo al joven de Tagaste a un decisivo encuentro con la realidad del alma, considerada por Cicerón “eterna y divina”. Posesiones y bienes aparecen como insignificantes ante el ideal que se revela frente a sus ojos: «Fui dejado —nos describe en las Confesiones— con un profundo fuego en mi corazón, deseando la inmortal cualidad de la sabiduría». Cuando Agustín abandona Cartago es un decidido buscador de Dios y de la perfección. Sin embargo aún restaba un exigente camino por recorrer.

La confusión espiritual en que vive lo inclina a dejarse seducir por la herejía maniquea. Los maniqueos reclamaban poseer la clave de la salvación personal y el conocimiento de los arcanos secretos del universo. Postulaban un dualismo gnóstico, irreductible entre la luz, equivalente a lo santo, y la igualmente “todopoderosa” oscuridad, lo malo. Agustín transcurre nueve años como maniqueo y abandona la herejía cuando considera que algunos aspectos de la mitología herética son ridículos. «¿Cómo puede un cristiano adorar al sol como Dios o parte de Dios?», se interroga.

En el año 382 se establece en Roma. Esta nueva etapa significará su acercamiento al neoplatonismo. La amistad —en un primer momento, un poco interesada— con San Ambrosio, Obispo de Milán, y otros religiosos notables, será crucial para su posterior conversión al catolicismo. Agustín acude a Milán, primero conducido por la curiosidad. Desea escuchar al gran orador, Ambrosio. Los sermones del pastor no solo le causan admiración por su elocuencia, sino que lo ayudan a disipar viejos prejuicios maniqueos contrarios al Antiguo Testamento. Ya catecúmeno va descubriendo la noción cristiana de Dios, atrayendo su alma inquieta. Pero todavía encuentra demasiados escollos en el camino. Le cuesta renunciar a los éxitos de la vida mundana y a las ambiciones retóricas.

Agustín libra aún un combate interior entre el escepticismo intelectual que lo retiene y el ideal de alcanzar la certeza en la fe cristiana. Pero como en Cartago, la providencia divina lo auxilia. Se repite la experiencia del Hortensio, tropezando con unos libros de los neoplatónicos, “Sobre la belleza” de Plotino y “Sobre el retorno del alma” de Porfirio, como más tarde relataría en sus Confesiones. Estas lecturas le ayudan a superar un conflicto interior que había permanecido sin solución desde sus días de maniqueo: el problema del mal y el pecado.

[pullquote]Tanto el mal como el pecado son explicados como parte de la dimensión del “no-ser”. Acaso después de una experiencia de íntimo diálogo con Dios es que resuelve las dificultades que lo alejan del bautismo. El mismo lo explica: «Me retenían cosas frívolas y vanas en grado sumo, antiguas amigas mías». Busca la soledad para meditar en su indecisión. La halla bajo una higuera y rompe en llanto. Las lágrimas «prorrumpieron de mis ojos como dos ríos». Mientras su corazón sollozaba desconsolado y contrito, oyó una voz «no sé si de niño o de niña, que decía cantando, repitiendo muchas veces: “Toma y lee; toma y lee”». Reprimió el llanto e interpretó el canto como la voz de Dios que lo invitaba a abrir las Escrituras.[/pullquote]

Tomó el libro que contenía las Cartas de San Pablo: «Lo abrí y leí en silencio el primer capítulo que cayó ante mis ojos: “No en las comilonas ni borracheras; no en fornicaciones ni en rivalidad, ni envidia; sino revestíos de nuestro Señor Jesucristo y no hagáis caso de la carne para satisfacer sus concupiscencias” (Rom 13, 13-14)».

Las oscuridades y sombras dieron paso a la claridad. El mismo Agustín describe este momento con Dios: «Entré en mi interior guiado por Ti, y lo pude hacer porque Tú te hiciste mi ayuda. Entré y vi con el ojo de mi alma… una luz inmutable… Y advertí que me hallaba lejos de Ti en la región de la desemejanza». Esta experiencia con características de elevada mística constituye la clave de su espiritualidad: la experiencia religiosa abre el camino de la inteligencia y permite su ascenso a Dios.

Se retira al pueblo de Casiciaco, recogido en la oración. Practica la penitencia y se prepara diligentemente para recibir el Bautismo. Al acercarse la Cuaresma del año 387, Agustín considera que ya había llegado el momento. Se acerca a Milán donde recibe la catequesis de San Ambrosio. La noche del 24 al 25 de abril, cuando la comunidad cristiana abarrotaba la catedral románica “vigilando” y aguardando la fiesta de la Resurrección, recibe el bautismo de manos del santo Obispo de Milán. El largo peregrinar hacia la Iglesia había concluido.

Ya plenamente acogido en el seno eclesial, se retira a Tagaste con la intención de llevar una vida monacal. Lo acompañan un grupo de amigos y antiguos maniqueos con quienes establece una comunidad dedicada al estudio y la oración.

El temperamento de Agustín no es el de un contemplativo puro. Su inteligencia combativa y su hambre de compartir la verdad lo conducen a predicar como laico. Los cristianos de Hipona, ciudad vecina a Tagaste, exigen su presencia para que pronuncie unas conferencias. Impresiona tanto con su apasionamiento por Dios que es convencido por el Obispo Aurelio de Cartago para que permanezca en aquella urbe y ayude al anciano Obispo Valerio.

La elección de Agustín como presbítero fue bastante singular como nos lo refiere su amigo y biógrafo San Posidio. Valerio aprovechó la presencia del notable converso —que se había confundido entre los fieles con la esperanza de que nadie lo reconozca— con el fin de anunciar la necesidad de un “sacerdote idóneo” para auxiliarlo. Al ser reconocido, Agustín fue “apresado” y presentado al prelado. El clamor para que lo ordenase fue unánime. Mientras tanto Agustín —que solía alejarse “de las iglesias que no tenían pastor”— sollozaba  copiosamente.

Cuando el anciano y santo Valerio fallece Agustín toma las riendas de la diócesis de Hipona. A partir de aquel momento su influencia será inmensa, trascendiendo los linderos norteafricanos. El siguiente medio milenio va a pertenecer teológica y culturalmente al santo Hiponense como gestor del encuentro entre la cultura clásica y la nueva civilización cristiana.

¿Qué le correspondía realizar a un obispo como Agustín en aquellos difíciles años en que decae el Imperio romano y empiezan las invasiones bárbaras? A sus labores pastorales debía añadir la predicación, la confesión, los bautizos, los anatemas, el cuidado de los pobres y la administración de los bienes del clero. Ante la ausencia de la autoridad civil, el pastor debía actuar como juez, promulgando sentencias y arbitrando diferendos con otras ciudades. El aspecto doctrinal no fue descuidado. En el caso de Agustín, la preparación de tratados de teología, que eran ampliamente comentados, y las polémicas con los herejes pelagianos, maniqueos y donatistas, le ocupaban buena parte de sus esfuerzos. Además mantenía una nutrida correspondencia con otros pastores. Asistía a sínodos y negociaba con los invasores bárbaros.

Agustín se muestra incansable en el púlpito y en la cátedra. Es plenamente consciente de la responsabilidad que tiene como obispo: ser Maestro de la Verdad aunque se vea obligado a ofrendar la vida. Con la voz y la pluma proclama la verdad frente a los errores de las sectas heréticas. La elocuencia y amor con que predica causan tal entusiasmo que incluso los herejes se mezclaban con los católicos para escucharlo.

El Obispo de Hipona continúa incansable con su cruzada para restablecer la unidad de la Iglesia y la conversión de los paganos. Emplea todos los medios a su alcance: orienta a los católicos que dudan frente a las calumnias de los heréticos; escribe catequesis que ordena colocar en lugares visibles para que todo el mundo se entere de la verdadera doctrina; compone poesías y se vale de cánticos para promocionar la causa católica. Escritor imparable, redacta libros profundos y extensos para dar a conocer las enseñanzas de la Iglesia. Solamente para refutar a los maniqueos redacta cinco tratados. Pero no bastaba la controversia: Había que evangelizar. El monasterio que fundara Agustín en Hipona se convirtió, bajo su tutela, en escuela de futuros sacerdotes y obispos.

Cuando Agustín fue elevado al obispado de Hipona, el ya decadente Imperio de Occidente sufría una larga sucesión de invasiones bárbaras. Los tiempos eran difíciles. «La desorientación de los espíritus y la angustia se habían apoderado de los ánimos», describe un testigo de la época. Siguiendo las interpretaciones de Eusebio de Cesarea era hecho corriente entre algunos cristianos la tendencia a relacionar analógicamente el Reino de Dios con la estabilidad y solidez del Imperio Romano; y ahora ocurría lo impensable: el Imperio se desmoronaba. Era vital marcar una diferencia entre la Iglesia y el poder temporal de los césares.

Los acontecimientos se suceden con pasmosa prontitud. En el año 410 Alarico saquea Roma. Fue el primer acto del drama. Este hecho conduce a Agustín a escribir, en un periodo de catorce años, una reflexión histórica que titula: “La Ciudad de Dios”. Con este libro rebate la objeción central que los paganos hacían a los cristianos: la nueva fe había debilitado las viejas tradiciones romanas —afirmaban— a tal extremo que resultaba imposible unir fuerzas para derrotar a los invasores.

El Obispo de Hipona parte de otra perspectiva. Roma ya había iniciado su ocaso cuando hace su aparición el cristianismo. Más bien la doctrina cristiana aportaba a la moribunda sociedad un camino de renovación. La “ciudad temporal” esconde tras de sí la huella del pecado. Sus habitantes viven de espaldas a Dios, centrados en la misma soberbia que hizo pecar a los ángeles caídos. El Estado se identifica con esta “ciudad” en la medida en que se encuentra pervertido por el pecado.

Este fue el caso del Imperio romano. Se alejó de los elevados fines que aportaba la civilización cristiana, convirtiéndose en imagen de la ciudad de los hombres. Sin pesimismo pero con resignación, Agustín juzga que Roma estaba tan decrépita y corrompida que era inevitable su cercana desaparición. Perdura la esperanza de algo nuevo: «Tú no temas», le escribe San Agustín al viejo Imperio, «que tu juventud se renovará como la del águila».

Agustín alcanza el ocaso presenciando una Iglesia reunida en comunión, aunque sitiada por los invasores Vándalos. Los esfuerzos de tantos años se vieron coronados, como narra Posidio, «con la concordia y la paz, restablecida en la Iglesia y en la diócesis de Hipona, puesta bajo su vigilancia pastoral, y después en otras partes de África, donde vio crecer y multiplicarse la Iglesia».

Los tambores tocan a sitio. La guarnición de Hipona se prepara a resistir los embates de los Vándalos que rodean la ciudad. Su querido Obispo agoniza. Tiene 76 años y aún reúne fuerzas para enseñar y concluir obras fundamentales como su “Doctrina Cristiana” y la monumental “Ciudad de Dios”. Alienta a sus amigos obispos —que han huido de sus ciudades sitiadas buscando el consuelo de Agustín— para que vuelvan junto a su rebaño. Hace penitencia y se pone en las manos de Dios. El inquieto Agustín conoció el pacífico reposo en el Señor el 28 de agosto del año 430.

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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