At-EternityNadie quiere sufrir. Es común escuchar frases como: “Dios me libre de tener que sufrir así”, “No sé qué me pasaría si tuviera que sufrir una experiencia tan dolorosa como la que él vive”. La experiencia del dolor que causa el sufrimiento va en contra de nuestra naturaleza. Es algo que no tiene sentido. Así lo entiende el mundo, que sólo encuentra la felicidad en una vida cómoda, tranquila y en paz, en la que no haya ningún problema. Efectivamente, buscamos y anhelamos una vida que no tenga sufrimientos. Lamentablemente eso no existe. Huimos del dolor teniendo una aproximación superficial a la vida, huyendo de la dimensión profunda que tiene la existencia, sin querer enfrentar el sufrimiento. Huimos por medio del placer, de la diversión, la bulla, el activismo… Además, cuántas personas encuentran una “salida” o refugio en las drogas, el alcohol o en el sexo. Fáciles compensaciones, que sólo buscan aliviar o esconder la experiencia dolorosa.

Buscar la tranquilidad, la comodidad, la paz o una vida sin problemas no está mal. Ojalá todos pudiéramos vivir así. Sin embargo, ¿quién no ha vivido o experimentado una enfermedad en su vida, o en la vida de algún familiar o amigo cercano? La muerte, una situación dolorosa, contradicciones y complicaciones de la vida; problemas en el trabajo, en el matrimonio, con los hijos; sufrimientos causados por desarreglos morales… No existe una vida ajena a la contingencia. Es decir, ajena a la experiencia de fragilidad, debilidad y limitación. Queremos vivir una felicidad sin fin– que responda a nuestros anhelos profundos de infinito; sin embargo, nos chocamos contra nuestra cruda realidad humana, que, como cristal delicado, se rompe con los golpes de la vida.

¿Cuántas veces buscamos una razón que explique esa realidad? Nos preguntamos: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? El mal y sus manifestaciones –como son el dolor y el sufrimiento– son un misterio, cuya explicación suele ser, en muchos de los casos, imposible de vislumbrar. Más bien, lo que nos debemos proponer, es aprender cómo vamos a aceptar e incorporar eso a nuestras vidas. Ese proceso de reconciliación no es fácil, y puede tomar años. Es decir, aceptar y aprender a vivir con esa dificultad, de modo que la incorporemos y la integremos rectamente a nuestras vidas, requiere un largo caminar. Vivir esto significa un sacrificio personal muy intenso. No se trata de ser negativos y creer que hemos nacido para sufrir. Pero hay que ser realistas. Reconocer que la vida, junto con alegrías, tiene tristezas; junto con las victorias, tiene derrotas; junto con el anhelo de infinito, se choca paradójicamente con la experiencia de la contingencia.

[pullquote]Ese misterio sobrepasa la capacidad humana. El hombre no es capaz de explicarse por qué existe el sufrimiento en su vida. Nos rebelamos ante esa triste y dolorosa realidad. Por ello, la manera más auténtica de aceptar y tratar de aprender a vivir con el sufrimiento es con Dios. Pregúntate: ¿No es evidente la diferencia de una persona que asume una situación dolorosa con Dios, de otra que no tiene a Dios en su vida? ¿Cuántas veces nos hemos asombrado de la manera, más o menos serena, como alguien asume un determinado dolor? Le preguntamos cómo lo hace. Y nos responde que sólo es posible gracias a Dios. Por otro lado, ¿cuántas veces hemos visto personas que parecen ser incapaces de sobrellevar un sufrimiento? (lo cual obviamente es totalmente comprensible).[/pullquote]

No estamos diciendo que para algunos sufrir sea algo fácil. Y que el dolor no cause para todos una profunda tristeza. Para todos, el sufrimiento conduce a experimentar la natural condición de extrema fragilidad humana. La clave de este misterio está en nuestro corazón. ¿Qué es lo que mueve nuestra vida? ¿Qué es lo que le da sentido a nuestra existencia? ¿En quién hemos puesto nuestra esperanza?

Si nos quedamos en un plano meramente humano, efectivamente, el dolor y el sufrimiento no tienen ningún sentido. Es imposible que el hombre con sus solas fuerzas descubra una respuesta. ¿Quién puede explicar por qué tenemos muchas veces que sufrir?

Sin Dios el hombre es incapaz de encontrar una manera llevadera de vivir el sufrimiento. Reniega, lo huye, lo niega. Solamente Cristo es capaz de dar una respuesta auténtica para el misterio del sufrimiento. Siendo Dios y Hombre, vivió hasta las últimas consecuencias esa realidad, y fue capaz de darle sentido a eso. La persona que lo entiende, puede abrirse al misterio redentor de Cristo crucificado. Es decir, su sufrimiento cobra un sentido salvífico. Cobra un sentido divino. El dolor ya no es un sinsentido, sino que es el camino por el cual uno se configura más de cerca al Señor Jesús. Hace que el sufrimiento sea un camino de realización. No obstante, aunque lo entendamos así, el sufrimiento sigue siendo una experiencia dolorosa. El punto es el siguiente: El que vive con Cristo el misterio de la cruz, puede aceptar realmente todo lo que significa el dolor y sufrimiento. El único que nos enseña y ayuda a cargar auténticamente la propia cruz es el Señor Jesús, clavado en la cruz.

5169438714_903a0ef9f7_zObviamente, estamos hablando de una dimensión espiritual. Se trata de un tema religioso. Pero no hay otra manera de hacerlo. El problema del mal es un problema espiritual. Es un problema que hiere lo más profundo de nuestro corazón. El que no lo ve así, todavía no acepta realmente el sufrimiento en su vida. Si lo entendemos en esa perspectiva cristiana, el sufrimiento nos ayuda a madurar como personas.

En ese momento “misterioso” en que la persona decide, valientemente, aceptar y enfrentar el sufrimiento, descubre que no basta apenas entenderlo. Eso es un primer paso. El Señor quiere que crezcamos. Quiere más de nosotros. Asumir el sufrimiento con Cristo, además de una comprensión en la mente, implica otro elemento fundamental: el corazón. Se trata de una opción voluntaria y libre. Hay que quererlo. Sólo con esa actitud podemos vivir el misterio de la cruz de Cristo.

Asumir el sufrimiento y dolor con Cristo, nos educa, nos enseña, nos forja y nos hace crecer en el sacrificio, la generosidad, la entrega, la reconciliación, la vivencia del amor. Implica ponernos humildemente en sus manos, reconociendo que si estamos solos no podemos. El que aprende a sufrir, mira la vida de otra manera. Ya el dolor y el sufrimiento son motivo de crecimiento. Son una ocasión para purificarse y vivir una dimensión más profunda de la existencia. Con Cristo es posible sufrir y ser feliz, pues aprendemos a realizarnos plenamente, incluso en medio del dolor. Si quieres vivir, hay que aprender a sufrir.

Todo esto, a los ojos del mundo en que vivimos, es totalmente incomprensible. ¿Sufrir y ser feliz? Es una locura. La persona que no se abre a la dimensión cristiana de la vida, no podrá entender el sentido que se puede dar al sufrimiento. La Cruz de Cristo es nuestra victoria. Cristo, desde la cruz, dio sentido a nuestra vida. Dio sentido a todas las dimensiones de nuestra vida. Incluso las más difíciles de aceptar. Aquellas que son profundamente dolorosas y causan mucho sufrimiento. ¿En quién ponemos nuestra esperanza? ¿En quién buscamos las respuestas para nuestras vidas? ¿Quién es capaz de darle un sentido real a nuestra existencia? No se trata de buscar sufrir, sino de aprender a sufrir. Para ello, miremos a Aquél que venció y le dio sentido al dolor. Seamos felices con el horizonte que nos presenta Cristo, para darle sentido a todo lo que implica vivir.

© 2014 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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