Search_coverEs impresionante como muchas Encíclicas papales de antaño siguen vigentes hasta hoy en día, y ofrecen una respuesta a la altura de la crisis por la que pasa nuestra cultura actual. Este es el caso de la Encíclica “Fides et Ratio”, escrita por san Juan Pablo II, allá por el año 1998. En ella trata de revalorizar la razón humana como capaz de descubrir la verdad, ante una serie de corrientes filosóficas modernas y contemporáneas que menosprecian la razón, y dimiten la búsqueda de la verdad.

El documento empieza con una afirmación radical y contundente: «La Fe y la Razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad» (Fides et Ratio) Queda claro la importancia que hay en la síntesis que debe existir entre la fe y la razón.

Uno de los medios racionales para conocer la verdad es la filosofía. Por ese camino el hombre trata de alcanzar conocimientos universales que le permitan comprenderse mejor y progresar en la realización de sí mismo. «Preguntas fundamentales que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y hacia dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?» (Fides et Ratio, 1) son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda. Por ello, se define al hombre como un buscador de la verdad. Por naturaleza busca la verdad. Verdad que dé el sentido a nuestras vidas. «Todos los hombres desean saber» ((Aristóteles, Metafísica, 1,1)) Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad.

«Feliz el hombre que se ejercita en la sabiduría, y que en su inteligencia reflexiona, que medita sus caminos en su corazón, y sus secretos considera. Sale en su busca como en su corazón, y sus secretos considera. Se asoma a sus ventanas y a sus puertas escucha» (Si 14, 20-24). El autor inspirado muestra el deseo humano de conocer, como una característica común. Para ello, la razón y la fe no se pueden separar sin que se reduzca la posibilidad del hombre de conocer de modo adecuado a sí mismo, al mundo y a Dios.

La fe de ningún modo anula la razón, sino más bien, le da alas para que descubra nuevos horizontes. El punto capital y como el meollo de la solución «casi profética a la nueva confrontación entre la razón y la fe consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio» (Fides et Ratio, 43) ¿Por qué afirma eso el Papa? Vivimos en un mundo relativista, cuya mentalidad niega la existencia de una verdad radical. Estamos en un tiempo donde el conocido “political correctness” no permite hacer afirmaciones “fuertes” como por ejemplo: «existe la verdad, y ésta puede ser conocida». La secularidad del mundo se refleja también en un profundo nihilismo, que impide y niega la posibilidad que tiene el hombre de descubrir el sentido de su vida. Niega la existencia de valores que orienten el hombre hacia la felicidad. Secularismo que introduce al hombre en una espiral de escepticismo, en la cual ya no interesa la existencia de la verdad.

Está presente también un método epistemológico que reduce la comprensión de la realidad a la sola capacidad de nuestros sentidos, descartando conocimientos que vayan más allá de lo empírico; por ejemplo, la filosofía o la teología. Efectivamente, debemos reconocer la debilidad que tiene la razón para reconocer la verdad. Pero eso no nos tiene que amilanar y llevarnos a concluir que es imposible apostar por el asombro ante la realidad, sino a descubrir en ese camino de admiración la epifanía de la verdad. Teniendo en cuenta la debilidad de nuestra razón para emprender ese camino, el Papa propone esa conciliación de la razón con la fe. La razón y la fe no deben ser vistas como opuestas. No se debe pensar que la fe limita la razón, que la encierra en unos límites rígidos. Más bien, la fe orienta la razón, la ilumina, para que no caiga en el error, y pueda abrirse a horizontes por sí misma inimaginables.

Esta búsqueda no sólo es algo racional, sino que también se da mediante el abandono confiado en otras personas. «Confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropológicamente más significativos y expresivos» (Fides et Ratio, 33). Somos persona. Seres creados para el encuentro. Es imposible conocer la verdad si es que no la encontramos en la relación con los demás. En última instancia con el “Tú” divino. La verdad del hombre tiene que responder a su propia identidad; tiene que dar sentido a nuestra vida. Por lo tanto, debe ser una verdad que tome en consideración la dimensión relacional del hombre.

En conclusión, tengamos la valentía de recuperar las dimensiones de una auténtica sabiduría y de verdad. Dejémonos interpelar por las exigencias que provienen de una relación con Dios, quien siempre nos orienta hacia la verdad. Esa confianza y certeza en la capacidad que tiene el hombre de alcanzar la verdad última, en relación con los demás y con Dios, y orientada por la fe, es condición necesaria para que podamos encontrar el sentido de nuestras vidas. No sirve para el hombre una verdad simplemente teórica; sino más bien, un fundamento sólido y verdadero que pueda dar un sentido existencial a nuestras vidas.

© 2015 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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