cambio_cover¿Qué puedo hacer yo para mejorar el mundo? ¿Quién no quiere que se termine tanta maldad, dolor y sufrimiento? Guerras, violencia, pobreza… Sin embargo, la crisis del mundo tiene tal magnitud, que pareciera inútil el esfuerzo de una persona. ¿Qué puede hacer uno para que las cosas cambien? Es preocupante como muchos creen suficiente decir: “Soy bueno. No robo, no mato, me porto bien. Hay gente que se porta mucho peor que yo.” ¡No basta! ¡No basta con ser buenos! Con llevar una vida común y corriente como todo el mundo, sin hacerle mal a nadie. Hay muchísimos que se conforman con ser buenas personas. Eso no es suficiente.

Es evidente para todos que la crisis del mundo es muy compleja. Va desde conflictos políticos y religiosos internacionales –como vemos actualmente en Ucrania o Irak– hasta los ataques morales que sufren las familias, los no nacidos, los ancianos; o crisis personales que cada uno tiene que cargar: soledad, tristezas, depresiones, angustias, sin sentido. Si queremos encontrar una respuesta para esos problemas, tenemos que ir hasta el fondo. ¿Cuál es la raíz profunda de toda esta maldad? ¿Cuál es el origen?

[pullquote]El fundamento de la crisis reside en lo más íntimo del corazón humano. Los problemas nacionales e internacionales, políticos, económicos, sociales, culturales, educativos, familiares, etc… tienen su origen en nuestro corazón. Por lo tanto, se trata de algo profundamente espiritual. Por más buenos que seamos, solo con nuestras propias fuerzas no somos capaces de cambiar espiritualmente nuestro corazón. Un problema espiritual necesita una respuesta espiritual.[/pullquote]

Se trata de cambiar nuestros corazones de piedra –fríos, egoístas, individualistas, indiferentes– en corazones de carne. Que palpiten al unísono con el corazón de Aquél que venció el poder de las tinieblas. Que transformó el mundo. Cristo. Él es el único que puede sanar y transformar nuestros corazones. Ese esfuerzo por asemejar nuestro corazón al de Cristo se llama santidad. Esto sí es un cambio espiritual. Una santidad que impregne toda la realidad. Una santidad encarnada. Que responda a los problemas que aqueja nuestra sociedad.

Por ello decimos, que ¡sólo los santos cambiarán el mundo! No hay otro camino. Si somos lo que estamos llamados a ser, ¡cambiaremos el mundo entero! Ser antorchas vivas, que con el fuego de la caridad encienden otros corazones, e iluminan las realidades humanas con la luz de Cristo.

¡Sí! ¡Todos estamos llamados a ser santos! Dios mismo «nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1, 4). Ése es el camino de plenitud al cual nos invita el Señor Jesús: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). El Señor Jesús nos invita a conquistar un horizonte muchísimo más grande y pleno: la gran aventura de la santidad. Ésa es la grandeza de nuestra vocación: «Porque ésta es la voluntad de vuestro Dios: vuestra santificación» (1Tes 4, 3).

Desafortunadamente, hablar de santidad resulta poco menos que chocante para la sensibilidad moderna, tan ocupada en asuntos “más importantes”. La sociedad actual ha relegado la santidad al campo de lo mítico e incluso de lo anecdótico. Los santos aparecen como seres cuasi legendarios, cuyas pálidas imágenes adornan los oscuros rincones de las iglesias. Personas totalmente desencarnadas. Que viven en las nubes. Que no saben lo que pasa en la realidad. Que viven en su “burbujita” espiritual. ¡Esto es una rotunda mentira! El santo es aquél que, muy consciente de la realidad que lo rodea, quiere, desde su propia opción personal, transformar el mundo que está en tinieblas. Transformarlo en un mundo donde brille la luz del Amor de Cristo. Iluminar, desde el encuentro con el Señor Jesús, los corazones que yacen en las tinieblas.

Para eso tenemos que convencernos de que sí es posible ser santos. Todos nosotros podemos ser santos. No es fácil, pero no es algo inalcanzable. Se trata de seguir al Señor. ¿Cómo es posible ser perfectos como el mismo Padre celestial es perfecto? ¿Cómo es posible ser santos como Dios es santo? Verdaderamente constatamos nuestra propia fragilidad, nuestra debilidad ante la tentación, el volver a caer una y otra vez en “los mismos pecados de siempre” a pesar de nuestros esfuerzos, la dificultad para vencer hábitos que nos hacen proclives al pecado, el hacer el mal que no queríamos y dejar de hacer el bien que nos habíamos propuesto hacer.

No podemos negar esta cruda situación personal. Humildemente, sabemos que vamos a caer. El santo es aquél que se levanta y sigue adelante. Si sólo dependiera de nosotros, realmente sería algo imposible. Pero, lo que para el hombre es imposible, es posible para Dios. Debemos entender que la santidad es ante todo una obra de Dios en nosotros. Ciertamente requiere de nuestra cooperación. Pero no soy yo, con mis fuerzas, que cambio el corazón. Es la gracia de Dios la que convierte mi vida. Ciertamente, cada uno debe cooperar con su propia capacidad y posibilidades. Pero es la gracia de Dios la que nos cambia. Hasta el punto de poder decir con el apóstol: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20)

[pullquote]Desde el bautismo somos “una nueva creación” (2Cor 5,17), somos hijos adoptivos de Dios (ver Gal 4,5-7), hechos “partícipe de la naturaleza divina” (2Pe 1,4), miembros de Cristo (ver 1Cor 6,15; 12,27), coherederos con Él (Rom 8,17) y templo del Espíritu Santo (ver 1Cor 6,19). Hace falta, según las palabras del Apóstol, “revestirse de Cristo” (ver Rm 13, 14; Ga 3, 27). ¡Así es como cambiamos el mundo![/pullquote]

En conclusión, ¡sí es posible cambiar el mundo! El cambio debe empezar en nuestros corazones. Es un camino espiritual de santidad. Si dejamos que Dios cambie nuestros corazones, entonces el mundo pasará de ser un principado de las tinieblas, para irradiar la luz del Amor de Dios.

© 2014 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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