Aunque apenas tiene 39 años el centrista proeuropeo, Emmanuel Macron, ganó la elección presidencial en Francia con un 65.1% de votos a su favor con un alto nivel de abstención el pasado 7 de mayo. El presidente electo se define como agnóstico y afirma que la verdad es inaccesible, que lo único que nos permite vivir juntos es buscar el consenso para no llegar a la violencia.

Por otro lado, Marine Le Pen, quien era la candidata contrincante con la que llegó hasta segunda vuelta, es una francesa nacionalista que está en contra del aborto y del matrimonio de personas del mismo sexo, pero para ella la religión no tiene derecho dentro de lo político. Además proponía en su campaña fuertes medidas contra la inmigración y considera a los musulmanes como una amenaza a la seguridad nacional.

Le Pen planteaba sustituir el matrimonio homosexual por una unión civil y reservar la procreación asistida a las parejas estériles, mientras que Macron desea que esa opción sea accesible a todas las mujeres.

Ninguno de estos dos personajes encarnan los valores del cristianismo. Ante esta situación uno podría preguntarse ¿Cómo llegó Francia hasta este punto?

El país galo desde sus orígenes, es decir hace 1800 años, se ha desarrollado culturalmente bajo el cristianismo. Francia fue considerada culturalmente como la hija mayor de la iglesia, la fille ainè de l’ Eglise. Era tan grande la importancia de la fe que dedicaban hasta 200 años en construir sus inmensas catedrales como Notre Dame en París y Chartres en la región del Val de Loire. Francia es también la sede de uno de los más importantes lugares de peregrinación católico, el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes.

Este país tiene más de 160 santos, entre ellos, reyes como San Luis y otros grandes como San Vicente de Paul, preocupado por los más pobres, santos marianos como San Luis María Grignon de Montfort, santas videntes como Santa Margarita María de Alacoque y Bernardita Soubirous. También la santa patrona de las misiones en el mundo que es Santa Teresita de niño Jesús, también conocida como Teresita de Lisieux.

A su vez, no es menor que 7 pontífices vivieron y ejercieron el papado en la ciudad francesa de Avignon entre 1309 y 1377.

Sin embargo, el cambio comenzó hace más de 200 años con su culmen en la Revolución Francesa de 1789, momento en el cual la franmasonería provocó la caída de la monarquía y el clero. Aquí no quiero defender a la monarquía ni a los excesos del clero pero desde ese momento histórico hemos visto cómo Dios fue saliendo del espacio público y el cristianismo dejó de ser cultura, para dar paso a otras corrientes que tomaron el liderazgo sin soltarlo hasta el día de hoy.

Al separar la fe de la vida de los ciudadanos, Francia vivió una pérdida de identidad creciente pero el cristianismo nunca dejó de ser parte de su ADN. Por ejemplo, en 1873 la Asamblea Nacional, para expiar a los caídos en la guerra con Prusia, consagró al país entero al Sagrado Corazón erigiéndose sobre las colinas de Montmartre una basílica blanca que custodia la ciudad de París.

Además en las discusiones que se han dado a nivel europeo sobre inmigración, ante la llegada masiva de refugiados provenientes de Siria o del norte de África, y los ataques terroristas de fanáticos musulmanes, cuando se argumenta cómo deben integrarse estas personas a la cultura, se llega naturalmente a la conclusión que deben adherir a una identidad cristiana, adoptando nombres cristianos para los hijos y el estilo de vida que respeta la libertad del individuo y la formación de la propia conciencia.

Si embargo, si bien en Francia el 52% de la población es católica, ante el resultado de estas elecciones presidenciales, nos podríamos preguntar, al modo lo que hizo en su tiempo el ahora santo chileno San Alberto Hurtado sobre su país, ¿es Francia un país católico?

Es difícil hablar de un parámetro católico ya que son muchas las variables que están en juego y no hablo de encuestas, pero no deja de ser preocupante ver la falta solidaridad con los más pobres, los inmigrantes y por cualquiera que lo esté pasando mal.

Tampoco se respeta el quinto mandamiento, no matarás, ya que el aborto libre está legalizado hace más de 2 décadas y hoy se discute si es que las parejas del mal llamado matrimonio homosexual deben tener derecho a vientre de alquiler para los hombres o a la inseminación in vitro para las mujeres.

Muchas veces se le exige al Papa o a los obispos franceses que defiendan el cristianismo ante las autoridades civiles. Ante esto el presidente de la Conferencia Episcopal de Francia y Arzobispo de Marsella, Mons. Georges Pontier, ha dicho que la Iglesia invita a reflexionar y a discernir a cada uno de los fieles, a la luz del Evangelio, sobre lo que ellos consideren es mejor para el país, ya que la Iglesia no puede tomar partido por uno ni por otro.

La Iglesia sí invita a tomar en cuenta los siguientes criterios: El respeto por la dignidad humana, la acogida al otro dentro de su diferencia, la importancia de la familia y el matrimonio, la libertad de conciencia, la apertura al mundo, la justa repartición de las riquezas, el acceso al trabajo y la vivienda, entre otros.

Dado esos parámetros ningún candidato responde a lo que los obispos invitan a reflexionar. Saque usted sus conclusiones…

El resultado de la votación ya es un hecho y ahora el desafío es pensar en los próximos años. En este sentido pienso que más allá si Francia efectivamente es hoy católica, quienes se consideran como tales deben promover una cultura católica en el amplio sentido de la palabra. Que no hayan tantas incoherencia entre lo que se cree y lo que se vive para dar testimonio en medio del mundo.

Pienso que es de vital importancia que los laicos se sientan llamados a cuidar la riqueza de fe que se ha heredado y potenciarla iluminando todos los ambientes.

Para eso me permito ocupar como inspiración el mismo lema nacional francés: Liberté, Egalité, Fraternité (Libertad, igualdad, fraternidad). Muchas veces se resalta la libertad por sobre la igualdad (Capitalismo) o al revés se enfatiza la igualdad por sobre la libertad como una especie de solidaridad obligada (Socialismo). En ambos casos se descuida el último concepto del lema, la fraternidad, es decir, el cuidado del prójimo, la solidaridad por amor, que busca el bien común gratuitamente porque sabe que el que su vecino se beneficie también lo favorece a él y no una ley de la selva donde se salva el que puede.

Justamente el cristianismo es el que encarna de mejor forma el último concepto y tiene una fuerza que tiene la capacidad de transformar no sólo un país sino que al mundo.

© 2017 – Julio Pozo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Julio Pozo

Julio es ingeniero comercial. Director Ejecutivo de Areópago.cl. Dedicado a ofrecer servicios de comunicación a Parroquias, Centros de estudio y espiritualidad.
Ha trabajado además como Gerente de Administración de Radio María y ha servido en distintos proyectos pastorales en Chile y Latinoamérica.
Es casado y tiene 2 hijos.

View all posts

Add comment

Deja un comentario