Fue en diciembre de 2017, cuando supe que tendría la oportunidad de viajar a India, un país al que había soñado con ir toda mi vida. Tenía en mi mente las imágenes clásicas del Taj Mahal, las mujeres con sus saris llenos de colores, una vegetación y cultura exuberantes… pero cuando finalmente pisamos la India, me encontré con un país que nunca imaginé. Estar ahí fue un regalo espiritual y un dejarse conmover profundamente por las personas con que nos encontramos.

El viaje comenzó en Calcuta el 20 de enero. Llegué como parte de una delegación de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre, que desde hace décadas apoya el trabajo de la Iglesia en India. Queríamos conocer en terreno el trabajo de la Iglesia con “los más pobres de entre los pobres”, como decía Santa Teresa de Calcuta. Y fue precisamente ahí, en su ciudad, donde comenzó esta aventura, con la celebración de una Misa a un costado de su tumba. ¡Imposible describir con palabras la emoción de ese momento! Mientras participábamos en la Eucaristía veíamos cómo llegaban a rezar personas de distintas nacionalidades, edades y estratos sociales. O simplemente a estar en silencio, contemplando la foto de esta santa que encarnó en vida el trabajo que hace la Iglesia en India. Una labor incansable, donde sacerdotes y religiosas se dedican por entero a los más abandonados del mundo. Solo al estar en India comprendí en profundidad la frase de Santa Teresa: “los más pobres de entre los pobres”.

Luego nos fuimos a Bihar, al norte de India, a visitar dos diócesis: Patna y Buxar. La Iglesia no lleva ahí más de 80 años, pero su huella es profunda. Nunca antes me había tocado conocer una Iglesia literalmente en misión, una Iglesia que recién está evangelizando en zonas donde nadie antes había escuchado hablar de Jesús. No dejaba de pensar en los primeros siglos del cristianismo y en cómo la Buena Nueva puede cambiar una vida.

En ese lugar los “dalit” o “intocables” pertenecen a la casta más baja de la sociedad hindú. Incluso se considera que lo que tocan se convierte en “impuro”. Son discriminados, viven en la miseria. Para muchos, es como si no existieran. Una realidad que cuesta imaginar pero que está sucediendo hoy. La Iglesia se acerca a ellos. Les dice que existe un Dios Padre que los ama, que todos somos sus hijos y, por lo tanto, hermanos. Por primera vez los “dalit” sienten que ellos tienen dignidad, que su vida tiene sentido. Hay un antes y un después.     

En el norte de India cada misión está compuesta por la casa del sacerdote, la iglesia, un colegio, un internado de niños y otro de niñas, y una casa para religiosas. Ellas son fundamentales. Recorren los pueblos, educan a los niños, enseñan a leer a las madres y las animan para que manden a sus hijos a los colegios, abiertos a todas las religiones.

En Boyabad estuvimos con las religiosas de Regina Apostolorum que ayudan, sobre todo, a las mujeres y a los niños. Por sus colegios han pasado cientos de alumnos, pero ellas recordaban con afecto a uno en especial: un pequeño que pertenecía a los “musharat” o “come ratas”. Los “dalit” se dividen en distintas subcastas y los “musharat” son la más baja. Es difícil imaginar la miseria en que viven. Recorren los campos cazando ratas para alimentarse. Viven prácticamente sin nada.

Estas religiosas lograron rescatar a un niño “come ratas” que, con solo 8 años, vivía en la calle. Con mucho trabajo y esfuerzo terminó estudiando con ellas. Al comienzo no fue fácil. Se escapaba de clases y volvía a las calles a mendigar, porque era la forma que había aprendido para subsistir. Finalmente terminó estudiando chino en Calcuta y hoy es guía turístico en esa ciudad. Sigue manteniendo contacto con las religiosas y ayuda a otros niños como él. Es un círculo virtuoso.

Las religiosas y sacerdotes del norte de India, con su trabajo silencioso y desinteresado, han cambiado la vida de miles de niños “dalit”. Una de las situaciones que más nos conmovió fue enterarnos de que muchas niñas son obligadas a casarse apenas les llega la pubertad, algunas incluso con 10 años, ya que sus familias no tienen cómo mantenerlas. Los internados de la Iglesia son su salvación, no solo porque ahí se forman, sino también porque cuando sus padres las mandan allá, no las obligan a casarse tan jóvenes.

Al ver todo lo que la Iglesia está haciendo en el norte de la India comprendí lo imprescindible que es su presencia en ese lugar. Entendí lo que es la evangelización en el más amplio sentido de la palabra. Evangelizar es proclamar a Cristo y su Buena Nueva, pero también es defender a la humanidad, proteger la dignidad de cada persona, promover e incentivar valores. Es acompañar al necesitado, es tratar al prójimo con respeto, es actuar con y por amor, en cada instante. Evangelizar es contagiar la alegría. Todo esto lo vi reflejado en los ojos de las personas con que estuvimos.

Las 8 personas que formábamos nuestro grupo dejamos la India agradecidos por este encuentro con una Iglesia viva y en misión, que nos recordaba continuamente la frase del Papa Francisco: “Cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres”. Cada uno volvió a su país – yo era la única chilena – con el convencimiento de la importancia de dar a conocer esta realidad y de mostrar el trabajo de la Iglesia en la India, un trabajo que va más allá de la labor pastoral, ya que, ayuda a la gente a descubrir su propia dignidad. La Iglesia trata a todas las personas como seres humanos, algo que a ojos de Occidente nos parece lógico, pero que en muchos lugares no lo es.

Pero… ¿de verdad es necesario ir tan lejos para ver esa realidad? Esa es una pregunta que todos nos deberíamos hacer… porque ciertamente la pobreza es realmente grande en India, pero, ¿qué pasa en nuestro país? ¿Te has acercado a la miseria de tu ciudad, de tu barrio, de tu entorno? Quizás el tiempo de hacerlo es hoy.

Magdalena Lira Valdés

Magdalena es periodista y Licenciada en Estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster en Humanidades con Mención en Historia de la Universidad Adolfo Ibáñez. Desde el año 2000 trabaja en la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre, que tiene como misión principal ayudar a los cristianos perseguidos y necesitados. En este contexto ha viajado a países como Irak, Líbano, Egipto y Nigeria, para conocer en terreno el trabajo de la Iglesia en lugares donde es víctima de persecución.

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