«El Verbo se ha abreviado… El Hijo mismo es la Palabra; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret» (Verbum Domini, 12).

mi-cristoDios habla: a veces lo olvidamos. «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» ((Heb 1,1-2)). Dios nos sigue hablando hoy. En tiempos como los nuestros, sin embargo, pareciera que, de existir, nuestro Dios sería un Dios sin voz. El ajetreo en que vivimos es como un murmullo que dificulta oír.

Una cosa es cierta: nuestro Dios se ha quedado sin voz. En la Cruz, se ha pronunciado tanto, tanto —hasta el extremo— que se ha quedado afónico. Se ha proclamado con tanta fuerza que se ha hecho silencio por nosotros. Lo expresa con singular hermosura la exhortación apostólica Verbum Domini:«El Verbo enmudece, se hace silencio mortal, porque se ha “dicho” hasta quedar sin palabras, al haber hablado todo lo que tenía que comunicar, sin guardarse nada para sí. Los Padres de la Iglesia, contemplando este misterio, ponen de modo sugestivo en labios de la Madre de Dios estas palabras: “La Palabra del Padre, que ha creado todas las criaturas que hablan, se ha quedado sin palabra; están sin vida los ojos apagados de aquel que con su palabra y con un solo gesto suyo mueve todo lo que tiene vida”. Aquí se nos ha comunicado el amor “más grande”, el que da la vida por sus amigos (Cf.Jn 15,13)» ((S.S. Benedicto XVI, Verbum Domini, 12)).

Aquí se nos ha comunicado el amor más grande. Por tanto, lo que Jesús ha querido decirnos en la Cruz no es poca cosa. «El enigma de la condición humana se esclarece definitivamente a la luz de la revelación realizada por el Verbo divino» ((S.S. Benedicto XVI, Verbum Domini, 6)). No pasemos estas palabras rápidamente. Saboreémoslas. Lo que está en juego aquí es nuestra plena felicidad. La respuesta para nuestras vidas. «El amor es, en el fondo, la única luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» ((S.S. Francisco, Evangelii Gaudium, 272)).

«La Palabra de Dios es la luz verdadera que necesita el hombre» ((Allí mismo)). ¿Lo crees? De ser así, déjate iluminar por Él. No basta que Cristo sea Luz: si no lo acoges en tu interior, jamás te iluminará. Si te haces el impermeable, jamás empapará tu vida. En la Cruz, Él te ha abierto las puertas de su Amor de par en par. Entra en su casa y entrevístate con Él.

A modo de conclusión, quisiera compartir un poema que compuse, acerca de lo meditado.

Entrevista

Palabra entredicha
y Verbo enteramente proclamado
en el silencio de la Cruz,

de Ti entreveo
el Rostro palpable y Encarnado
en el Pan, Jesús;

Palabra que callas
y haciéndote silencio manifiestas
tu inefable Amor;

Palabra que hablas,
susurras, cantas, vociferas,
y llamas mi atención.

Velando, tu velo
amablemente me descorres:
entreabres ((No quiero decir que Cristo se abre a medias al hombre: por la Cruz y la Resurrección, Dios nos ha abierto de par en par las puertas de su Amor. Sin embargo, no basta que la puerta esté abierta: hace falta que el hombre, cooperando con la gracia, entre (ver Ap 2,20). Con la expresión entreabrir, quiero enfatizar la importancia de la respuesta del hombre a Dios que lo primerea.)) tu Amor

y, entrando, veo lo entrevisto,
lo entreoído se oye
y Contigo me entrevisto
para siempre, Señor.

 

© 2014 – Renzo Chávez para el Centro de Estudios Católicos – CEC.
Fotografía de Johan Chon
 
 

Renzo Chávez

Renzo nació en Lima (Perú) en 1993.

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