Vivimos en un mundo completamente permeado por la tecnología. Son pocos los ámbitos de nuestra existencia que son ajenos al influjo de la cultura tecnológica en la que nos encontramos inmersos. Frente a esta realidad, ¿cuál debe ser nuestra actitud?

Tradicionalmente se ha dividido a la humanidad en dos grandes bandos: los tecnófilos y los tecnófobos.

Los tecnófilos, serían aquellas personas para quienes la tecnología es la parte fundamental de la existencia. Afirman que los adelantos técnicos y tecnológicos que comenzaron de forma acelerada a finales del siglo XIX han cambiado radicalmente al hombre actual, y que tales adelantos han forjado en un sentido un “hombre nuevo”, tan profundamente influido por la tecnología que ya no puede concebir su propia existencia sin referirse a ellos. Señalan, por ejemplo, que los adelantos médicos de los últimos años han extendido la duración de la vida como nunca antes en la historia, combatiendo enfermedades antes incurables y llevando a la humanidad a un nivel de bienestar previamente inalcanzable. O la casi omnipresencia de Internet, que nos ha intercomunicado totalmente y ha puesto al alcance de la mano todo el acervo de conocimientos antes reservado a una minoría.

De otro lado tenemos a los tecnófobos, quienes, por el contrario, afirman que la tecnología sería una especie de “trampa” en la que la humanidad ha caído ingenuamente. Para ellos, los avances técnicos han ido despersonalizando al ser humano, despojándolo del contacto real con otras personas y forzándolo a aceptar una mediación con la realidad que, en última instancia, redunda en perjuicio de la propia persona.

El pensador italiano Umberto Eco denomina a estos dos grupos –desde una visión cultural que nos ayuda a centrar la reflexión– “integrados” y “apocalípticos”. Los “integrados”, optimistas sobre el progreso, afirman que «estamos viviendo una época de ampliación del campo cultural, en que se realiza finalmente a un nivel extenso, con el concurso de los mejores, la circulación de un arte y una cultura “popular”1. Que esta cultura surja de lo bajo o sea confeccionada desde arriba para consumidores indefensos, es un problema que el integrado no se plantea»; mientras que para los “apocalípticos” «la mera idea de una cultura compartida por todos, producida de modo que se adapte a todos, y elaborada a medida de todos, es un contrasentido monstruoso. La cultura de masas es la anticultura. Y  puesto  que  ésta  nace  en  el  momento  en  que  la  presencia  de  las  masas  en  la  vida  social  se  convierte  en  el fenómeno  más  evidente  de  un  contexto  histórico,  la  “cultura  de  masas”  no  es  signo  de  una  aberración transitoria y limitada, sino que llega a constituir el signo de una caída irrecuperable, ante la cual el hombre de cultura  (último  superviviente  de  la  prehistoria,  destinado  a  la  extinción)  no  puede  más  que  expresarse  en términos de ApocaIipsis»2.

Frente a todo esto, debemos señalar que el problema no es el optar por una u otra posición; ambos, tecnófilos y tecnófobos, caen en un error fundamental: el dar el lugar central a la tecnología, es decir, de interpretar la realidad a partir del papel de dicha tecnología en la persona y en la sociedad. O dicho de otra manera, caer en el tecnocentrismo.

Pero lo que debemos tener en cuenta es que la técnica y la tecnología no pueden ser el centro de la realidad, ya que, ésta es más amplia y es fundamental no caer en ese reduccionismo a la hora de aproximarnos a ella. Recordar que el centro es la persona, vista de una manera integral y no meramente como participantes en el juego tecnológico. Si no olvidamos esto, podremos tener una posición equilibrada y los criterios de juicio suficientes para poder juzgar los fenómenos tecnológicos no a partir de sí mismos sino de su papel en el bienestar integral del ser humano.

Por último, es importante recordar que la tecnología tiene un papel de mediación y que nunca podrá sustituir el contacto personal que es parte de los dinamismos fundamentales del ser humano y que, por lo tanto, no pueden ser obviados sin tener un efecto de grandes dimensiones en el desarrollo integral de la persona.

1Ver Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, Debolsillo, 2011.

2Ver Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, Debolsillo, 2011.

© 2017 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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