En una pequeña capillita de un pueblo llamado Ayaviri en el sur del Perú, a 3.900 metros sobre el nivel del mar, el Señor Jesús está presente todos los días y a todas horas en el Santísimo Sacramento del Altar. Allí en esa capillita de Adoración Permanente, el Señor continuamente se queda esperando para consolar los corazones.

Son tantas cosas que suceden en las Capillas de Adoración, allí donde cualquiera y en cualquier situación, pueden acudir aquellos que quieran tener un momento de intimidad con el Señor. Están aquellos que pasan rápidamente para saludar a su Señor mientras se dirigen a su trabajo; aquellos que se quedan largo tiempo escribiendo y diciéndole al Señor todo lo que le pasa; o aquellos que llegan buscando la respuesta de aquella contradicción de su vida que no pueden resolver por sí mismos. También están los que vienen a agradecer a su Señor aquella bendición que han recibido o quienes vienen a escribir sus peticiones al Señor en un librito en el que se colocan todas las intenciones de la comunidad y que luego los adoradores leen pidiéndole a Jesús Sacramentado.

Son muchas las cosas que pasan en esta Capillita de Adoración, que seguramente suceden en Aquella que está cerca de tu hogar. El día de hoy, por ejemplo, mientras rezaba, vi entrar a una señora humilde con su nietecita. Para mí fue conmovedor ver, como en su sencillez, le enseñaba a rezar, quizás como a ella misma le enseñó su abuela. Primero se quita su sombrero, tan abrigador en una tierra tan fría… porque no importa tanto el frío si es que se trata de Adorar al Señor. Luego le quita la gorra a la nietecita y se arrodillan. La niña observa a su abuela y pone sus manitas imitando todo lo que ve en ella. La abuela agacha su cabeza y reza en voz baja al punto que se escuchan murmullos. La niña también lo hace, así que un rato reza con la cabeza agachada y otro tanto, mira a su abuela para ver que continúa haciendo. Por momentos se distrae y me mira, pero la abuela la lleva de nuevo a la oración. La niña agacha su cabeza y reza, pero en ese momento escucha a su abuela llorar (es que en las capillas de Adoración muchos sacan todo lo que llevan en el corazón y entonces aparecen las lágrimas, que expresan el sentimiento de clamor a su Señor). Entonces, de manera intuitiva, la niña se acerca un poquito más a su abuela y se pone a su costado para acompañarla y rezar juntas a su Señor.

Sobre este momento quisiera decir que hay muchas situaciones en las que podríamos caer en ver a las personas como una más del montón. Como cuando vemos una multitud o simplemente en el otro a un vendedor o un chofer del bus. Sin embargo, en aquel momento, en aquella abuela y su nieta, adorando al Señor, pude tomar conciencia, que en cualquiera, se haya la dignidad infinita de alguien que es imagen y semejanza de Dios, a tal punto que me pareciera que en cada adorador se observara un infinito misterio, más profundo que el del Universo. Un misterio tan infinito como el de un Dios que se queda en un pedazo de pan para amar al hombre hasta el extremo.

Sé que quizás tengas poco tiempo, sin embargo, quisiera insistir. Tal vez el día de mañana, o tal vez pasado, puedas desplegar aquel misterio de tu humanidad que es capaz, por gracia, de hablar con el Buen Señor, que, amándonos hasta el extremo, se ha querido quedar en el Santísimo Sacramento del Altar.

Bernardo Marulanda

Bernardo nació en Medellín (Colombia) el año 1987. Es teólogo, graduado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma. Es laico consagrado, miembro del Sodalicio de Vida Cristiana. Actualmente vive en Ayaviri ( Perú) donde realiza su misión evangelizadora.

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  • Gracias por el artículo. Qué hermoso si todas nuestras capillas fueran de adoración permanente a Nuestro Señor, que siempre nos espera con infinito amor.