1. Introducción

El humanismo, dice Maritain (2001) tiende esencialmente a hacer al hombre más verdaderamente humano y a manifestar su grandeza original haciéndolo participar en todo cuanto puede enriquecerle en la naturaleza y en la historia. En efecto, reflexionar sobre el ser humano es una tarea apasionante; no obstante, decía Juan Pablo II:

La nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes. (1979)

Este humanismo no puede ser antirreligioso, como dice Maritain, pues no proponer al hombre sino lo humano es traicionarlo y querer su desgracia, pues por la parte principal de sí mismo, que es el espíritu, el hombre está llamado a algo mejor que una vida puramente humana; sobre este principio, están de acuerdo Ramanuya y Epicteto, Nietzsche y san Juan de la Cruz (MARITAIN, 2001). Dentro de ese amplio horizonte del humanismo, encontramos la postura de Romano Guardini, quien recibió el Premio Erasmo al Mejor Humanista Europeo y llamado “Maestro de Vida”. Menciona Alfonso López Quintás, quizá uno de los más grandes conocedores del filósofo y teólogo ítalo-alemán, que la figura humana e intelectual de Guardini desbordaba entusiasmo en la búsqueda de la verdad integral del hombre; se le veía plenamente consagrado a su labor sacerdotal, pero al mismo tiempo sabía mirar la cultura no directamente religiosa con ojos encendidos (LÓPEZ, 1998).

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Romano Guardini

Siendo de formación alemana, exigente consigo mismo (LÓPEZ, 1998, p. 90), Guardini logró forjar una rigurosidad en el desarrollo de su pensamiento, que ha permitido estudiarlo mucho más a fondo, y dar frutos en sus discípulos. El Papa Benedicto XVI, alumno de Guardini, ha dicho que cuando era estudiante y contaba con un poco más de veinte años, pudo no sólo leer sino también escuchar en vivo a aquél a quien él eligió como su gran “maestro”; como teólogo, como cardenal y también como Papa, ha confesado muchas veces en sus libros que quería continuar recorriendo las sendas abiertas por Guardini (MAGISTER, 2008). Su tensión espiritual hacia lo profundo y noble (LÓPEZ, 1998, 175) hacía de Guardini una persona abierta a los fenómenos expresivos y simbólicos (Ibid, 81), de recia sensibilidad estética (Ibid, 83) con una fina sensibilidad para todas las formas de belleza (Ibid, 169). En su vida íntima sostuvo en todo momento una relación estrecha con el plano de lo espiritual trascendente, aunque sus cartas privadas solían ser secas (Ibid, 250).

Guardini mostró siempre un espíritu amplio, flexible y ágil (Ibid, 324), con capacidad para captar las realidades relacionales (Ibid, 384), una poderosa intuición (Ibid, 363) y una penetrante capacidad de discernimiento (Ibid, 106). Se mostraba como una persona de serena presencia, forma rítmica y equilibrada de hablar (Ibid, 106) y que vivía en constante tensión creativa (Ibid, 101). El secreto del atractivo de la actividad de Guardini, resume López (1998), radica en la finura de sus análisis y en su profundo sentido religioso.

La línea que dirige la reflexión humanista de Guardini no es la pregunta por la esencia abstracta de la persona, sino la pregunta por el hombre concreto, personalmente existente, tanto así que para él la persona es aquel hecho que provoca, una y otra vez, el asombro existencial (GUARDINI, 2000). Frente a esta manera de aproximarse al conocimiento personal, hay pensadores que han marcado su distancia, tales como Leonardo Polo (2009), quien menciona que estas observaciones que la experiencia cotidiana puede justificar, podrían estar marcadas por un tinte emotivo muy fuerte o que en su desarrollo sean filosóficamente débiles. Por su parte, Juan Fernando Sellés (2008) plantea un método cognoscitivo humano que alcanza a la persona que tiene un nombre clásico, a saber, hábito de sabiduría, haciendo referencia a la obra de Santo Tomás de Aquino. En este trabajo lo que buscamos es ante todo proponer un camino de fácil comprensión para alguien que quiera ahondar un poco en su realidad personal. Aunque la propuesta de Sellés es clara y contundente, su manera de aproximarse al conocimiento de la persona humana puede ser difícilmente seguida por una persona que para conocerse partirá de su propia experiencia cotidiana.

En el plano interior de la persona, Guardini (2000) habla de conformación, individualidad y personalidad, y en relación con el plano exterior, habla de tres elementos: el encuentro, el lenguaje y la aceptación de sí mismo. En esta ocasión nos dedicaremos a profundizar en los tres últimos elementos, a partir de los cuales se puede elaborar un itinerario de conocimiento personal que se puede tomar como una herramienta de fácil comprensión para responder a la pregunta ¿quién soy? que parte desde el exterior, para luego profundizar en la estructura interior del ser humano, siempre con la luz que da la fe cristiana sobre la persona humana.

2. El Encuentro

La persona fundamentalmente solitaria no existe, afirma Guardini (2000). El hombre -explica- no tiene consistencia cuando vive en sí mismo y para sí mismo, sino cuando se halla abierto, cuando se arriesga a salir hacia el otro; llega a ser él mismo cuando renuncia a sí mismo, pero esto no por adoptar una actitud superficial o por entregarse al vacío de la existencia, sino por entregarse a algo que merece que uno se arriesgue a perderse a sí mismo por ir en esa dirección (LÓPEZ, 2009).

Todo encuentro es para Guardini una instancia donde el hombre descubre su propia identidad. El ser humano encontrándose con otro se descubre cada vez más él mismo y reafirma su identidad; por tanto, no sólo descubre que su ser le reclama salir al encuentro del otro, sino que todo encuentro con otro, sin importar cómo o con quién, representa un momento fundamental para profundizar en su propia identidad.

Aunque la persona no existe en absoluto como un ente en reposo que no tiene contacto con nadie, tampoco podemos decir, afirma Guardini (2000), que surge de la relación Yo-Tú o del encuentro. Lo que sí podemos afirmar es que la persona sí depende de que otras personas existan; es decir, sólo posee sentido, cuando hay otras personas con las que puede tener lugar el encuentro (GUARDINI, 2000). La persona está destinada por esencia a ser el Yo de un tú, dice Guardini (2000), y que depende por tanto, de que haya otras personas, sin importar que sea una u otra persona, aunque sean éstas las más significativas o importantes, en últimas, que sean en absoluto, personas.

A pesar de la centralidad de la relación Yo-tú para el ser humano, cualquiera de estas relaciones puede llegar en un momento a desaparecer; por lo tanto, tiene que haber una relación que perdure siempre para que la vida de todo ser humano tenga sentido, no sólo para una persona concreta, sino para todo ser humano, que ha existido, existe y existirá.

Según Guardini, Dios es el Tú del hombre por excelencia. Pero no es un capricho de Dios ponerse como Tú para el ser humano; Él mismo, llama a la existencia a todo ser humano. Él nos llama a ser su Tú. Por eso, el hombre cesaría de ser persona si lograra salir de la relación con Dios. Pero lo cierto es, dice Guardini (2000), que quiéralo o no el hombre, Dios se ha constituido en su Tú; Dios es el Tú, sin más, del hombre.

En el cristianismo ese Tú divino, no es un ser abstracto, etéreo, una majestuosa divinidad inalcanzable o un ser inferior al hombre, sino que es un Dios personal: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Tres personas, un sólo Dios; y el Hijo, la segunda persona divina es un ser humano, como el que escribió este documento o el que lo está leyendo. Por tanto, la dimensión de encuentro para el ser humano alcanza su plenitud en el encuentro con Cristo. Es ahí en esa relación donde la persona humana descubre el verdadero sentido de su existencia.

3. El lenguaje

Teniendo en cuenta la centralidad del encuentro para ahondar en la propia identidad, tiene que existir un canal de diálogo que garantice la plenitud de ese encuentro. Es por eso que Guardini dice que el lenguaje es indispensable para un ser relacional como el ser humano. Lo necesita porque proviene de una llamada y está llamado a crear nuevos encuentros dentro de una trama complejísima de ámbitos, significa el proyecto previo para la verificación del encuentro personal (LÓPEZ, 2009). Por tanto, podemos decir con Guardini que “el hombre está referido esencialmente al diálogo” (GUARDINI, 2000, p. 117).

El lenguaje tiene un gran alcance y, dice Guardini (2000), no sólo constituye un medio a través del cual se comunican acontecimientos, sino que la vida y la actividad espirituales se realizan ellas mismas en el lenguaje. Guardini estudia el lenguaje como algo vivo que se desarrolla y madura relacionándose con realidades afines; el lenguaje une, permite el encuentro, confiere identidad y puede ser apropiado por una persona o por un grupo de personas (LÓPEZ, 1998).

Toda la reflexión sobre el lenguaje se centra en Dios, no como el sabio, el capaz de revelar, sino como el que habla. Más aún, dice Guardini, Él mismo es Verbo: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios” (Jn 1, 1-2); la palabra significa el núcleo mismo de la existencia divina, Dios es en sí mismo el que habla; es hablada y amorosa interiorización de la palabra, y lo es por esencia, independientemente de si hay una criatura que pueda escucharle (Cf. GUARDINI, 2000).

De acuerdo con lo que dice Guardini (2000), las cosas no son meras realidades ni tampoco meros hechos de sentido que se hallan en el espacio mudo, sino palabras del que habla y crea, dirigidas a aquel que tiene oídos para oír; para él, el mundo y el hombre, no han surgido de la potencia, ni tampoco del pensamiento, sino de la palabra. Esta palabra es el Logos, “la auténtica palabra de donde proceden todas las demás palabras que, a su vez, quieren expresarla con un vigor continuo” (RATZINGER, 2009, p. 83).

Dios nos ha hablado a través del Logos, y ha llamado a su existencia al hombre a través de la palabra, a través del Logos. Toda la existencia del hombre queda entonces centrada en la persona de Cristo, quien es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6). De esta manera cobra también sentido toda la doctrina paulina en el Nuevo Testamento, que nos habla de reproducir la imagen de Cristo entre muchos hermanos (cf. Rm 8, 29), de alcanzar el estado de hombre perfecto, la madurez de la plenitud de Cristo (Ef 4, 13), para terminar repitiendo con San Pablo: “Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Este pensamiento paulino, afirma Guardini, plantea lo decisivo sobre el concepto cristiano del hombre, y lo esencial es que no se le debilite ni se le interprete de otra manera, pues no son manifestaciones aisladas que pudieran darse de lado, ni son tampoco expresión de una vivencia entusiasta de Cristo, ni una forma de hablar del educador religioso, que quiere acercar todo lo posible a Cristo a los destinatarios de su palabra (GUARDINI, 2000).

4. La aceptación de sí mismo

Guardini considera la “aceptación de sí mismo” -con todas sus implicaciones- como una de las condiciones básicas del desarrollo cabal de la persona humana; afirma que sólo estamos en armonía con nosotros mismos y que sólo entendemos nuestra existencia en la medida en que nos aceptamos a nosotros mismos; además, situó en la base del proceso formativo la aceptación de sí mismo, con sus limitaciones y sus inabarcables posibilidades (LÓPEZ, 2009). En relación con la dificultad de aceptarnos a nosotros mismos afirma Guardini:

Nos asalta frecuentemente un cierto sentimiento de rechazo, de insatisfacción personal con nuestra existencia, hasta el punto de que nos gustaría salir de nosotros mismos, ser diferentes, para encontrar nuestro verdadero ser. En ese sentido, sabemos muy bien que sólo si llegáramos a desprendernos de nosotros mismos, podríamos alcanzar lo que llamamos el ser auténtico, nuestro propio yo personal (…) Pero, naturalmente, de nada sirve todo eso. (…) Se podrán reformar los planteamientos, pero jamás, se superará la barrera del propio ser personal.” (GUARDINI, 2006, p. 557).

Para comprender hacia dónde enfocar el tema de la aceptación de sí mismo, es necesario tener en cuenta los siguientes puntos (LÓPEZ, 2009): En primer lugar, aceptarme en sentido activo como persona significa, en principio, reconocer que he recibido el ser del Creador, que me llamó a la existencia, y, derivadamente, de mis padres. En segundo lugar, yo no he decidido existir, pero una vez que existo, debo agradecer el don primario de la vida concreta que he recibido y realizarme dentro de sus límites, convirtiéndome en un bien para los demás. En tercer lugar, ser limitado no quiere decir estar cerrado a la infinitud; a esta me abro cuando, mediante la energía que genera mi condición espiritual, opto por los grandes valores. En cuarto lugar, no podemos aceptar la finitud dejando de lado nuestro anhelo de infinitud porque corremos el peligro de apegarnos al afán de dominio, manejo y disfrute de objetos. Finalmente, nos encontramos frente a la necesidad del silencio para poder aceptar ser lo que somos, pues si no nos recogemos en el silencio de la contemplación, tendemos a dominarlo todo, como si fuera un objeto, o a dejarnos dominar para no sentirnos responsables.

Dado que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, no podemos descubrir realmente quién es el ser humano si no nos remitimos a la persona de Cristo; este punto lo mencionaron los padres conciliares en el Concilio Vaticano II de la siguiente manera:

En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado (Gaudium et Spes, 22 en Concilio Vaticano II).

Con estas palabras, los padres conciliares han dejado en claro dónde tiene que estar puesta la mirada del ser humano para comprender su propia realidad. No obstante, es necesario realizar un proceso de aceptación de esa realidad de hijos de Dios, lo cual no es fácil, pues implica dejarse amar, reconocer que hemos sido amados primero, antes que hayamos amado nosotros (Ver 1 Jn 4, 10).

Descubrir cuánto de Cristo hay en nosotros, cuál es nuestra grandeza y la realidad eterna a la que estamos llamados, así como ser coherente en esta vida terrena para alcanzar ese altísimo ideal, es difícil y exigente; como dice Jacques Philippe (2009, p. 25): “esta apertura a la auténtica realidad no se produce sin dolores ni renuncias, sin luchas ni agonías”. En un mundo en el que la autosuficiencia y el individualismo imperan, aceptar esta realidad se hace cada vez más complicado; sin embargo, es necesario dar este tercer paso en el itinerario del conocimiento personal, para que de ahí, sea mucho más fácil aceptar nuestra fragilidad, nuestros defectos y todo lo que somos, tal cual somos.

Es posible que en algunos casos haya que evitar incluso posturas que quizá reducen la comprensión de la persona de Cristo y del hombre mismo ((“He intentado presentar al “Jesús histórico” en sentido propio y verdadero. Estoy convencido, y confío en que el lector también pueda verlo, de que esta figura resulta más lógica y desde el punto de vista histórico, también más comprensible que las reconstrucciones que hemos conocido en las últimas décadas. Pienso que precisamente este Jesús -el de los Evangelios- es una figura sensata y convincente.” (RATZINGER, J. Jesús de Nazaret. Bogotá: Planeta, 2007). “Construir un puro Jesús histórico es absurdo (p. 171) Jesús no existe sino como Cristo, y Cristo no existe sino en Jesús (p.172) (RATZINGER, J. Introducción al cristianismo. Madrid: Ediciones Sígueme, 2009).)).

5. Conclusión

No es posible clasificar la filosofía de Guardini en una corriente filosófica específica; sin embargo, afirma Gibu (2002), es posible resaltar su clara impostación existencial y personalista. Tanto por su formación filosófica como por su formación teológica, así como por su profundidad y fineza espiritual, podemos ver cómo Romano Guardini traza un camino, un itinerario para ahondar en el proceso de autoconocimiento. Él decía en uno de sus escritos: “La persona sólo puede existir si existe la verdad … la persona y la verdad están vinculadas de raíz.” (LÓPEZ, 2009, p. 97). Con esto resumimos la intención de este trabajo. Pues no existe y por lo tanto, no se puede comprender la persona sin la verdad, y esa verdad no es otra cosa, que Cristo mismo (Ver Jn 14, 6). Así que cualquier visión sobre el hombre, cualquier humanismo que no tenga a Cristo en el fondo de su reflexión, se le escapan piezas claves del rompecabezas para entender quién es realmente la persona humana.

Queremos resaltar que “el mensaje cristiano no es una colección de tesis teológicas abstractas sobre Dios, sino el encuentro de Dios con nuestro mundo, con la realidad de nuestras casas y de nuestra vida” (Gianfranco Ravasi, citado en RATZINGER, VON BALTHASAR, 2006, p. 73); así mismo, la fe no es ciencia sino vida, es encuentro personal con Dios, es acogida y entrega plena a Él (Gibu 2002). Incluir a Dios y ponerlo en el centro de nuestra vida no es desencarnado ni desatinado, pues “nuestra fe es profundamente antropológica, está enraizada constitutivamente en la coexistencia, en la comunidad del Pueblo de Dios, y en la comunión con ese eterno Tú.” (JUAN PABLO II, 1994, p. 60).

Para comprender al hombre necesitamos conocer más la persona de Cristo, como verdadero Dios y verdadero hombre, así como permitir que Él viva en nosotros, pues como decía Guardini:

Muchas objeciones contra Cristo proceden, en definitiva, de que su figura no brilla en el espíritu de los creyentes y el corazón de éstos no se halla conmovido de forma viva por ella. Si el Señor apareciera con toda su fuerza ante la mirada interior de los fieles y el corazón de éstos estuviera enfervorizado por un conocimiento íntimo de Él, mucho de lo que se dice en contra suya no podría decirse (LÓPEZ, 1998, p. 149).

Guardini desarrolló en varias de sus obras una profunda aproximación a la persona de Cristo, entre las cuales podemos mencionar El Señor; sin embargo, ahondar en ello nos llevaría a extendernos demasiado y no es el propósito de este trabajo. Simplemente queremos resaltar que de aquellos elementos que podemos extraer del personalismo de Guardini, el que más nos adentra en la comprensión de la persona humana de una manera íntegra y directa, es la aceptación de sí mismo. Es a partir de ésta que aprendemos que no somos dioses, ni superhombres, pero tampoco que somos puramente animales; que somos imagen de Cristo mismo y que a pesar de nuestra fragilidad podemos cargar con ella.

Reflexionar sobre el encuentro, el lenguaje y la aceptación es un esfuerzo sencillo que no parecen ser elementos extraños al ser humano de hoy. A partir de una mirada a su propia realidad, una persona, ahondando en estos tres puntos, podrá avanzar con mucho mayor claridad en el camino del propio conocimiento personal a la luz de la fe.

Referencias Bibliográficas

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GIBU, R. Génesis de la cuestión antropológica en la obra de Romano Guardini. Vida y espiritualidad, Lima, n. 52, mayo-agosto 2002.

GUARDINI, R. El Señor. Madrid: Ediciones Cristinandad, 2006.

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<http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1979/january/documents/hf_jp-ii_spe_19790128_messico-puebla-episc-latam_sp.html> Acceso en: 29 mar. 2014.

LÓPEZ, A. Cuatro personalistas en busca de sentido. Madrid: Ediciones RIALP, 2009.

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MAGISTER, S. Benedicto XVI tiene un padre: Romano Guardini. Chiesa news, Roma, 1 oct. 2008. Disponible en: <http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/207016?sp=y>.

Acceso 29 mar. 2014.

MARITAIN, J. Humanismo integral. Segunda edición. Madrid: Palabra, 1999.

PHILIPPE, J. Llamados a la vida. Tercera edición. Madrid: Rialp, 2009.

POLO, L. Antropología trascendental. Madrid: Unión Editorial, 2009.

RATZINGER, J. Introducción al Cristianismo. Salamanca: Ediciones Sígueme, 2009.

_________. Jesús de Nazaret. Bogotá: Planeta, 2007.

_________; VON BALTHASAR, H.U. María Iglesia Naciente. Madrid: Ediciones Encuentro, 2006.

SELLÉS, J.F. El método del conocimiento personal: una cuestión difícil en la investigación de la persona. En: BURGOS, J.M.; CAÑAS, J.L.; FERRER, U. (Org.) Hacia una definición de la filosofía personalista. San José, Costa Rica: Promesa, 2008.

© 2015 – Carlos Alberto Rosas Jiménez para el Centro de Estudios Católicos – CEC. Artículo publicado originalmente en la revista “Synesis” de la Universidad Católica de Petrópolis.

Carlos Alberto Rosas Jiménez

Carlos Alberto es Biólogo por la Universidad de Los Andes de Bogotá (Colombia), con estudios de Filosofía de la Universidad
Pontificia Bolivariana de Medellín (Colombia).
Es integrante del Sodalicio de Vida Cristiana, y miembro de la Asociación Española de Bioética y Ética Médica y de la Fundación Colombiana de Ética y Bioética.

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