Mmm…este estilo puede ser ¿ah?, como que…soy un poco así.

Puede ser que esto sea más mi estilo.

¡Hola! ehhh…no, tampoco, tan bocón ¡ehhh!

Un nuevo estilo “Padre Seba”…

En esta cultura en la cual nos vamos viendo a través de distintos filtros, sale una vez más la antigua pregunta: ¿quién soy yo? ¿Cómo me puedo conocer? ¿Cómo puedo saber lo que Dios ha puesto en mi corazón? Ésta es una pregunta antigua, es una pregunta que ha acompañado el recorrer de toda la humanidad a lo largo de toda la historia. En el Templo de Apolo, justamente estos dioses griegos, había un aforismo que decía “Conócete a ti mismo” y la cultura cristiana ha adoptado justamente este ideal.

Por una razón muy sencilla, si nosotros queremos entregarnos a Cristo, tenemos que conocernos, ¿por qué? Porque nadie puede entregar y dar algo que no conoce.

Quiero darte unas pautas para que puedas comenzar esta fascinante aventura de conocerte a ti mismo.

Primero, la vida humana es un misterio, eso no quiere decir que no se pueda conocer, sino por el contrario, se puede conocer pero como es un misterio insondable va a durar toda la vida. El proceso de conocerse a uno mismo dura toda la vida, por lo mismo, hay que ser pacientes.

Segundo, quien más me conoce es Dios. Él me creó y conoce todo lo que soy. Él es la única persona que me conoce totalmente, por eso el mejor consejo es conocerme desde Dios, preguntarle a Él, quién soy. Yo te recomiendo que pases largas horas frente al Señor Sacramentado preguntándole, ¿quién soy para ti Señor?, eso quiere decir que te veas a ti mismo o a ti misma a través de Sus ojos, mirarte con los ojos de Dios y, ¿cómo son los ojos de Dios? Son ojos de misericordia. No es alguien que quiera castigarte o quiera que sufras, es alguien que te ama y que ha dado a su propio Hijo para salvarte por amor. Algunos pasajes para que tengas en cuenta. Recuerda cómo Dios nos enseñó su mirar a través de la parábola del hijo pródigo. Recuerda cómo Dios nos enseñó su mirar a través de la parábola del buen pastor o a través de cómo perdonó a la mujer arrepentida o como miró al joven rico.

Tercero, una vez escuché un dicho que me pareció muy atinado, una mujer me decía: “¿cómo no voy a conocer a mi hijo, si yo misma lo di a luz?” Bueno, a veces hay personas que nos conocen mucho, incluso pueden conocer cosas que nosotros desconocemos sobre nosotros mismos, es por eso que te invito a abrirte a preguntarle a los demás: ¿Qué ves de mí? ¿Quién soy? ¿Qué cosas buenas crees que tengo? ¿Qué cosas malas crees que tengo? A la vez, ¿qué cosas crees que puedo cambiar? ¿Qué cosas crees que puedo mejorar? Es imposible conocerse a uno mismo, si es que uno no se apoya en las personas que Dios ha puesto a nuestro lado.

Cuarto, tienes que atreverte a ver tú mismo, tus grandezas y miserias; tus virtudes y defectos; tus pecados o todos los tesoros que Dios ha puesto en tu corazón. Para esto es muy importante que consideres lo siguiente: todo lo bueno que hay en ti es lo que Dios puso en ti, por lo tanto, lo que de verdad tú eres; y todo lo malo que hay en ti es fruto del pecado y, por lo mismo, no es lo que tú eres, sino que es lo que tú debes cambiar. Hay personas que suelen decir: “¡Ah! ¡Déjame! Este pecado lo tengo y yo soy así…¿qué puedo hacer? ¡No puedo cambiar!” ¡Mentira! Con la ayuda de Dios todo lo que hay de malo en ti puede ser transformado por su Gracia, pero siempre que te mires a ti mismo, mírate con la compañía de Dios. Verse uno mismo sin Dios te puede volver alguien egocéntrico, ególatra, por el contrario, quien se mira con Dios aprende a amarse a sí mismo, para así también amarlo a él y amar a los demás.

Espero haberte ayudado en este camino que recién comienza.

¡Que Dios te bendiga!

© 2017 – P. Sebastián Correa Ehlers para el Centro de Estudios Católicos – CEC

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