Dicen que el cielo es un lugar en donde habitarán millones y millones de personas. ¿Será como un mall o un mercado en los días previos a Navidad? En estos lugares hay mucha gente, todos nos topamos unos con otros, estamos concentrados en lo que queremos regalar, comprar, en la oferta que apareció… Somos ríos humanos que atravesamos la ciudad buscando algo para los otros, o tal vez para uno mismo. Alguno más astuto habrá programado con anticipación y ya debe tener todo listo para los regalos de Navidad.

En medio de tanta gente y ocupaciones podemos empezar a renegar de toda la acumulación de personas, de la fila larga que hay que hacer, de las demoras que me quitan el tiempo para hacer lo que yo quisiera realmente hacer. En fin, puedo llenarme de ira o impaciencia en muchos momentos. También podría hacerme el indiferente: sé que es así y eso no se puede cambiar, así que vivamos la vida tal como es. Y dediquémonos a ver el celular.

Podría haber una tercera opción: apostar por el sentido de las cosas. Distingamos entre una flecha y el sentido hacia el que es lanzada. La flecha puede ser la ocupación presente, los muchos o pocos regalos que quiero comprar, el poco o abundante dinero que puedo tener para eso, la lista de regalos que me hicieron mis hijos y a los que no sé cómo cumplir. Tantas cosas. Pero el sentido es lo más importante: ¿hacia dónde apuntan mis acciones de estos días? Dice San Ambrosio que el Espíritu Santo desconoce la lentitud: cuando se quiere servir por amor, las cosas se hacen de la manera más rápida posible. San Agustín, por su parte, dice que donde hay amor nada cuesta. En ambos casos, creo, nos orientan con respecto al sentido de qué hacer en estos ajetreados días. Si sé cuál es el sentido de mis acciones, si me puedo renovar en ese sentido cuando estoy en medio de las agitaciones de este tiempo, pues me estaré preparando muy bien para recibir al mismo Señor. Creo que, incluso, se podría afirmar que si descubro el sentido en medio de las múltiples cosas estaré como Santa María y San José caminando hacia Belén, junto con otros peregrinos, yendo a censarse según la orden del Emperador.

¿Una preparación perfecta tendrá que ser sin ocupaciones, en calma total y silencio? No necesariamente. Me puedo preparar muy bien sabiendo que estoy entregando mi vida por amor a quienes quiero compartir una alegría en este tiempo navideño. Puedo estar perfectamente en calma y en mi casa y no estar amando. Y puedo entre mil ocupaciones estar amando mucho.

[pullquote]Una espiritualidad de la vida cotidiana es esa flecha que sabe cuál es el sentido de su vida y sus acciones. Y, en ese sentido, es un adelanto del cielo. Puedo estar en medio de mucha gente que me estruja, que me apura, que habla, en medio de mucha música o ruido y saber que por este gesto de amor que estoy haciendo mi corazón se está preparando para recibir a quien se dona todo por amor a nosotros.[/pullquote]

Esto implica mi esfuerzo en vivir alguna virtud a lo largo del día: sea la paciencia, la escucha, el perdonar, el hacer silencio a mis juicios, el no estarme comparando sino sirviendo, el aprender a ceder el puesto, el soportar con paciencia los defectos de los demás, el corregir con caridad si se hace necesario, el aprender a “perder” el tiempo.

¿En qué sentido se puede parecer el incontable número de personas que habitarán el cielo a esta multitud a la que me enfrento en estos días previos a Navidad? En el amor que yo pueda compartir con ellos. El cielo, especialmente, será el lugar en donde recibo la bendición del amor de Dios, lo amo y comparto ese amor a los demás. Hagamos de estos frenéticos días un espacio de cielo, de preparación para recibir al que es todo amor, que por nosotros está dispuesto a los mayores sacrificios para que nosotros seamos felices. Que nuestros actos reflejen el amor que hemos recibido de Dios.

© 2015 – Rafael Ísmodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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