Viviendo el presente con lucidez y responsabilidad, cabe preguntarse por el cómo hemos llegamos hasta aquí y por todo aquello que parecíamos tener, pero que ya no está a nuestro alcance y que tal vez ni siquiera quisiéramos recordar, porque el tumulto de la vida nos agobia y quizás inconscientemente queremos olvidar, ya que nos incomoda hasta su recuerdo.

Creemos vivir en una sociedad civilizada y no nos damos cuenta de que hemos ido perdiendo, con el paso del tiempo, justamente todo aquello que hace del hombre y de la mujer un ser civilizado de verdad: los valores.

Avanzamos en una agitación que nos consume, como cuando nos encontramos en esas avalanchas de gente, en las cuales todos empujan a todos para lograr llegar pronto, sin importar si alguien tropieza, si cae, si se hiere, si muere…

En este ir y venir de un día tras otro, hemos ido dejando atrás todo aquello que da la vida que es vivida en conciencia. Vivimos por inercia, nos hemos olvidado de vivir.

El hombre y la mujer de hoy han olvidado el cómo se vive, de suerte que ya no basta el aprender una profesión u oficio, sino que también requiere aprender a vivir. Y se avanza por la vida como quien va tirando descuidadamente y sin darse cuenta, muchas cosas en el camino, las cuales cree no necesitar, pero que irresponsablemente no advierte que son justamente las joyas valiosas que le ha regalado la historia, la herencia de sus antepasados y la fuerza que le libraría de aquellas depresiones que le persiguen, cual monstruos feroces, y de las que pareciera que no puede librarse.

[pullquote]Es importante hacer un llamado de atención a la conciencia de los hombres contemporáneos, que tan fácilmente se dejan envolver de todo aquello que, brillante como el oro, lo deslumbra y lo enloquece, llenándole el corazón de vanagloria y egoísmo, haciéndole creer que ha llegado a la cúspide de su desarrollo humano; un ser civilizado, poderoso y autárquico, que nada ni nadie puede detener.[/pullquote]

A este hombre y a esta mujer actuales, se les llama a la reflexión sobre un pasado que nos legó grandes riquezas, las cuales hemos descuidado, dejándolas en el olvido, para dar paso a un espejismo que como a caminante en el desierto nos engaña, mostrándonos un camino y un horizonte vano, sin límites ni fronteras, pero que no existe en la realidad, pues el hombre y la mujer que han perdido los valores auténticos, dejándose llevar por los antivalores de la actualidad, irremediablemente sucumbe en una maraña de engaños y desconciertos que le llevan a lo que cree vida, pero que no es otra cosa que la muerte en vida y así huyendo de sí mismo(a) va cavando una fosa profunda en la cual se sumerge día a día, sin encontrar todo aquello que su corazón desea y anhela, porque simplemente ha dejado en el olvido lo realmente importante, aquello que le puede dar vida en abundancia.

El hombre y la mujer de hoy viven como en un sueño profundo, cual embrujo de hechicero, del que es preciso despertar para comenzar a vivir de verdad la vida feliz que tanto espera.

Si en nuestro siglo XXI, en una sociedad que nos exige trabajar duro para poder subsistir, saliendo temprano de casa y regresando al atardecer, nos tomamos un poco de nuestro escaso tiempo, encendemos la televisión y sintonizamos un matinal, con mucha frecuencia veremos la transmisión de aquella trágica historia de la madre anciana, abandonada por sus hijos, que vive sola en su pobre casa, recibiendo la caridad de los vecinos, quienes al verse impotentes frente al hecho, lo denuncian ante los medios de comunicación, apelando a la conciencia de los hijos para que se hagan cargo de su madre. O bien, el caso del abuelito que se encuentra en un Asilo de Ancianos y al ser entrevistado, con lágrimas en los ojos comenta que tiene más de un hijo y nietos, pero que nunca lo van a ver y menos lo sacan para estar un corto tiempo en familia.

Cuando vemos y oímos estos relatos nos emocionamos y deseamos que aquello no ocurra nunca en nuestra familia; sin embargo, las estadísticas nos muestran que son cada día más los Hogares de Ancianos que se abren alrededor del mundo, para todas las clases sociales y cada día hay nuevos ancianos abandonados, que sufren la pobreza en todas sus formas, algunos la pobreza material y afectiva, pero estos no son los únicos, también están los que aún teniéndolo todo, están necesitados del cariño, compañía y los cuidados de su familia.

Esta situación no es nueva, no es algo propio de nuestro siglo. Los hombres siempre se han visto tentados, a lo largo de la historia, a no responder con noble corazón al cariño de los padres, cuando estos están en su ancianidad, pero hay épocas en que algunos valores se acentúan o surge alguien fuerte y valiente que nos da ejemplo de virtud, como lo hizo, muchos siglos atrás una mujer, quien, aún cuando había sufrido una injusticia de parte de su padre, lo honra, venciendo todo resentimiento, y dejándose dominar sólo por el amor filial, se comporta como auténtica hija el día en que su padre más la necesita. Es la historia del Rey Lear, quien tuvo tres hijas, las dos primeras no se portaron como tales en la ancianidad de Lear, pero la tercera, Cordelia, a quien por no entender el verdadero significado de sus palabras, le negó hasta la dote para casarse, mas ella, siendo la esposa del Rey Aganipo[1], se portó como verdadera hija con su padre y lo honró. Él, avergonzado por su pasada conducta con ella, fue a pedir su ayuda:

Oh Cordelia, hija mía, que verdad encerraban las palabras que me dijiste cuando te pregunté cuánto amor me tenías! Dijiste: `Te amo en lo que tienes y en lo que vales´. Mientras tuve algo que ofrecer, fui valioso para ellas, pues lo que amaban era aquello que de mí recibían, no su padre. Me quisieron quizá algunas veces, pero no con la intensidad con la que apreciaban mis regalos. Ahora no tengo nada que ofrecerles, y me han dejado solo. ¿Con qué rostro, queridísima hija, me atreveré a llegar a tu presencia, yo que, irritado por tu respuesta, pensé en casarte peor que a tus hermanas, las mismas que, después de todos los beneficios que de mi han obtenido, no hacen nada por evitar mi exilio y mi pobreza?”[2]

Y nos aclara el relato así:

“Tales cosas resolvía en su mente cuando desembarcó y llegó a Karitia, donde su hija vivía. Esperando él fuera de la ciudad, envió un mensajero a palacio para que transmitiese a Cordelia la indigencia en que se encontraba, sin tener qué comer ni con qué vestirse, e implorase su misericordia. Mucho se conmovió Cordelia al recibir el mensaje, y amargas lágrimas derramó. Cuando preguntó cuántos caballeros llevaba su padre consigo, el mensajero respondió que nadie lo acompañaba, excepción hecha de un único hombre armado que con él esperaba fuera de la ciudad. Entonces tomó ella oro y plata –cuanto era menester– y, entregándolo al mensajero le ordenó conducir a Lear a otra ciudad donde, con el pretexto de tomar las aguas, debería bañarlo, vestirlo y alimentarlo. Mandó también que lo acompañaran cuarenta caballeros bien equipados, y que sólo entonces comunicase al rey Aganipo y a ella la noticia de su llegada. El mensajero condujo al rey Lear adonde le habían ordenado, manteniendo el incógnito hasta haber hecho todo lo que Cordelia había dispuesto.

Tan pronto como Lear se vio investido de las enseñas de la realeza y acompañado de una escolta digna de su rango, comunicó oficialmente a Aganipo y a su hija que había sido expulsado de Britania por sus yernos y que se encontraba allí en busca de ayuda para recuperar su reino. Cordelia y Aganipo salieron a su encuentro con toda la corte y le dispensaron la más respetuosa de las acogidas, concediéndole provisionalmente el poder sobre toda Galia, en tanto lo restituían a su dignidad anterior[3].

La verdadera nobleza, la del corazón, ha existido siempre, pero no todos manejan el arte de desarrollarla en sus vidas. ¿Qué más noble que el amor incondicional de una hija por su padre?

Honrar a los padres no es algo del pasado, sino un valor, una virtud, una joya que debemos atesorar y tales cosas no siguen modas o tendencias, sino que descubren la nobleza y dignidad interior de una persona, demuestran su noble corazón, altura de miras y grandes ideales.

[pullquote]Pareciera ser que en estos tiempos, se generaliza tanto, que ya no se sabe qué es qué. La expresión: da lo mismo, se nos ha hecho tan familiar, que ya no dimensionamos hasta dónde y qué consecuencias puede traer nuestra superficialidad. Sin embargo, de la historia que hemos heredado como humanidad, podemos sacar tanta enseñanza al respecto y aprender que lo que tenemos es un tesoro que hay que cuidar, pues en la medida en que se cuida nos estamos cuidando, amando y protegiendo a nosotros mismos y a todos aquellos que nos sucederán.[/pullquote]

Hace muchos siglos, Julio César dijo:

“Esos Britanos y nosotros, Romanos, hemos nacido de la misma sangre, puesto que descendemos del pueblo troyano. Eneas, tras la caída de Troya, fue nuestro primer padre; el de ellos, Bruto, a quien Silvio, hijo de Ascanio, hijo de Eneas, engendró. Pero, si no me equivoco, mucho han degenerado en relación con nosotros, pues, situados en medio del Océano, fuera de los límites del mundo, no pueden conocer el arte de la guerra. Resultará fácil obligarlos a pagar tributo y a rendir perpetua obediencia a la dignidad de Roma. Sin embargo, ya que hasta ahora han permanecido inaccesibles para el pueblo romano, conviene antes enviarles recado para que, como las demás naciones, acepten someterse al senado y pagar impuestos, no vaya a ser que, empleando la fuerza y derramando la sangre de nuestros afines, ofendamos la antigua nobleza de nuestro común padre Príamo”[4].

Tras su reflexión, en la cual subestima a los Britanos, Julio César envió una carta al rey Casibelauno, quien con valentía y amor patrio le responde:

“Casibelauno, rey de los Britanos, a Gallo Julio César. Es asombrosa, César, la codicia del pueblo romano. Ávido de oro y plata, no nos respeta ni siquiera a nosotros, que vivimos fuera del mundo, en medio de los infinitos peligros del Océano, sino que quiere arrebatarnos los bienes que hasta hoy hemos poseído tranquilamente. Y no contento con eso, intenta que depongamos nuestra libertad y nos sometamos en perpetua servidumbre a su dominio. Es un deshonor para ti, César, insultarnos de esa manera, viendo que la misma noble sangre de Eneas discurre por las venas de Britanos y Romanos, y que esas mismas gloriosas cadenas que nos unen en un parentesco común deberían fundirnos en firme y constante amistad. Eso es lo que tendrías que habernos pedido, no servidumbre, pues hemos aprendido a dar amistad con largueza, no a soportar el yugo de la esclavitud. Estamos acostumbrados a gozar de la libertad e ignoramos lo que es la servidumbre. Si los propios dioses intentaran arrebatarnos nuestra independencia, nos opondríamos a ello con todas nuestras fuerzas, y seguiríamos siendo libres. Ten por seguro, César, que si, cumpliendo tu amenaza, invades la isla de Britania, combatiremos hasta el último hombre por nuestra libertad y nuestra patria”[5].

El rey britano defiende verbal y de hecho su patria, hombre serio y de palabra firme, dice lo que hará y lo hace, no huye ante el enemigo, mucho menos permite que su gente sea privada de la libertad que han gozado desde tiempos de Bruto. Se comporta como su digno sucesor en el tiempo y arremete en la defensa de Britania con honor y así obtiene la victoria. Britania gana la batalla contra Julio César, el invasor.

En el mundo en que vivimos, en el cual se ha impuesto el imperio del consumo innecesario y el hedonismo, a mucha gente le queda claro que lo importante es tener dinero para gastar; comprarse lo que sea pareciera ser la consigna y darse todo el placer de que se es capaz de gozar. Basta con visitar los centros comerciales, cualquier día y a cualquier hora; basta con observar a los adolescentes –no todos por cierto–, y escuchar sobre sus deseos, anhelos y motivaciones, para darnos cuenta de que algo no está funcionando correctamente y cabe preguntarnos sobre qué hemos perdido en el camino y si es todavía tiempo de retroceder con nuestro pensamiento para recogerlo y atesorarlo nuevamente.

Muchos de nuestros queridos jóvenes se ven enredados en este imperio, que, cual pulpo, los jala por todos lados. ¿Qué es “top” hoy en día y qué ya no lo es? Es una interrogante válida para ellos y saben muy bien que si se atreven a pensar por ellos mismos y a ser diferentes, serán tachados por sus pares con un sinnúmero de apelativos desagradables, con la consecuencia de ser dejados de lado y así perder a quienes ellos consideran ser sus amigos.

La vida sentimental de nuestros jóvenes se desarrolla en una semi oscuridad, así como lo reflejan los lugares que frecuentan para divertirse, las ya tan tradicionales “discoteques”, en las cuales buscan la diversión con sus pares los fines de semana. Esperan encontrar el amor verdadero y, lamentable, la mayor parte de las veces, lo que encuentran allí son problemas.

Son muchos los jóvenes que han perdido la delicadeza en una relación, porque primero han perdido el respeto debido a sí mismos. El andar, si es que les gustó el ponceo, en el que se conocieron el fin de semana, junto a otros cuantos jóvenes, en donde todos se besaban con todos, se ha venido haciendo muy común en nuestros días, y para qué decir, cuando esto pasa a mayores y piensan que lo peor es el embarazo, sin darse cuenta de que el peligro de contagio frente a enfermedades de transmisión sexual es enorme (más de cincuenta tipos de enfermedades) y aún esto no es lo peor. Lo más grave y terrible de todo es la pérdida de la dignidad, la cual difícilmente pueden recuperar, sobre todo si estas conductas se hacen un hábito (en el sentido coloquial del término).

Pensar en la Edad Media, no significa taparse los ojos frente a las crueldades que en esa época se cometieron, pero dando una mirada objetiva, en todo tiempo el mal tuvo su momento de hacerse sentir y lo importante aquí no es el poner el acento en lo negativo que ocurrió, sino en destacar aquello que es bueno y que se podría conservar, como es el caso de algunos valores que poco o nada se ven hoy. Por eso podemos decir: qué lejos estamos del valor de la castidad vivido en la Edad Media, época en la cual la mujer se caracterizaba por su recato, elegancia y distinción en su trato y conducta, sobre todo frente al varón, caballero educado, fiel enamorado, galante, conquistador del corazón de su amada.

Qué diferencia entre una discoteque y los torneos, en los que el caballero hacía gala de sus artes de juego para así ser visto, aplaudido y cortejar a la joven a quien pretendía por esposa, con la cual soñaba como madre de sus hijos, con quien pensaba formar una familia, un hogar para siempre, a quien amaba y respetaba, por quien era capaz de perder la vida si era necesario con tal de defenderla y protegerla de cualquier peligro.

Qué delicado trato, al mirarla antes de comenzar el torneo, cuando, montado en su caballo, se aprestaba para ganar el juego por ella y con su mirada le ofrecía su esfuerzo por el triunfo y de cuyos ojos sacaba la fuerza necesaria para arremeter y derrotar a su contrincante.

Cuán delicado gesto de cortejo era también el mostrarle a ella la punta de la cinta que con sus delicadas manos había bordado, demostrando que llevaba consigo el preciado obsequio como muestra de su amor correspondido.

Estos gestos, a plena luz del día, a la vista de todos, con responsabilidad y cortesía, hacían del noble caballero, un hombre confiable, alguien a quien cualquier padre podía entregar a su hija, el tesoro de su corazón, en matrimonio.

Al investigar sobre las historias del rey Arturo, leemos que las damas de la época “no se dignaban conceder su amor a nadie que no hubiese participado por lo menos tres veces en batalla. De ese modo, las damas de aquel tiempo eran castas y su amor hacía más valientes a los caballeros”[6].

Aun cuando parezca idealizado, nos indica que ese amor que se cuida y guarda para la persona amada, con delicadeza y atención en cada paso que se da, contiene la esencia de un amor serio, de ese amor que puede durar toda la vida. Así, en aquel tiempo, tanto el varón como la dama, alimentaban el sentimiento más noble el uno por el otro.

De este modo, De Monmouth nos comenta:

“Los caballeros miden sus fuerzas en viriles juegos ecuestres que imitan los combates reales, mientras las damas los contemplan desde lo alto de las murallas, estimulándolos a combatir y apasionándose ellas mismas por el juego y sus protagonistas”[7].

Gloriosos días en los cuales reinaba el respeto, la caballerosidad y el amor. Estos valores hacían del ser humano un ser más noble a la hora de tratar a los demás y de tratarse a sí mismo.

[pullquote]Es cierto que los tiempos cambian, pero eso no significa que una joven se tenga que olvidar de cómo se es señorita y que un varón se olvide de cómo ser caballero. Hay muchas formas a través de las cuales hoy en día se pueden vivir la decencia y la caballerosidad frente a una joven y la dignidad y respeto que debe mostrar ésta ante quien ama.[/pullquote]

El guardarse castos y puros hasta el matrimonio, evitando las ocasiones que puedan poner en peligro esta hermosa virtud, no tiene por qué ser algo de la exclusividad del pasado, al contrario, los valores auténticos a través de los cuales un hombre y una mujer se desarrollan como tales son su dignidad y su corona. El esperar, cuidándose para ser todo o toda de aquella o aquel a quien se escoge para compartir la vida entera, es lo que le demuestra al ser amado que está frente a alguien en cuyas manos puede confiar su vida, porque esa persona sí es digna de ser amada por siempre, por eso bien valen todos los esfuerzos y sacrificios que deban hacerse para complacerla y estar junto a ella la vida entera.

En esto no vale la mucha experiencia, no es una carrera, lo que vale es el madurar y crecer juntos en el amor, sabiendo que se ha esperado por esa persona y ella ha esperado por ese amor; amor noble, fuerte y digno, que trae a la memoria las legendarias historias de caballería de antaño.

Nuestro tiempo con frecuencia nos hace caer en la soberbia de pensar que nuestros logros son únicamente nuestros, sólo premio al propio esfuerzo, pues estamos en una sociedad que nos obliga a ser exitosos e independientes, separando de la vida práctica misma toda religiosidad y fe.

Vivimos en un tiempo en el cual la sociedad lucha por sacar a Dios de nuestra vida, de nuestra historia y nos vamos olvidando de ese Dios Persona, que es Padre Creador, Hijo Redentor y Espíritu Santo Santificador, quien camina cada día a nuestro lado y al que le incumbe todo lo que hacemos y todo lo que anhelamos.

Al hombre y a la mujer de nuestro tiempo, pareciera ser que se le olvidó rezar, entrar en el cuarto privado de su corazón y conectarse con su Dios y Señor, reconociéndole a Él como Dios de gloria y de poder, de majestad infinita. Cuán piadoso era, en cambio, el caballero cristiano de la Edad Media, cuya humildad, que es verdad, según define esta virtud Santa Teresa de Ávila, lo hacía temeroso de Dios y se reconocía su vasallo y servidor, más que de cualquier otro señor de la tierra.

Cuando Oswaldo recibió el trono de Nortumbria “una noche en que estaba sitiado por Peanda en un lugar llamado Heavenfield, es decir, Campo del Cielo, levantó allí una cruz del Señor y ordenó a sus tropas que gritaran lo más alto posible las siguientes palabras:

— “Arrodillémonos todos y supliquemos en común a Dios omnipotente, único y verdadero, para que nos proteja del orgulloso ejército del rey britano y de su detestable jefe Peanda. Él sabe que hemos emprendido esta guerra justa por la salvación de nuestro pueblo”.

Así lo hicieron todos, y al amanecer cargaron contra el enemigo y se apuntaron la victoria como recompensa a su fe”[8].

Cada día nos vemos enfrentados a nuevas batallas: los estudios, el trabajo, la familia, el llevar una casa y sacar adelante un hogar, en fin, son tantos los desafíos, que vivimos agitados, corriendo de un lado a otro. Para todo tenemos tiempo, hasta para perderlo, pero qué poco tiempo dedicamos a recogernos, antes de comenzar a realizar algo, para implorar de Dios su bondad y misericordia, y mucho menos aún le damos gracias al ganar nuestras pequeñas y grandes batallas.

También conviene subrayar aquí la capacidad de reconocer los propios errores.

En nuestros días vivimos como si fuésemos perfectos, como si nada equívoco de nuestros hechos pudiera empañar ni un ápice nuestras conciencias. Sin embargo, el rey Cadvalandro ya hace muchos siglos atrás, nos dio ejemplo de este reconocimiento, diciendo:

  • “¡Ay de nosotros, pecadores, por nuestros monstruosos crímenes, con los que no hemos cesado de ofender a Dios, mientras todavía teníamos tiempo de arrepentirnos!”[9]

Qué grande enseñanza nos dan aquellos que tal vez en todo sentido recibieron menos que nosotros, pero tenían la cabeza y el corazón en su lugar, para reconocer que sin Dios nada podían hacer y para rendirle su amor, su confianza y su arrepentimiento, lo que emanaba como cristalinas corrientes de aguas que desembocan en el mar.

Hemos ido descubriendo algunas joyas preciosas que nos ha ido regalando la historia, las cuales por el hecho de llevar una vida agitada, hemos dejado de lado en el camino, incluso pensando que son “cosas” que nos estorban en nuestro diario vivir, en el que la producción y el ser exitosos nos consumen día a día, apartando de nosotros aquellos valores que dan sabor a la vida, la hacen más deseada, amable y feliz.

En nuestra ambición materialista nos hemos ido olvidando de lo realmente valioso, importante y noble de la vida, pero aún podemos despertar del embrujo y hacer resurgir al hombre y a la mujer nuevos, que cual caballero y dama cristianos de la Edad Media, saben sacar del arca de sus tesoros, todo aquello que necesitan para darle un nuevo brillo a su existencia, surgiendo en él y en ella el ideal del héroe, del sabio y del santo.

Hoy más que nunca nuestra sociedad mundial necesita de estos tesoros que han estado siempre ahí, guardados en lo más profundo de nuestro corazón, esperando que una luz potente ilumine su obscuridad para poder revivir y reencantar este mundo que se debate entre luces y sombras, opacando y escondiendo lo bello que cada uno lleva en su interior.

[pullquote]Los valores de antaño son los mismos de hoy, sólo tenemos que abrir los ojos y verlos, pues ahí están, esperando por nosotros, dispuestos a enseñarnos a vivir con generosidad y nobleza de espíritu, en un constante dar y recibir amor, recordando siempre que todo aquello que hacemos a los demás algún día lo gozaremos nosotros también, o lo sufriremos, de acuerdo a como haya sido nuestra conducta. Somos nosotros mismos quienes vamos escribiendo las páginas de nuestra propia historia, todo está en nuestras manos para hacer de ella una historia maravillosa.[/pullquote]

Todos de algún modo somos reyes y reinas, lo que aún nos falta es demostrárnoslo a nosotros mismos y eso se puede lograr mediante la vivencia de los valores, los cuales son muchos, aquí sólo se han nombrado algunos, que van dando a nuestro existir nuevos bríos, nuevos deseos de vivir en plenitud esta vida y en este tiempo que Dios nos ha dado.

© 2017 – Sor María Socorro Quintana Salazar para el Centro de Estudios Católicos – CEC

[1] Rey Aganipo, gobernó a los Francos, siendo Señor de la tercera parte de Galia.

[2] De Monmouth, Geoffrey – “HISTORIA DE LOS REYES DE BRITANIA” – III Los Sucesores de Bruto Hasta la Llegada de Julio César. – 2. El Rey Lear. – Nº 31 – Editorial Nacional – s.I. – s.f. – 8PDF).

[3] De Monmouth, Geoffrey – “HISTORIA DE LOS REYES DE BRITANIA”, op. cit.

[4] Ibíd., – IV La Conquista de Roma – 1. Julio César – Nº 54.

[5] Ibíd. Nº 55.

[6] Ibíd., VI Los Grandes de la Historia de Britania. – 2. Arturo – Nº 157.

[7] Ibíd.

[8] Ibíd., VII La Caída del Imperio Britano: Los Sucesores de Arturo. -2 Cadvano y Cadvalón – Nº 199.

[9] Ibíd., 3 Cadvalandro, Ivor e Ini – Nº 203.

Sor María Socorro Quintana Salazar

Sor María Socorro Quintana, SCC, nació el 3 de agosto de 1967 en Cauquenes (Chile); es la mayor de cuatro hermanos. Sus primeros estudios los realizó en el Liceo Inmaculada Concepción de Cauquenes. A los 18 años ingresó a la Congregación de las Hermanas de la Caridad Cristiana, Hijas de la Bienaventurada Virgen María de la Inmaculada Concepción (Sororum Christianae Caritatis). Es Profesora y Licenciada en Educación.

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