Cuando Carolina Morales contrajo matrimonio con Carlos David Salazar, en septiembre de 2014, ambos tenían muy claro que querían estar abiertos a la vida.

Dios bendijo ese deseo con el nacimiento de las gemelas María Elisa y María Camila en marzo de 2016.

A principios de este año, recibieron una grata sorpresa: Carolina estaba embarazada y nuevamente de gemelos. Así los esposos Salazar Morales tendrían ya cuatro hijos en tres años de matrimonio.

Carolina, nacida en Medellín, Colombia y destacada ingeniera química de la Universidad Pontificia Bolivariana, pertenecía desde hace 10 años al movimiento Ciudad Oración, que busca estudiar ética, valores y doctrina de la Iglesia. También daba clase de catecismo una vez por semana en su casa, eran lecciones dedicadas a todo tipo de público con ganas de conocer su fe. Su esposo, miembro también de este movimiento, se dedicaba a explicar la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, que habla sobre el don de la apertura a la vida de los esposos.

Él recuerda a Carolina como una mujer que “amaba profundamente la Eucaristía y cantaba con toda el alma, y aunque el canto no era uno de sus talentos no dejaba de hacerlo (para Dios debía ser una serenata)”. También dice que Carolina era “una mujer generosa, desprendida, con un alto sentido de servicio al prójimo. Amaba profundamente los niños”.

Ella, antes de tener a su primer par de gemelas había ejercido su profesión en diferentes empresas en importantes cargos, pero actualmente, según cuenta su esposo “tenía el mejor trabajo del mundo, el que más disfrutaba y el que más satisfacciones le traía: ser mamá de tiempo completo”.

Al inicio de su segundo embarazo los médicos advirtieron a Carolina que era de alto riesgo, por ser tan cercano al anterior. Una de las ginecólogas le preguntó si deseaba continuarlo, pero para Carolina no había otra opción. “Caro se soñaba con sus cuatro niñas. Ella no iba a cometer el crimen del aborto por salvar su vida”, recuerda. Aún con la advertencia, el periodo de gestación de Carolina no presentó grandes complicaciones.

La esperada cesárea

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“Confirmado. Mañana a las 4 p.m. nacerá nuestro segundo par de gemelas. Alejandra y Laura. Contamos con sus oraciones”. Este fue el último post que puso Carolina en Facebook, el cual recibió 47 comentarios de felicitación de parte de sus amigos.

El pasado 20 de septiembre llegó el momento esperado. Carlos y Carolina se dirigieron a la clínica rezando el rosario y encomendándole a la Virgen estas dos nuevas vidas. Llegó el momento de la cesárea. Las pequeñas nacieron. Carolina tuvo en sus brazos a cada una de sus hijas.

A la última le dijo “mi gordita preciosa”, y en ese momento le dijo a su esposo Carlos, “me siento mal” y perdió el conocimiento. Había sufrido un tromboembolismo por líquido amniótico, un extraño caso en el que ocurren siete de cada cien mil nacimientos. Ella recibió 40 unidades de sangre. Los médicos, ese “grupo de ángeles”, como lo llamó Carlos, buscaron reanimarla por doce horas.

Minutos antes de morir, cuando los médicos dijeron que ya no había nada que hacer, Carlos entró al quirófano a despedirse, le cantó al oído, le dijo: “Ve con Dios, amor de mi vida. El día es hoy, yo estoy contigo. No te preocupes por las niñas que de eso me encargo yo”. Luego entraron los hermanos de Carolina y su cuñado a despedirse. Carolina murió en la madrugada del 21 de septiembre.

 

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Una ayuda necesaria

Habían pasado pocas horas después de su muerte cuando se despertó una gran cadena de solidaridad que ha trascendido fronteras: desde donaciones generosas de dinero para que Carlos deje de trabajar por un tiempo y dedicarse a sus cuatro pequeñas hasta personas que se han ofrecido a cuidar a las niñas. Las cuñadas de Carlos, María Clara y Lina, han servido como mamás canguro teniendo en su pecho de manera permanente a las dos recién nacidas para darle el calor que necesitan.  Ahí pueden verse los primeros frutos del sacrificio de Carolina. Dios se la llevó para que desde el cielo pudiera interceder por las cuatro vidas que dio en su paso por la tierra.

Cada mensaje de solidaridad es una “gotita de bálsamo para mi alma”, describe Carlos con serenidad. “La muerte hay que verla desde el lado sobrenatural, pero a nuestro corazón, al ser de carne, no le deja de doler. Si el mismo Jesús lloró la muerte de su amigo Lázaro nosotros, que somos hombres de barro, con más razón lloramos también”, dice. Y al ver a sus cuatro niñas Carlos admite: “Mi esposa vive en mis hijas. Hoy ella no está físicamente, pero tengo cuatro pedacitos de ella así que tengo una gran alegría y cuatro motivos por los cuales luchar”.

 

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Autor: Carmen Elena Villa / ReL

 

Fuente: Religión en Libertad

 

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