candle_cover«Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» dice el Señor en el Evangelio de San Lucas. Y se preguntaba el Papa Benedicto XVI «¿Quién tiene tiempo para escuchar la Palabra y dejarse fascinar por su amor?». Es bueno empezar esta reflexión cuestionándonos sobre el tiempo que dedicamos a la escucha de la Palabra y el tiempo que ocupamos en ponerla por obra.

No pensemos solamente en el tiempo que el reloj nos puede marcar. Hablemos también de algo que podemos llamar “el tiempo interior”. El reloj es inflexible. La hora es exacta. Pero el tiempo interior transcurre en otro ritmo y frecuencia, no es exacto ni inflexible. Y este, el interior, es el que necesitamos para encontrarnos con la Palabra. Exteriormente puedo estar una hora en oración, interiormente pueden ser diez minutos o segundos. O al revés: interiormente puede ser un día, una vida y exteriormente, por cronómetro, unos segundos.

Ahora nos preguntamos: ¿quién tiene el tiempo interior para escuchar? Nos referimos a la disposición de la mente y del corazón para empezar el diálogo con quien no vemos ni tocamos, pero oímos. ¿Mi oído externo e interno está adiestrado para escuchar la Palabra viva y eficaz? Tengo que hacer un ejercicio de introspección que me lleve a descubrir con claridad cuánto de mi interior ha escuchado a Dios. Sabemos que su Palabra no resuena como el trueno, sino que penetra como el viento suave y esto hace que la escucha tenga un nivel de exigencia, pero no de imposibilidad. Si honestamente quiero ser de los que escucha a Dios debo saber de qué vaciarme para poder llenarme, como diría San Agustín. Y el santo de Hipona pone un ejemplo: si estoy lleno de vinagre no puedo contener la miel. ¿Qué tipo de vinagre puede impedirme escuchar a Dios por adentro? El egocentrismo, las ambiciones del mundo que me tienen permanentemente distraído, los malos tratos que puedo haber recibido y nunca perdoné, los deseos de venganza, la sensualidad, el miedo a que su Palabra me pida más, o el terror que se puede presentar ante la idea de ser más exigidos o amados, o el pecado entre otros muchos factores. También puede silenciar su Palabra la excesiva bulla exterior no sólo musical, también compuesta de chismes, murmuraciones, superficialidad o mentiras que invaden a veces los medios de comunicación y de los que podemos ser víctimas o victimarios. De todos ellos debo procurar librarme para poder escuchar. Si nos maravillamos ante un concierto o una linda voz, imagínense todo lo que se percibe cuando uno empieza a escuchar a la Palabra de vida haciéndose vida en nuestro interior. Les puedo decir que es una de las experiencias de las que uno no quiere nunca desprenderse.

Pero también nos debemos preguntar: ¿quién tiene el tiempo interior y exterior para poner por obra su Palabra? En primer lugar, desde dentro hacia fuera: ponerla por obra en el cambio interior, en el proceso de combate espiritual, en el esfuerzo de configuración interior con Cristo. Ponerla por obra afuera de nosotros: por la misericordia, bondad, o esfuerzo de traslucir mis convicciones más íntimas irradiándolas en la vida cotidiana. Y, además, desde fuera hacia dentro, aproximándonos a la realidad sabiendo que está llena de la presencia viva de Dios.

[pullquote]El mínimo caminar hacia el bus, conducir un auto, cocinar, saludar en la mañana o el trabajar arduamente en medio de las condiciones más difíciles: todo está lleno de la presencia de Dios y me puedo (y debo) educar en percibirlo, acogerlo, vivirlo, manifestarlo. Una espiritualidad de la vida cotidiana es aquella que aprende a percibir a Dios presente y compañero de camino en la jornada cotidiana. No es preciso ser un maestro espiritual. Solamente hagamos el esfuerzo de cooperar con la gracia para que su presencia nos sostenga y acompañe en el día a día.[/pullquote]

«Felices los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra»: si mi búsqueda central en la vida es la felicidad sabré que debo caminar por la senda que el Señor nos pone. Y si nos la presenta de ese modo no es porque sea irrealizable, sino todo lo contrario, porque está totalmente al alcance de la mano y para eso nos ha dejado su Santo Espíritu que nos ilumina, fortalece y guía para escuchar y poner por obra el mayor tesoro que la humanidad puede haber recibido.

© 2015 – Rafael Ísmodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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