Mis padres se conocieron el día de San José. Mi papá había viajado a España y, en la casa de un amigo común, el día en que éste celebraba su cumpleaños, conoció a su futura esposa. Cincuenta años después quisieron celebrar ese primer encuentro con el mismo amor que se inició décadas atrás. De esa remota fiesta de cumpleaños surgió una historia de cincuenta años y mucha vida de amor. Se amaron. No con edulcorante. Se amaron con realismo, razón, discusiones, complementariedad y no pocos disgustos. Pero puedo ser testigo de que se amaron. Creo que una de las claves de esa experiencia tan bella fue el “Sí” mutuo que se dieron.

Cuando se casaron mi mamá no conocía a la familia de mi papá: había una distancia de miles de kilómetros entre una y otra familia. Mi mamá “apostó”. Dijo sí sin condiciones, al igual que mi padre. Poco tiempo después se mudaron a la tierra de origen de mi padre. Todo fue nuevo para mi madre y toda ella se fue adaptando al nuevo país. Nunca perdió su hispanidad, pero fue capaz de adentrarse en el “Nuevo mundo”. Era una aventura: se cruzaba el Atlántico en barco, el telegrama era la vía rápida de comunicación y, sencillamente, se apostaba por el futuro sin muchas seguridades en el hoy, ni en el mañana. Me disculparán que empiece con tan íntima descripción, pero esa experiencia de mis padres configura parte de mi ser y de lo que entiendo como fidelidad.

[pullquote]¿Cómo puede esa pequeña palabra, el sí, que en castellano sólo está compuesta de dos letras, ser de tanta fuerza? ¿Cómo un sí puede ser más poderoso que palabras más largas y tal vez profundas como “filosofía”, “tolerancia” o “justicia”? ¿Qué es el sí que se pronuncia una vez en la vida y después solamente se repite? Ante todo creo que es un misterio. Desborda lo humano al mismo tiempo que lo llena de sentido. El sí al amor hace vivir sacrificios duros y por mucho tiempo, o esperar que los minutos no pasen. Toda una existencia puede estar basada en esa afirmación. Ese sí es respuesta a un Sí previo: al de Dios, al que Él nos da cuando nos crea y nos dice que quiere compartir su vida con nosotros. Desde ese momento inicial todo nuestro ser estará orientado a pronunciar un análogo sí a Dios y a todo lo que Él nos quiera donar y compartir. Un ser humano sin ese “sí” vivido a plenitud estará recortado. La experiencia interior así lo evidencia. Por eso el joven rico se retira desazonado al no querer pronunciarlo.[/pullquote]

De nuestra Madre María sabemos los cristianos que dijo un “Sí” «infatigable y gozosamente repetido». Esa experiencia suya configura la unión matrimonial o los compromisos de vida consagrada. También las cosas pequeñas de cada día: desde el sí a la vida hasta el sí al compañero o compañera del caminar, a la posibilidad de ser frágil o a la misión que nos toca llevar adelante. Un sí atento a la Palabra de Dios que día a día nos dice algo. Y también un sí a la enfermedad, al dolor, al sufrimiento que implica ser fiel.

Tal vez una de las experiencias más duras de la vida cristiana sea el permanecer uno en la palabra empeñada, pues implica “retroceder nunca, rendirse jamás” (¡Quién diría que una película de acción nos puede iluminar esta meditación!). Por lo que conocemos de la vida esa fidelidad es la de las vírgenes sabias que guardan el aceite para cuando llegue el novio. Dormirán, ciertamente, pero sabrán esperar. El aceite del “Sí” permite tener todo el engranaje de la vida de fe lleno de la vida divina. Para vivirlo bien necesitamos cultivar la esperanza que, como dice San Jerónimo, «es el período que precede a la segunda venida de nuestro Salvador». Todos los seres humanos estamos en el “tiempo de la esperanza”. Depende de cada uno de nosotros vivirlo siendo eco cotidiano del Sí divino.

[pullquote]El sí repetido es un medio de configuración con Cristo que nuestra Madre nos enseña a dar y vivir con su misma generosidad, silencio y donación. Dios permita que en el último aliento de nuestra vida terrena se nos encuentre exhalando tan sencilla palabra de tan poderosa acción.[/pullquote]

© 2015 – Rafael Ísmodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

View all posts

Add comment

Deja un comentario