Hace poco reflexionamos por qué hay tantos católicos que, paradójicamente, no son felices como quisieran. Mencionábamos la hipocresía y la falta de coherencia como un motivo crucial para comprender ese problema que acucia a muchísimos creyentes. Esta vez me gustaría que profundicemos en dos virtudes fundamentales en nuestro camino cristiano: la humildad y el servicio.

Sé que, probablemente, muchos de los que lean estas reflexiones no son católicos ejemplares. En realidad, todos carecemos de una o varias características para ser cristianos ejemplares. Razón por la cual yo también me considero entre los que somos siervos indignos. Sin embargo, eso no significa que no podamos esforzarnos por crecer cada día en nuestro compromiso con Dios y con los demás.

Para no extenderme mucho y profundizar en las virtudes que mencioné arriba, vamos directamente “al punto”. Lo primero, empecemos por dar una breve definición. Para no complicarnos, entendamos que, sencillamente, la humildad es andar en verdad. Es decir, verse a sí mismo, como realmente “quién soy”. No tener expectativas o visiones irreales, que, normalmente, responden a aproximaciones vanidosas y soberbias de nuestra parte. Mientras que el servicio, como dicen muchos autores y padres espirituales, es la concreción práctica en la vida del amor. Es la plasmación más “directa” de una persona que quiere vivir el amor.

Probablemente, muchos diríamos que ya vivimos eso. Claro, sabemos que no somos perfectos – sería muy ingenuo y utópico de nuestra parte pensarlo así – pero normalmente pensamos que no estamos tan mal en cuanto a esos aspectos de la vida. Es un poco irónico cómo es tenemos una visión personal, que muchas veces desdice de cómo vivimos y somos diariamente. Los demás se dan mucho más cuenta de cómo somos en realidad. Y la mejor persona que puede enseñarnos a ser humildes y serviciales es el Señor Jesús. ¿Para qué dar rodeos? Vamos directamente al meollo del asunto. Es en Cristo en quién aprendemos la humildad y el servicio. Siendo Dios, prefirió la condición de pecado, y haciéndose uno de nosotros, eligió la muerte y muerte de Cruz, para redimirnos y salvarnos del pecado. Hasta el punto que se humilló, y como cordero manso, se dejó llevar al matadero. Vemos su enseñanza como Maestro, que está para servir a sus hermanos, en la Última Cena. Es como su testamento espiritual. Una de las últimas cosas que nos quiso enseñar, antes de su muerte, fue cómo el que quiere hacerse primero, debe ser el último. El que está llamado a guiar, debe ser el primero en servir. Toda la vida de Jesús fue un ejemplo claro de servicio. Su preocupación, desvelo, tristeza, cariño, entrega, generosidad…. Siempre era con el intuito de servir mejor a nosotros, hermanos humanos. Todo esto, tiene como “telón de fondo”, la humildad. Él, siendo Dios, era muy consciente de su misión. Vino a servir, y no a ser servido. Vino para salvar a los pecadores, a las ovejas perdidas. Los ladrones, prostitutas, leprosos… no le importaba qué pensaran los demás. Con mucha humildad, no tenía y no se preocupaba por lo que pensaran los demás de Él, vanidosamente, como muchas veces estamos demasiado pendientes: ¿qué pensará este o aquél de mí, si hago esto o aquello? ¿No voy a parecer ridículo si me porto de esta manera?… Cristo sabía cuál era su llamado al servicio, y lo que realmente le importaba era su obediencia al Padre. Humildemente, se veía a sí mismo iluminado con la Luz del Padre.

Nosotros también debemos aprender esa mirada personal, desde los ojos del Señor. No como el mundo nos mira. O como el mundo nos “enseña” que debemos ser. ¿Cuántas veces estamos preocupados por, literalmente, tonterías que son tan “valiosas” para el mundo en que vivimos? Cuánto más alejados estamos de nuestra verdadera identidad, menos seremos capaces de vivir el amor para el que fuimos creados por Dios. Y si no vivimos el amor, menos aún sabremos cómo servir… a quién servir. Nos miramos vanidosamente como estamos y aparentamos a los ojos de los demás; o qué tan importantes y superiores somos a la vista de aquellos que “tienen” que admirarme.

Ser cristiano implica mirarse desde los ojos de Cristo, y, por lo tanto, saber quién soy. Si entiendo que estoy llamado a ser “otro Cristo”, entonces mi camino es necesariamente el camino del amor, que se hace concreto en el servicio. ¿Cómo sirvo? ¿En qué ocasiones puedo servir? Son preguntas que muchas veces nos hacemos. Es triste… estamos, algunas veces, tan desacostumbrados a servir, que estamos “ciegos” a la infinidades de ocasiones que se presentan para vivir el servicio. Cada acción generosa, cada esfuerzo por ayudar en algo que necesita alguien cercano, cada tiempo “perdido” para tender “una mano” y ayudar a alguien, lo que mi prójimo no puede hacer solo…. tantas otras situaciones podríamos mencionar…

Finalmente, creo que nos queda claro, que la vida de un cristiano se trata de hacer concreto su llamado a la caridad en el servicio cotidiano a los demás. Y esta manera de vivir, solo es posible en la medida que somos verdaderamente humildes. ¡No sigamos perdiendo el tiempo! La vida que tenemos es un regalo de Dios y la mejor manera de retribuirle esa gracia, este favor, este regalo, es viviendo el camino y plan de amor que Él tiene trazado para ser realmente felices ayudando a los demás.

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista “Vive” de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

View all posts

Add comment

Deja un comentario