En un conjunto musical el ritmo lo pone la percusión. Es como el corazón de la ejecución musical. A su ritmo se acelera, se disminuye, se aumenta la intensidad de la ejecución. La percusión puede ser ejecutada por sí misma, casi sin necesidad de otros instrumentos, y hay virtuosos que así lo hacen. Pero el espacio en donde destella es al interior de un conjunto musical: da pase de una melodía a otra, rompe ritmos, propone, hace vibrar o detiene el conjunto. Cuando la percusión es bien ejecutada, en ocasiones, no se nota su presencia. Pero el músico sí sabe que tiene que estar atento a ese ritmo cadencioso o agitado que se está proponiendo como guía para todo el conjunto. Sea una orquesta sinfónica clásica, un jazz, un rock o un conjunto folklórico, todos la emplean.

Digamos una palabra más sobre la percusión: su sonido no tiene, tal vez, la elasticidad del piano o del violín. A veces es monocorde. A veces puede llevar a alguien a entusiasmarse tremendamente sin que uno se dé cuenta del porqué. Es un sonido que debe estar presente, pero que puede pasar desapercibido.

Ahora permítanme dar un salto. Pienso que es una buena imagen que ayuda a comprender el activo rol de Santa María como madre de Dios y de los hombres. Ella está, como Madre que es, en el corazón del cristiano. Ella sabe poner el ritmo a nuestro corazón en el amor a Dios. Es verdad que podríamos perdernos en alabanzas a ella y ponerla en el centro, pero la Madre sabe que así no son las cosas. Ella nos propone ritmos, nos hace vibrar y lo hace en cada espiritualidad eclesial, en cada movimiento, en cada persona que se reconoce hija de Dios y de Santa María. Ella pone el ritmo para que nosotros aprendamos amar a Dios sobre todas las cosas.

Demos otro salto más: así también es el Rosario. Su “sonido” puede ser monótono en ocasiones. La repetición de los Avemarías puede ser hasta rutinario, cosa que no es lo mejor. Pero no podemos dejar que por una u otra razón su sonido se detenga. El Rosario es una oración que nos permite estar en buen tono o sintonía con Dios y con lo sagrado. Es su aspecto cuasi monocorde como a veces parece ser, es esencial para crecer en amor a Dios, a la Madre y a los hombres. Sin embargo, el rosario se puede convertir, como decía san Juan Pablo II, en nuestra oración preferida. ¿Y por qué? Porque en esa sencillez está concentrado el amor.

Rezar el rosario es un gesto de amor. Es como un novio puede escribir a la novia una y mil veces “te amo” incansablemente. Es como el que empieza a amar y puede pasar por la casa de la muchacha amada sin sentir que ha pasado muchas veces por el mismo lugar. Es como la mujer que ama y siempre puede estar esperando ver al amado, por más que sea en diversas horas y lugares. El rosario es repetir cincuenta o más veces un “te amo” a María, con el ritmo básico del corazón, de la percusión, de los pensamientos que brotan desordenados y locos teniendo en la mente los proyectos, los disgustos, los amores, las incomprensiones, las esperanzas, el deseo de conversión, la mirada enferma o adolorida, pero teniendo como guía a la Madre que está siempre dispuesta a escuchar, a acompañar, a consolar, a proteger, a impulsar, a cuidar, a amar al hijo o hija que, a sus pies y confiado, se pone bajo su guía.

[pullquote]El rosario es fuente de bendiciones y canal de amor. El rosario es sencillo y poderoso. El rosario es universal: se puede rezar en todo lugar y ocasión. El rosario es un modo de reconocerse también como hijo de la Iglesia. El rosario es oración de súplica, de intercesión y de confianza.[/pullquote]

El rosario es un tesoro para la Iglesia y para cada cristiano. Rezarlo es un don y un momento de aprender a amar con la misma sencillez y generosidad con que nuestra Madre lo hace.

© 2016 – Rafael Ismodes Cascón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Rafael Ismodes Cascón

Rafael nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).

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