Hurgando entre los recuerdos y las antiguas cuartillas uno encuentra memorias gozosas, experiencias felices que intenta atesorar. Junto a ellas también hallamos páginas amarillentas, intocadas quizá durante numerosos lustros, porque fueron formuladas en momentos dolorosos, en situaciones límite. Podríamos ceder a la tentación de ignorarlas, hasta que tomamos suficiente valor para confrontarlas. Constituyen una metáfora de la complejidad de nuestra existencia, surcada de dolores y alegrías.

La huida de la tristeza, la evasión de los sufrimientos es una tendencia que todos compartimos. La virtud, el amor, o el compromiso oblativo nos ayudan a asumir aquello que percibimos como doloroso, acompañando, por ejemplo, a quienes también sufren. Esta actitud solidaria y redentora es la que mostró Jesucristo al colocar sobre sus hombros la pesada cruz de nuestros pecados. Su sacrificio nos abrió una senda de esperanza en medio de tantos tormentos. Sin esta virtud caeríamos en la grisura de la desesperación y de la incertidumbre.

La esperanza nos otorga la confianza de que las experiencias esplendorosas fueron reales; y que podríamos volverlas a vivir, porque como personas de fe, creemos en un Dios que nos ha prometido la plenitud, que nos acompaña tanto en los días luminosos como en las oscuridades más sombrías. Pero algo en nuestra hondura clama para que las sombras desaparezcan.

La fe nos conduce a no ceder a la desesperanza, porque el Señor nos ha dicho que caminará con nosotros, paso a paso. El salmista proclama: «Tu eres, Señor, mi esperanza» (Sal 71, 5).

La esperanza fue la fuerza que sostuvo en las pruebas a una persona singular, un “hombre de Dios”, a quien apenas conocí, pero que dejó en mí una profunda huella: el Cardenal Van Thuan.

Conocía de oídas el testimonio del obispo vietnamita, a quien consideraba un testigo de la fe, cuya confianza y caridad habían sido probadas en grado heroico. Estremecido, había leído su libro, “Cinco panes y dos peces”, donde narra su experiencia como prisionero del régimen comunista de Vietnam, que lo apresó durante trece años, nueve de los cuales transcurrieron en la soledad de una celda. ¿Acaso podría experimentar una persona un mayor mal que el despojo de su libertad y de su condición humana?

En el año 1975 monseñor Van Thuan fue nombrado Arzobispo de Saigón, mientras su patria, Vietnam del Sur, se desangraba bajo la ofensiva militar de los vietnamitas del norte. ¿Huir? Estaba fuera de cuestión. Comprendía perfectamente el destino que aguardaba a aquellos que habían negado el apoyo incondicional a los militantes comunistas del Viet Cong. Serenamente decidió permanecer con su pueblo. ¿A qué habría de temerle un hombre inocente, alejado de la política y de las ideologías, llamado por Dios a servir según el Evangelio?

La convocatoria de las nuevas autoridades ocurrió intempestivamente. Monseñor Van Thuan fue acusado de actuar como “siervo de los imperialistas, fomentando el desorden”. Fue confinado en una inmunda y solitaria celda en la prisión de Phu Khan. Aquel fue el inicio de un calvario que lo condujo por varios “gólgotas”, infiernos ideados para quebrarlo, pero que Van Thuan iluminó con la alegría y la esperanza de Jesucristo.

[pullquote]Todo cristiano, toda persona, tropieza en su vida con experiencias de tristeza, de desesperanza, e incluso de desesperación. Constituyen las “cruces” de la vida. En su encíclica “Spe salvi”, precisamente sobre la esperanza, el Papa Emérito Benedicto XVI comprobaba esta realidad: «El sufrimiento forma parte de la existencia humana» ((Benedicto XVI, Spe salvi, n. 36)).[/pullquote]

¿Cómo confrontar estas situaciones límite? ¿Cruzarnos de brazos? ¿Desesperar? ¿Quizá apretar el “botón de pánico”, como me recordó un apreciado amigo? Todo lo contrario.

Fue lo que descubrió monseñor Van Thuan en su solitaria celda, cuando parecía desesperar. En alguno de sus escritos había subrayado: «Dios nunca nos deja solos».

Mi encuentro con el Arzobispo Van Thuan ocurrió una mañana primaveral romana. Apenas el sábado anterior, al atardecer, en vísperas de la Fiesta de Pentecostés de 1998, el Santo Juan Pablo II había participado en un multitudinario e histórico encuentro con los movimientos eclesiales, un evento de plena presencia del Espíritu Santo. Tras aquella experiencia deseaba agradecer en la Basílica de San Pedro por el don de la providencial y maravillosa asamblea. Tras orar en la imponente iglesia, decidí visitar una concurrida librería religiosa. La hermana encargada, a quien conocía por su periplo en la tienda de Lima, me recibió con su familiar sonrisa. Aquella mañana me tenía una sorpresa. “¡Qué lindo encuentro habéis tenido! ¡Cuánta gente! Pero quiero presentarte a una persona”. Me tomó del brazo, conduciéndome hacia otra sección. Allí, concentrado en unos textos, había un sacerdote menudo, de mirada serena, y de rasgos orientales. Con toda sencillez, la hermana me introdujo: “Monseñor Van Thuan le presento a un amigo del Perú”. Le extendí la mano. Mirándome fijamente, con una gran sonrisa dibujada en el rostro, contestó a mi saludo en inglés: “¡Que hermoso evento el del sábado! Seguramente los cantos se oyeron por toda Roma. Allí estuvo el Espíritu Santo”.

Le relaté que venía de la capital limeña. “Lima. Conozco la vida de San Martín. Trajo tanta esperanza a los pobres, a los humildes”. Le agradecí el inmenso bien que había significado conocer su testimonio. Me miró fijamente: “¡La gracia de Dios no nos abandona; ¡Dios nunca nos deja solos! Rece por mí”.

Años más tarde, para la Cuaresma del año 2000, mientras se celebraba el significativo “Jubileo del Nuevo Milenio”, el Papa Juan Pablo II encargó a monseñor Van Thuan dirigir los Ejercicios Espirituales para la Curia Romana: “En el primer año del tercer milenio un vietnamita predicará los ejercicios (…) Traiga su testimonio sobre la esperanza”, le anunció el Santo Padre ((Ver Annachiara Valle, El Cardenal Van Thuan. La Fuerza de la Esperanza, Universidad Católica San Pablo, Arequipa 2010, p. 59)).

A partir de estas meditaciones escribió un hermoso libro: “Testigo de Esperanza”, donde confesaba: «Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad, el que reza nunca está totalmente sólo» ((Francois-Xavier Nguyen Van Thuan, Testigos de Esperanza, Ciudad Nueva Madrid 2000, p. 135ss.)).

La esperanza constituye un reto para los cristianos. Charles Péguy, uno de los poetas más sensibles de los tiempos modernos, invitaba a reflexionar sobre ella, afirmando que era la virtud que más amaba. Cuando deseó retratarla, la describió como una frágil y débil niña. En un sentido la imagen podría ser extraordinariamente acertada: “Una niña muy pequeña”. Una “niña de nada” que avanza entre sus dos hermanas mayores, la fe y la caridad.

La esperanza aparece con discreción en la existencia humana. Sin embargo, cuando falta, ¡cuánto se siente su ausencia! ¡Cuánto sufren las personas que no se dejan arrastrar por aquella niña! ¡Qué melancolía insatisfecha la de una historia sin esperanza! Con justicia podemos afirmar que la “niña esperanza” es quien tira de las otras dos. Si ella se detiene, todo se planta.

Hay una palabra griega, “hypomone”, que nos remite a la virtud de la paciencia, de la perseverancia y de la tenacidad nutrida de esperanza. En la Carta a los Hebreos, San Pablo la considera como la cualidad que expresa resistencia, constancia y templanza espiritual. Se refiere a la permanencia interior, a la espera gozosa y perseverante, nutrida de fe, que aguarda la gloria venidera (Hb 10, 36.39).

[pullquote]La esperanza no es para los ilusos. Es para los realistas, que comprenden que los sufrimientos permanecen. La esperanza implica «una actitud de confianza en sí mismo, aun en el conocimiento realista de los propios límites» ((Ver Amadeo Cencini, Liberar la Esperanza, Paulinas, Madrid 2010, p. 15)). El pensador Josef Pieper no podría haberla descrito mejor: «La virtud teológica de la esperanza es el poder de aguardar pacientemente por un “todavía no”» ((Josef Pieper, On Hope, Ignatius Press, San Francisco 1986, p. 40)).[/pullquote]

San Pablo anuncia rotundamente que el Señor Jesús es «nuestra feliz esperanza» (Tit 2,13). Dios, en su infinita bondad, se ha hecho hombre para traernos consuelo. El Dios de todo sosiego «nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios» (1 Cor 1, 3-7). También dice San Pablo: «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5).

La esperanza se sostiene en el conocimiento que tenemos de las promesas de nuestro Señor Jesucristo. El cristiano necesita saber esperar, soportando pacientemente las pruebas «para poder alcanzar la promesa» ((Spe salvi, 9)).

La “hypomone” constituye una virtud que trasciende los horizontes de nuestra visión temporal, para afincarse en la mirada de Dios. Significa ver la vida con visión de eternidad. «Una esperanza que se ve no es esperanza», afirmaba el Papa Francisco. «La alegría cristiana es una alegría en la esperanza que llega» ((Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, 30/5/2014)).

¡Tiene que ser así! Porqué hay situaciones que revelan, o que llaman a la angustia: por ejemplo el sufrimiento del inocente, del ignorado, el hambre de los pobres, las injusticias contra los débiles y desheredados. «Debemos decir la verdad: no toda la vida del cristiano es una celebración», advertía el Papa Francisco. «¡No toda! Se llora, muchas veces se llora (…) Muchos problemas, muchos problemas que tenemos. Pero Jesús nos dice: “¡No tener miedo!”» ((Allí mismo)). Este es el reto que sobrellevan tantas personas de fe que no desesperan. Fue la senda ejemplar de Van Thuan. ¡Podría ser nuestro camino, el de la confianza, la paciencia y la adhesión amorosa a Jesús! Aquella es nuestra respuesta a las tinieblas que pueden ensombrecer nuestra existencia.

© 2015 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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