La importancia de la mirada sobre la persona humana

Desde siempre, la educación ha sido una de las herramientas más poderosas para el cambio del mundo. Es de los temas primordiales en todos los gobiernos, y un punto al cual tomar atención en la medida del desarrollo de un pueblo.

Según el Diccionario de la RAE, educar significa desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven. Además, algunos estudiosos han delineado a lo largo de la historia sus ideas sobre la educación. Entre ellos tenemos a Enrique Pestalozzi, para quien el fin de la educación es “que el hombre llegue a la perfección” (desarrollo de las capacidades humanas); también a María Montessori, cuyo método nació de la idea de ayudar al niño a obtener un desarrollo integral; o a Paulo Freire, famoso pedagogo moderno, para quien la educación es “guiar por la pasión y el principio, para ayudar a los estudiantes a desarrollar la conciencia de la libertad”.

En todas estas definiciones encontramos el concepto de desarrollo del hombre, desarrollo humano. En el fondo, podemos ver que educar se trata de formar personas, de inculcarles aquellos valores fundamentales que les ayudarán en su desarrollo integral, a lo largo de su vida.

Además, comúnmente vemos que las personas que más necesitan de entornos educativos y formación, no los tienen, lo cual provoca reacciones en cadena que afectan negativamente nuestra sociedad, y conciernen particularmente a cada uno de sus miembros. Una sociedad poco educada es una sociedad con mayores dificultades de desarrollo humano, y por ende con mayores dificultades en el camino de la felicidad.

No solo esto, sino que muchas veces aquellas mismas personas perjudicadas priorizan distintos aspectos de su vida, relegando la educación hasta el último lugar, sea por necesidad o ignorancia. Esto hace que sea necesario un doble esfuerzo a la hora de intentar mejorar la situación: en primer lugar, el de ampliar el alcance de la educación a más personas; y en segundo lugar, el de hacerles entender la magnitud de su importancia en sus vidas.

La mejora de la propuesta de la educación y la capacidad de ofrecerla a aquellos que más la necesitan, son temas primordiales para cualquiera que tenga intención de realizar un verdadero cambio en un mundo en el cual, la desigualdad es cada vez mayor y las personas tienen cada vez menos conciencia de su propia dignidad y valor.

En ese sentido, y por el panorama que se ha delimitado, es de vital importancia responder las siguientes preguntas: ¿Quién es la persona humana y qué camino debe seguir para llegar a su plenitud? ¿Cómo aproximarse a la educación de la persona humana, especialmente en cuanto se refiera a los más necesitados de nuestra sociedad? ¿Qué acciones se pueden tomar en la línea de este desarrollo?

Las consecuencias de una mirada errónea son nefastas y contundentes, puesto que tienen el potencial de sentar raíces completamente disociadas de la esencia verdadera del hombre, haciéndolo crecer en una dirección enteramente distinta a la que debería tomar.

Conocer a la persona es central en la forma de educar, los contenidos de dicha formación, los objetivos de esta, en fin, en cada una de las etapas; conocer a la persona humana es el primer paso para plantear un verdadero desarrollo educativo.

La estructura de la persona humana

¿Qué características son las fundamentales en una persona humana? ¿Por qué alguien es persona? Esto es importante, porque dichas características delimitarán la aproximación que se ha de tener hacia el tema educativo, e informarán los métodos y objetivos del aprendizaje: se enseña a una persona con características concretas.

Creación y Persona

En el origen de toda vida humana está Dios. Somos lo que somos por haber sido creados por Dios Uno y Trino. Este Misterio ilumina el significado de la persona humana, pues la Comunión de Personas es el fundamento de la misma. Observar primero el interior de Dios nos hará luego comprender un poco mejor quién es su criatura y cuál es la clave de su desarrollo, no tan solo en el mundo, sino conforme a su único fin.

Hemos sido creados por una Comunión de Personas, distintas entre sí, pero tan unidas por el Amor que comparten una misma sustancia divina. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se encuentran en una dinámica de Amor Eterno desde siempre y para siempre, un Amor perfecto, de total donación y a la vez de total plenitud.

A imagen y semejanza1 de este núcleo existimos nosotros, única criatura a la que Dios ha amado por sí misma2. Esto trae consecuencias directas sobre nuestro ser y quehacer, que muchas veces quedan escondidas bajo concepciones erradas, percepciones diversas, o características banales y superficiales. Es necesario profundizar e internarse algunas “capas” en la existencia del ser humano para dar con las manifestaciones fenoménicas de su esencia.

Gracias a la Revelación, la realidad del hombre se ha visto iluminada de manera inconcebible para la sola razón. Nuestro origen, nuestro fin, nuestra razón de ser y nuestro camino, han sido develados por la Persona de Jesucristo, al habernos dejado vislumbrar el Misterio de la Trinidad. El esfuerzo ahora estará no tanto en penetrar las “capas” experienciales del hombre, sino en entender cómo caminar siendo fieles a nuestro ser más íntimo.

El equilibrio entre comunión e individualidad

Como primer hecho, podemos decir que el ser persona humana significa estar en relación, en comunión. Esto se da simplemente por el hecho de ser criaturas de Dios Trinidad. En efecto, lo primero para una persona humana es esta relación con su Creador, que la ha puesto en la existencia y la mantiene en ella.

Algunos teólogos3 comentan, no sin razón, que es posible situar a la comunión como previa a la persona humana, pues ésta es puesta en la existencia por una Comunión de Amor primigenia, manifestada en un amor humano. La comunión es esencial en la persona humana, y de este simple hecho abundan las consecuencias.

En primer lugar, podemos mencionar que somos seres sociales, nunca aislados. Sabemos que una persona es capaz de entablar muchas razones, tanto con sus semejantes como con otros seres vivientes y el mismo mundo material que lo rodea. Sin embargo, todas las relaciones están, en cierto sentido, sujetas a circunstancias y decisiones. Entre todas éstas, hay una de importancia trascendental: la relación con el Creador.

No necesariamente estamos hablando aquí de una relación consciente de la persona con Dios, quien la ha puesto en la existencia, sino de la relación de Éste con ella, independientemente de su conciencia del asunto. Esta relación no depende de circunstancias y decisiones, de características o condiciones, sino que está dada de facto en el origen y continúa mientras la persona exista.

El amor Creador de Dios es irrenunciable y continuo. Da origen y mantiene en la existencia a cada persona. Es por eso que, por otro lado, el hombre no podrá encontrar su plenitud y su sentido si no es en esta primera Comunión de Amor que le dio origen. Venimos del amor y caminamos hacia el amor.

No termina aquí, sino que además nuestro camino es el mismo amor. Mientras más correspondemos a aquella Comunión que nos mantiene en la existencia, más verdaderos a nuestra esencia nos mantenemos, más afines y alineados con nuestra esencia y vocación. Nuestra meta es el amor, entendido como la entrega de nuestra vida a los otros, a semejanza de la donación de las Personas en el interior de la Trinidad.

Ahora, también constatamos que un requisito de la comunión es la diferenciación. No pueden entrar en comunión dos seres que se confunden entre sí. El amor, puesto que es la entrega del “Yo” hacia el otro, necesita de la diferencia entre “Yo” y “otro”, de límites, de individuación. Es por eso que, al ser las Personas de la Trinidad individuos, lo somos nosotros también. No solo eso, sino que somos únicos e irrepetibles, cada uno una persona como nunca la ha habido y como nunca la habrá.

Como se puede observar fácilmente, esto conlleva una particularidad no solo en la persona, sino en sus manifestaciones a través de su naturaleza. Conlleva una intransferibilidad personal, y una misión específica en este mundo que nadie más es capaz de cumplir; una autodeterminación cuyo poder no imaginamos.

Estas líneas son sólo pinceladas de lo que somos, de lo que debemos llegar a ser y tienen la capacidad de orientarnos en nuestra existencia concreta, para compatibilizar nuestro ser y nuestra actividad, para vivir lo que somos. Un ámbito para hacerlo, y uno importante además, es la educación.

Personas educando personas

Toda labor educativa que trate de formar hombres va acompañada de una determinada concepción del hombre4. El formar personas a través de la educación, desde una perspectiva cristiana del hombre, requiere tener en cuenta estas características personales, para poder ofrecer un servicio que sea de verdadera ayuda y promueva el verdadero desarrollo.

Desde la primera aproximación se debe tener ya en cuenta el dato personal, especialmente el de la Creación. A pesar de que no es sólo éste el que se debe tomar en cuenta, pues el pecado y la Gracia también entran a tallar. Sí, es decisivo en cuanto a que ilumina tanto el origen como el fin de la persona, ambas cosas centrales en la formación (que es el medio).

La educación tiene la tarea de ser vehículo que ayude la persona a desarrollarse como tal, de proporcionar los medios adecuados, y no otros, para la personalización. San Juan Bosco, como un ejemplo de esto, profundizó de manera muy sencilla pero muy acertada en esta idea. Su visión preventiva para con los jóvenes que educaba, era un camino para estos mismos de desarrollo personal, incluso en entornos en los que era muy difícil estancarse o perderse en el camino.

Para Edith Stein, una visión cristiana del hombre es la que confía en su bondad original y su llamada a la perfección, por ser creado a imagen y semejanza de Dios5. Como se ha expuesto anteriormente, el hombre tiende a un fin que es la Comunión plena de Amor para la que Dios lo ha creado y es sostenido, acompañado y guiado en su camino por Él mismo.

Por el pecado, al hombre se le exige la lucha para poder caminar según la pauta del fin eterno y en su vida terrena buscará acceder a él. En la humanidad preternatural y en el mismo Cristo tenemos ejemplos de la perfección de la humanidad, a la cual todo hombre tiende. En la búsqueda de la perfección cristiana de su naturaleza se encuentra el camino de personalización.

El hombre necesita ser educado para poder comprender y seguir el camino de llevar su propia naturaleza a la perfección. Esto ocurre desde los primeros hombres y Dios ha tenido también a lo largo de la Historia una pedagogía con él. Según Edith Stein, “educar quiere decir llevar a otras personas a que lleguen a ser lo que deben ser”6.

Para un educador entonces, el entendimiento de la naturaleza humana y sus componentes, que manifiestan también el elemento personal, es clave. Educar personas quiere decir tomar en cuenta todo lo respectivo a lo que significa ser humanos, en especial el hecho de que el principal desarrollo del hombre siempre está guiado por las manos de Dios. Así, la labor del educador siempre será limitada, puesto que no se puede transgredir la libertad del educado, ni su naturaleza, y además tiene insuficiencias propias, como cualquiera.

La educación es verdadera y efectiva cuando se entiende que el verdadero educador es Dios, y que nosotros somos servidores de su causa. De esto deriva el respeto por los educados, un discernimiento por las estrategias más adecuadas para cada uno de ellos, un esfuerzo espiritual de comprensión. Educar según Dios es dejar que lo mejor de cada persona humana florezca y se potencie, en el camino hacia el amor. Educar según Dios es educar con amor7.

Educando al que más lo necesita

Finalmente, abordamos específicamente el tema de los más necesitados. En este caso, las circunstancias particulares de las personas más pobres requieren especiales atenciones de parte de los educadores y de aquellos encomendados por Dios con la labor de acompañarlos en su desarrollo.

Las mismas consideraciones antes descritas se cumplen también en este caso: en primer lugar, el pobre es persona. Jesús, durante su vida, mostró especial atención por los pobres y nos dejó el encargo de hacerlo nosotros también. Existe una responsabilidad especial, primaria, con los pobres, incluso antes que cualquier otra: un amor preferencial que debe manifestarse también en la educación.

Justamente son las personas más pobres las que carecen muchas veces del acceso a ésta. Se suma a esto el hecho de que su falta de recursos los sitúa en contextos difíciles, de violencia, de delincuencia. Se ven muchas veces obligados a tomar empleos abusivos y a darles prioridad sobre otros aspectos de su vida, en atención a la mera supervivencia, debilitando muchas veces su compromiso consigo mismos y con los demás.

Jesús, como el Maestro, nos enseña a responder a esta necesidad concreta mediante su Encarnación. Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. De la misma manera, para poder responder a esta realidad, es necesario vivir, experimentar la realidad del pobre y generar soluciones desde esta perspectiva.

Dicho esto, considero que algunos elementos necesarios serán: la paciencia, para acompañar la toma de responsabilidades y compromisos de aquellos a quienes más se les dificulta; la comprensión y asertividad, para influenciar en el, muchas veces necesario, reordenamiento de prioridades en sus vidas; la sencillez y empatía, que hacen del proceso menos solitario y generan confianza; la continua atención, que permitirá mantener una mejora continua de los procesos y herramientas; el compromiso, esfuerzo, generosidad y conciencia del sentido de la misión, que hacen del recorrido un verdadero camino de personalización; entre otros.

Solo así se podrá aspirar a un verdadero cambio en la educación de aquellos que más lo necesitan, y a través de este cambio, uno mayor en sus vidas, que haga crecer cada vez más en ellos la conciencia de su dignidad y su destino, de su condición de criaturas amadas por Dios y llamadas en esta vida, a caminar por el sendero del amor hasta llegar a esa comunión perfecta de la cual son fruto.

1Ver Gn 1,26
2Ver Gaudium et Spes, 24
3Referencia a la personología de Massimo Serretti y sus afines
4Ver EDITH STEIN, La estructura de la persona humana, pp. 3
5Ver EDITH STEIN, La estructura de la persona humana, pp. 10
6Allí mismo, pp. 195
7Ver allí mismo, pp. 17

Sergio Mavridis

Sergio nació en Lima (Perú). Estudió 3 años de Ingeniería Mecatrónica en la PUCP. Es integrante del Sodalicio de Vida Cristiana.

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