Primera aproximación a los términos.

Introducción

El presente ensayo tiene como propósito analizar dos conceptos antropológicos: realismo de los santos y ciencia de los santos. Estos conceptos fueron formulados por Edith Stein en la introducción de Ciencia de la Cruz, texto en el cual la autora analiza el pensamiento y el espíritu de San Juan de la Cruz con ocasión del 400 aniversario de su nacimiento.

La riqueza de estos conceptos será evaluada a partir de su capacidad para describir la auténtica potencialidad y realización de la persona humana. Esta capacidad será propuesta en este ensayo como un modelo o paradigma antropológico apto para desarrollar eventualmente una psicoterapia, ya que permite comprender la originalidad de la naturaleza humana y su disposición primigenia hacia la comprensión y expresión del auténtico sentido de la realidad, es decir, permite comprender también la auténtica realización de la persona.

  1. La pérdida de la impresionabilidad y expresividad originarias de la naturaleza humana

La naturaleza humana ha sido herida por el pecado[1]. Con ello, las potencialidades de realización de la persona humana se han visto afectadas. Edith Stein comenta brevemente esta situación existencial analizando algunos «signos reconocibles naturalmente que indican que la naturaleza humana, tal como realmente es, se encuentra en un estado de corrupción»[2]. Para ello, la santa se enfoca primordialmente en los impedimentos para percibir y comprender la realidad cabalmente, y poder responder a ella, es decir «la incapacidad de comprender el estado de las cosas conforme a su verdadero valor interior y de responder»[3]. Aparentemente, el ser humano, por una suerte de «”estupidez” congénita», por «un embotamiento que a lo largo de la vida se ha ido formando» o por «un embotamiento frente a ciertos estímulos determinados como consecuencia de una rutinaria repetición», se hace incapaz, en su naturaleza, de percibir el significado y el valor de la realidad, haciéndose insensible a ella y teniendo a las cosas como inaccesibles a su ser. Además, –agrega Stein– esta experiencia no es neutra, sino que genera sufrimiento, especialmente en relación al campo religioso, ya que para el creyente resulta particularmente doloroso experimentar una insensibilidad frente a los acontecimientos salvíficos: éstos «nunca (o ya no) les han impresionado como es debido, y no muestran en su vida la fuerza formadora que debían»[4].

Lo dicho plantea la siguiente interrogante: ¿cuál es la auténtica y originaria manifestación de la naturaleza humana? Como se puede notar, el enfoque del análisis sobre la corrupción por el pecado apunta al hecho de que el ser humano debería tener, en su estado primigenio, una natural impresionabilidad frente a lo real, así como una correspondiente fuerza formadora, ya sea como expresión de la vitalidad de esta misma realidad que se percibe y actúa en la persona, como también por el hecho de que la persona que la acoge tiene la disposición correcta para dejarse formar por ella y responder. La naturaleza humana debería permitir que se exprese la persona, pero al mismo tiempo, debería consentir que la realidad se manifieste a través de ella. Para comprender esto es necesario tener un concepto de “realidad” amplio, es decir, lo real no debe identificarse con lo cuantificable únicamente, como erróneamente tiende a pensarse[5]; lo real significará en este ensayo, principalmente, el ser en su expresividad de sentido y en su eficacia vital que transforma a aquel que lo acoge, y que, en esa dinámica, lo realiza, es decir, hace que la persona sea más real en la medida en que su ser exprese más cabalmente toda la riqueza de su significado existencial.

Desde una perspectiva creyente afirmamos que la persona tiene en su existir un fundamento teológico: en su constitución original la persona humana está sostenida en la existencia por una relación originaria, es decir, el acto continuo de la creación que expresa la relación original de amor sobreabundante que sostiene a la persona en su existencia. En este estado natural de las cosas, lo normal para la persona humana sería el poder disponer de su naturaleza para que esta relación originaria perfeccione todas sus facultades y se exprese indefectiblemente en su libre actuar[6]. En otras palabras, si tomamos a la Relación Trinitaria como la Realidad por antonomasia, la dinámica original de las realidades creadas debería consistir en dejarse permear por la Realidad y expresarla. Sin embargo, sabemos que el curso de la historia no fue este, y que el ser humano cometió un acto de rebeldía contra Dios y contra sí mismo, introduciendo en la naturaleza una distorsión que, como hemos visto según el análisis de Edith Stein, se manifiesta principalmente por una incapacidad para reconocer e impresionarse por lo real, y dejarse transformar (o realizar) por ello.

  1. El Realismo del santo como respuesta a la corrupción de la naturaleza humana, y como preparación para la Ciencia de los Santos

Con lo señalado surge una nueva interrogante: frente al estado actual de corrupción de la naturaleza humana, ¿cómo es posible realizarse? No nos detendremos a comentar la iniciativa de Dios en la historia de la salvación de la humanidad[7], pues no es el objetivo de este ensayo. Sin embargo, analizaremos la dinámica o el curso que debería seguir una persona en este proceso de realización.

Por oposición a la falta de sensibilidad ante lo real, Edith Stein presenta el concepto de “realismo del santo”. Ella lo formula con las siguientes palabras: se trata de «la receptividad interior original del alma renacida en el Espíritu Santo»[8]. Lo primero que hay que notar es que la condición imprescindible para que se dé tal realismo es el renacimiento en el Espíritu Santo, es decir, implica necesariamente la actuación de la gracia, y este renacimiento puede interpretarse de distintas maneras análogas: ya sea como un sacramento (Bautismo) o como una conversión religiosa en un momento específico de la historia personal o como estado permanente de una constitución religiosa de la vida. Se debe descartar, por lo tanto, que el “realismo del santo” sea una suerte de técnica gnoseológica o epistemológica, ya que presupone un renacimiento, una nueva vida, es decir, dado que el principal impedimento es la corrupción de la naturaleza, sólo la reconciliación de la misma le devuelve su forma original.

Por otro lado, en cuanto a la “receptividad interior original del alma”, Edith describe lo siguiente: «lo que en ella entra, lo acoge en la forma adecuada y en la correspondiente profundidad; y encuentra en ello –no impedida por ningún falso entumecimiento ni entorpecimiento– la fuerza viva, móvil y dispuesta a ser formada, y que se deja dirigir y moldear fácil y alegre por lo recibido»[9]. Se puede observar la oposición tangencial con el estado de corrupción de la naturaleza que previamente se ha descrito. Teóricamente, si la persona es regenerada por la gracia y coopera con ella, tendrá a su disposición una fuerza natural que le es propia en cuanto creatura. En este estado podemos notar, primeramente, que la naturaleza de la persona posee una permeabilidad adecuada para percibir y acoger lo que en ella entra. Esa adecuación es tal en la medida en que lo acogido se percibe en la correspondiente profundidad, es decir, cada realidad tiene una profundidad y un valor que le corresponde, y no será lo mismo dejarse “tocar” por la contemplación de un atardecer que por las palabras sabias de un maestro en la vida espiritual. Cada realidad puede ser percibida rectamente en la medida en que se la ubique en relación a un horizonte de sentido pleno.

Además de ello, esta realidad que “entra en contacto” con la persona a través de su naturaleza, la debe dirigir y moldear, es decir, se presupone una vitalidad propia presente en todo lo que es real, y esto resulta un tanto evidente si se recuerda que el concepto de “realidad” está íntimamente unido al concepto de “significado”. Todo lo que posee significado tiene por sí mismo la capacidad de indicar también un sentido que dirige y, por lo tanto, moldea o da forma al que lo acoge. En otras palabras, la condición de la naturaleza humana “sanada” por el renacimiento en el Espíritu Santo, hace a la persona capaz de “resonar” proporcionalmente al “toque” de la realidad que se le manifiesta. Nótese el paralelo analógico con un instrumento musical que, estando bien afinado, resuena perfectamente según la frecuencia de onda propia de cada nota, y según la habilidad del músico que lo interpreta. Edith Stein utiliza sus propios ejemplos para explicar lo dicho: el realismo del niño y el realismo del artista. En cuanto al primero, la santa resalta la ductilidad o maleabilidad propia del alma de un niño: ésta «es blanda y dúctil. Lo que en ella penetra puede fácilmente estar dándole forma de por vida»[10]. Respecto al segundo caso, ella compara esta impresionabilidad con la del artista: «Por la fuerza inquebrantable de su impresionabilidad, el artista se emparienta con el niño y con el santo»[11]. Es un intento de describir lo propio del artista, es decir, su espontaneidad para sentirse conmocionado por una realidad contemplada, la cual no permanece indiferente a él, sino que de cierto modo lo forma interiormente y lo impulsa a expresarla exteriormente con alguna obra de arte: «Es propio del artista, que aquello que interiormente le conmociona, exige ser formado en él en “imagen” y, también, ser formado hacia afuera»[12].

Es interesante notar, especialmente en el caso del realismo del artista, cómo Edith explica que, dicha impresionabilidad que forma a la persona, también “la utiliza” a ella misma como instrumento para hacer resonar el horizonte de sentido pleno. Recuérdese que se explicó que cada realidad posee un valor y una profundidad propia en la medida en que se relaciona a este horizonte absoluto. En el caso del artista, la santa hace alusión a una especie de experiencia o condición simbólica que sería algo propio de la naturaleza humana en su estado primigenio o reconciliado por la gracia. Así, el artista (o la persona humana), «de la plenitud infinita del sentido hacia la que avanza todo conocimiento humano, capta algo y lo hace manifiesto y lo expresa; y, ciertamente, de tal manera que hace resonar misteriosamente la totalidad de la plenitud de sentido, inagotable para todo conocimiento humano»[13]. Se trata de un acto de revelación, una suerte de epifanía que es constitutivamente inherente a la naturaleza creada de la persona humana, pero, al mismo tiempo, es algo propio de sus obras, como debería serlo toda auténtica creación artística. También se ha de notar que estas mismas obras de las manos del ser humano, al portar en sí un valor y un significado que revela o hace resonar el horizonte de sentido pleno, apela redundantemente a la misma persona que lo crea. Para explicar esto Edith utiliza el ejemplo de un artista que elabora una imagen de la Cruz: «el Crucificado espera también del artista algo más que una imagen. Él le exige, como a todo hombre, el seguimiento: que se convierta él mismo en imagen de Cristo cargado con la cruz y crucificado, y conforme a ella se deje modelar»[14]. Esto significa hipotéticamente que la persona humana renacida en el Espíritu Santo también se hace sensible a sus propias obras, descubriendo en ellas su propia imagen, la cual, a su vez, es imagen de Dios, y por ello mismo, se siente apelada por Él. Con otras palabras, la imagen externa se hace forma interior de la conducta de la persona en la medida en que se acoge en su correspondiente profundidad. Esta conducta informada por el significado de la realidad contemplada y actuada, «impulsa al camino del seguimiento»[15], e introduce a la persona en la dinámica del segundo concepto que se analizará en este ensayo: “la ciencia de los santos”.

  1. La Ciencia de los santos como expresión del camino de seguimiento

Dice Edith Stein, refiriéndose al concepto del realismo del santo: «Cuando la fuerza de un alma santa acoge de esta manera las verdades de la fe, entonces ella llega a la “ciencia de los Santos”. Cuando el misterio de la cruz se convierte en su “forma interior”, entonces alcanza la “ciencia de la cruz”»[16]. De todas las realidades que la persona puede percibir en este estado de “realismo”, las verdades de la fe tienen una fuerza particularmente significativa para su realización personal. Cuando estas verdades adoptan un carisma determinado, como por ejemplo el carisma de la Cruz para los Carmelitas Descalzos, entonces esta ciencia adopta su forma específica.

Cabe indicar que el concepto de “ciencia” es explicado por la santa de tal forma que no se malinterprete y confunda con la noción más coloquial del término, es decir, como un cuerpo teórico de conceptos estructurados orgánicamente y con sentido: «no se trata de una simple “teoría”, es decir, ni de una pura relación –verdadera o pretendida– de proposiciones auténticas, ni de una construcción ideal en base a pensamientos coherentes». Este es el significado más usual según los cánones hodiernos del mundo científico. Tiene, además, un claro matiz idealista y, por lo tanto, no sería extraño ver en esto una crítica al pensamiento alemán ilustrado[17]. Aun así, el significado de ciencia que Stein utiliza no se opone directamente a esto, sino que más bien lo amplía y extiende.

Ella señala: «Se trata de una verdad bien conocida –una teología de la cruz–, pero verdad viva, real y operante: como un grano de trigo que se siembra en el alma, echa raíces y crece, así da al alma un sello característico y la determina en sus acciones y omisiones, de tal modo que por ellas resplandece y se manifiesta»[18]. Naturalmente, la palabra ciencia hace alusión a los conceptos de “conocimiento” y de “verdad”: podríamos decir que la ciencia es el conocimiento de la verdad. Sin embargo, agrega la santa, esta es una verdad viva, real y operante. Se puede notar el paralelo con el concepto de “realidad” que estamos empleando, sin embargo, la salvedad aquí es que se trata de las verdades de la fe propiamente. Éstas actuarían en la persona con la dinámica de una semilla que va echando raíces y germinando desde el interior. Lo interesante aquí es notar que esta vitalidad que anida en el interior del hombre y va desarrollándose, impregna al alma de un sello característico. Podríamos atribuir a esto una comparación con el “sello” ontológico que se imprime por el sacramento del Bautismo, sin embargo hace referencia propiamente a una determinación en las acciones y omisiones de la persona. Eso significa que, de alguna manera, esta “semilla” de verdad viva anida en la sede de la conciencia, desde donde la persona dispone de su libertad para actuar. Aquí se puede comprender claramente por qué este concepto de ciencia no es meramente teórico, sino que tiene necesariamente una implicancia moral. Por último, se puede notar cómo, al igual que en el realismo del santo, la verdad que se acoge en la conciencia, y que tiene una vitalidad propia, resplandece y se manifiesta por medio de las acciones de la persona.

Como ya se puede ir percibiendo, el realismo del santo no es enteramente distinto de la ciencia de los santos. Son más bien dos momentos que se unifican y retroalimentan en la persona humana. Se puede decir que el realismo de los santos es disponer la naturaleza humana para acoger la Palabra de Dios y resonar apropiadamente con Ella; mientras que la ciencia de los santos es la expresión vital de la Palabra de Dios en el ser humano. El realismo de los santos es la condición que lo hace posible. Esto también se puede comprender al notar que Edith Stein indica que la ciencia de los santos es algo a lo que se llega, es decir, implica un seguimiento, y este seguimiento se hace posible auténticamente cuando la naturaleza humana está bien dispuesta (o preparada) para el mismo. Teóricamente se podría reconocer que una persona está apta para la iniciación en la ciencia de los santos en la medida en que tenga reconciliadas o sanadas sus facultades naturales de impresionabilidad y expresividad ante la realidad según su profundidad y valor correspondiente. De no ser así, las verdades de la fe no podrán ser percibidas rectamente y tampoco encontrarán en la persona una naturaleza que le permita “resonar” y expresarse externamente. Si la persona se iniciase en esta ciencia, podría luego descubrir qué carisma particular de las verdades de la fe se ajusta más propiamente a su identidad y vocación, como por ejemplo el carisma de la Cruz para la vocación carmelita de San Juan. Así, indica nuestra santa: «En este sentido se habla de una “ciencia de los santos” y nosotros hablamos de ciencia de la cruz»[19].

Finalmente, para recapitular el sentido “teórico” de la ciencia, que no queda abolido por esta noción, sino que se reconfigura, es oportuno señalar que Edith, de cierta forma, podría estar refiriéndose a él como una “cosmovisión” de la persona: «De esta forma y energía vital brota, también, desde la más profunda interioridad, la concepción de la vida, la imagen de Dios y del mundo del hombre, y así puede encontrar su expresión en una concepción, en una “teoría”»[20]. Naturalmente, para que una verdad se exprese vitalmente, primero debe ser comprendida e interiorizada. La ciencia de los santos implica una labor de asimilación de las verdades de fe de tal forma que vayan configurando la concepción que la persona tiene de todas las dimensiones fundamentales de la realidad, como por ejemplo la concepción de la vida, Dios, el mundo, el hombre, y se podrían mencionar otras. Por esto mismo, en la conceptualización de “ciencia”, Edith también agrega que se trata de una teología, pues implica un conocimiento de las verdades divinas.

  1. Discusión

Existen aún muchos aspectos que valdría la pena seguir analizando en relación a los dos conceptos tratados en este ensayo. Sin embargo se postergará tal labor a fin de poder sintetizar algunos puntos de discusión que permitan una mejor profundización en estas realidades.

En primer lugar, al notar la semejanza entre los dos conceptos, surge la siguiente interrogante: Si el realismo de los santos presupone un renacimiento en el Espíritu Santo, y éste a su vez presupone una acogida de las verdades de la fe, ¿se puede decir en verdad que el realismo de los santos es la preparación para la ciencia de los santos? ¿No podría ser al revés? Parece necesario mantener la tensión propia que surge entre ambas nociones sin entrar en oposición alguna. Para ello es de gran ayuda recordar que la iniciativa no es del hombre, sino de Dios, y que si se debe identificar el inicio de este proceso, éste debe ubicarse en Él. No obstante, Dios es principio y fin, y por lo tanto, sin dejar de ser el iniciador, es también el objetivo final del proceso. Es más, Él es también quien sostiene a la persona en este camino de seguimiento. Por lo tanto, parece lícito tomar al realismo de los santos como una preparación, pues hace referencia principalmente al momento de la iniciativa divina en que el hombre lo acoge para iniciar una vida nueva; mientras que la ciencia de los santos hace alusión al proceso de seguimiento y conformación con Cristo. Evidentemente quedaría por señalar qué es aquello que hace posible que la persona se inicie en el realismo de los santos.

Un segundo punto que hay que discutir es si se puede hablar de la posibilidad de que exista un modo de aprender y enseñar tanto el realismo como la ciencia de los santos. Como se indicó en la introducción de este ensayo, al analizar estos dos conceptos se busca explorar la posibilidad de utilizarlos como modelo o paradigma de una eventual psicoterapia. Nuevamente es oportuno hacer hincapié en la iniciativa divina. El primer agente de este proceso de realización personal es Dios mismo, y el hombre coopera. Si de alguna manera se formulase un “método” de enseñanza o de terapia, se ha de tener a Dios como principal referencia. Esto significa que el terapeuta que busca identificar el nivel de “operatividad” de los rasgos de impresionabilidad y expresividad para evaluar el “nivel” de realismo del paciente, tendría que hacerlo a la luz de la acción de Dios en la vida de esta persona. De ser así, aún quedaría por investigar si existe un modo de sistematizar este proceso. Dado que aquí la materia sobre la que se trabaja es fundamentalmente una relación personal (entre Dios y la persona), debe tomarse en cuenta que cada caso será único y distinto, por lo tanto se descarta un único método para todos los casos. Sería necesario abordar el “caso” desde todas las particularidades que le dan significado propio al “nivel” de realismo del sujeto. De esta forma podría catalogarse a los impedimentos del realismo según su causa o naturaleza, por ejemplo si se ubica en un rasgo constitutivo, si se trata de un rasgo del temperamento o del carácter, si es más bien un evento (o varios) de la historia personal del paciente, o si se trata de una pedagogía divina que se ha de esclarecer con el tiempo. Por ello mismo, mientras no quede claro si se puede sistematizar una metodología acorde a cada caso, lo más recomendable es tener a la virtud de la prudencia como criterio principal de discernimiento.

Conclusión

Luego de este análisis preliminar de los conceptos de realismo del santo y ciencia de los santos en pos de explorar un posible modelo para una psicoterapia, podemos concluir que la naturaleza humana sí posee una dinámica originaria propia que explica la relación fundamental y primordial entre la persona humana y la realidad. La realidad es un concepto análogo y gradual, según la jerarquía de los seres. Por ello, la realidad por antonomasia es Dios mismo. Esto también permite concluir que en la constitución originaria de la persona humana existe una relación fundamental con Dios que nunca desaparece, ya que sostiene el ser la persona. El realismo de los santos vendría a expresar esta condición originaria en dos aspectos principales: la impresionabilidad y la expresividad de esta Realidad y las demás realidades.

La ciencia de los santos, propiamente, se refiere a un estado habitual de la persona que, estando bien dispuesta, ha acogido las verdades de la fe y las expresa en su conducta. Es una ciencia tanto en sus aspectos teóricos como morales, y su característica principal es que la Verdad viva adquiere cierta primacía y autonomía en la medida en que se expresa en la persona que la ha acogido.

Si se pudiese formular una psicoterapia con estas premisas, ésta se presentaría bajo la forma de una realización personal. Otros conceptos análogos que también podrían expresar la dinámica propia de este proceso son: enseñar la ciencia de la vida, enseñar el arte de vivir, tener maestría personal, despertar a la realidad, despertar a la vida, conformarse con la realidad, etc. En otras palabras, esta psicoterapia consistiría en enseñar a la persona humana la ciencia de los santos a partir de la educación en el realismo de los santos. Se buscaría disponer su naturaleza para que la persona, en su relación originaria, pueda dejarse permear por la Realidad y expresarla en su vida y misión.

Aún quedan puntos importantes por evaluar, así como también recursos de la misma autora que necesariamente deben ser tomados en cuenta. Entre ellos señalamos especialmente su escrito sobre El castillo interior[21], donde Edith Stein hace una categorización sistemática del proceso por medio del cual la persona humana se relaciona de forma cada vez más real con el fundamento de su existencia, Dios mismo en su interior.

Referencias Bibliográficas

Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal, Reichstag, Berlín, jueves 22 de septiembre de 2011.

Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual.

Edith Stein, Ciencia de la Cruz en Escritos espirituales: en el Carmelo Teresiano: 1933-1942, Ediciones El Carmen, Vitoria, 2004.

Edith Stein, El castillo interior, en Escritos espirituales: en el Carmelo Teresiano: 1933-1942, Ediciones El Carmen, Vitoria, 2004.

Immanuel Kant, Prólogo a la Segunda Edición de Crítica de la Razón Pura, FCE, UAM, UNAM, México, 2009.

Juan Pablo II, Redemtor hominis. Carta Encíclica.

© 2016 – Luis Alonso Ramos Franco para el Centro de Estudios Católicos – CEC

[1] Ver Gaudium et spes, 13.

[2] Edith Stein, Ciencia de la Cruz en Escritos espirituales: en el Carmelo Teresiano: 1933-1942, Ediciones El Carmen, Vitoria, 2004, p. 206.

[3] Lug. cit.

[4] Lug. cit.

[5] «El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual en modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma no es una cultura que corresponda y sea suficiente en su totalidad al ser hombres en toda su amplitud» (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal, Reichstag, Berlín, Jueves 22 de septiembre de 2011).

[6] Ver Gaudium et spes, 22; 2Pe 1,4.

[7] Ver Juan Pablo II, Redemtor hominis, 8.

[8] Edith Stein, op. cit., p. 106.

[9] Lug. cit.

[10] Allí mismo, p. 207.

[11] Lug. cit.

[12] Lug. cit.

[13] Allí mismo, p. 208.

[14] Lug. cit.

[15] Lug. cit.

[16] Allí mismo, p. 206.

[17] Aquí una referencia al “giro copernicano” atribuido al máximo expositor de la ilustración alemana: «Ahora bien, si cuando se supone que nuestro conocimiento de experiencia se rige por los objetos [tomados] como cosas en sí mismas se encuentra que lo incondicionado no puede ser pensado sin contradicción; y si, por el contrario, cuando se supone que nuestra representación de las cosas, como nos son dadas, no se rige por ellas [tomadas] como cosas en sí mismas, sino que estos objetos, como fenómenos, se rigen más bien por nuestra manera de representación, se encuentra que la contradicción se elimina» (Ver Immanuel Kant, Prólogo a la Segunda Edición de Crítica de la Razón Pura, FCE, UAM, UNAM, México, 2009, p. 30.

[18] Edith Stein, op. cit., p. 206.

[19] Lug. cit.

[20] Lug. cit.

[21] Ver Edith Stein, Ciencia de la Cruz en Escritos espirituales: en el Carmelo Teresiano: 1933-1942, Ediciones El Carmen, Vitoria, 2004, p. 79-ss.

Luis Alfonso Sánchez Mercado

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