Buen Pastor (Kiko Argüello)

“Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas… Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego” (Jn 10, 10-11.18).

line-swash-ornament-divider-writing-paragraphDíceme el pastor que en el silencio
siente el siseo arrullarle;
cuenta del letargo de tal sueño
viene a muy difícil despertarse;
siente la inquietud a fuego lento
en angustia y poco cocinarse;
siente el desespero del veneno,
el vinagre tibio apresurarse.

Díceme el pastor que siente adentro
fuerte repulsión y hasta desaire,
aborrecimiento muy severo,
náusea e irrisión y hasta el asquearle
el rumor y gusto de lo eterno
y las enseñanzas paternales,
el solo perfume del encuentro
y de su mirada el auscultarle.

Siente en su interior que ser cordero
es llamado que hale de aterrarle;
díceme el pastor que pierde el sueño
discurriendo cómo apacentarles,
cómo alimentar a sus pequeños,
cómo habrá hoy de predicarles;
pero tiene rostro de harapiento,
muerto en vida, faz de funerales.

Díceme el pastor fiero combate
libra en su interior cada momento
porque mil y una vanidades
urgen en alzarlo hasta los cielos;
cuenta el pugilato que él embate
líbralo urgido y bien despierto
contra el Principado de los aires
que es de Satanás y sus adeptos.

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El Pastor, el Bueno, y la vocación pastoril del hombre

El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su «vara y su cayado me sosiega», de modo que «nada temo» (cf. Sal 23 [22],4), era la nueva «esperanza» que brotaba en la vida de los creyentes.

Estas palabras de su Santidad Benedicto XVI, en el número 6 de su encíclica Spe salvi (Sobre la esperanza cristiana), son, a mi modo de ver, sumamente enriquecedoras para comprender a Jesús como Buen Pastor. Nos hablan del pastor verdadero como aquel que ha probado la muerte para bien nuestro (ver Heb 2,9). Porque conoce el valle de la muerte y sus cañadas oscuras, Jesús es capaz de guiarnos por ellas hacia pastos de vida eterna (ver Heb 2,10).

“Él mismo ha recorrido este camino” –insiste el Santo Padre–. Dios hecho hombre, el Buen Pastor, ha enfrentado la muerte y no ha cejado en librar contra ella un fiero combate, que ha llevado hasta el extremo de entregar la propia vida. La sangre transpirada entre los árboles de Getsemaní y pródigamente derramada en el madero de la Cruz dan testimonio de ello.

Experimentar a Jesús que se manifiesta como Buen Pastor hace brotar en la vida del creyente, tal como refiere Benedicto, una nueva «esperanza». Y es que entrar a fondo en el misterio de Cristo constituye verdadera luz para el hombre, puesto que, “en realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, 22).

“Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas… Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego” (Jn 10, 10-11.18). La figura del Pastor, el bueno, que Jesús asume para sí, nos habla sobre el hombre mismo. ¡Y cuán lejos está de mostrarnos a un varón de rostro edulcorado! Al contrario, nos habla con elocuencia del vir, del hombre verdadero y pleno que aspira ser el cristiano en cooperación con la gracia.

Jesús no solo nos ofrece un modelo. Se nos presenta Él mismo como el modelo de plena humanidad: “en Él hemos sido creados” (Ef 2,10). Y nos agracia haciéndonos partícipes de su Vida. Oveja bajo el cayado del Ungido, el hombre ha sido llamado a ser plenamente hombre siendo partícipe de la vocación divina a ser pastor. Tal lo expresa el Señor que dice: “Así como tú [Padre] me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo” (Jn 17,18); y en otro lugar: “Apacienta mi rebaño” (Jn 21, 15).

“¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra?” (Job 7,1)

La oblación de sí mismo por las propias ovejas constituye un elemento fundamental de la vocación pastoril. Esta entrega del Pastor por sus ovejas es sobre esta tierra agonía, esto es, combate extenuado hasta la muerte. Es forcejeo por el propio rebaño. ¿Contra quién? ¿De qué índole?

Antes de responder a estas preguntas, vale la pena recordar aquello que nos enseña la Gaudium et spes al respecto: «Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de este mundo, que le retenía en la esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud… A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación» (n. 10).

La agonía del Pastor se encuadra en el marco de la Economía de la Reconciliación. El relato del Apocalipsis ilustra en el capítulo 12 la batalla entablada contra el Dragón y los suyos. Narra cómo, frustrado su ardid contra la Mujer encinta y arrojado definitivamente de los cielos a la tierra, el Maligno se abalanza despechado contra los hijos de la Mujer, para librar con ellos guerra.

Es de esta manera que se inserta el hombre en la agonía o combate de Cristo. Librado de las ataduras de la muerte, debe librar aún un verdadero combate espiritual contra Satanás. En este combate toma parte de la agonía del cuerpo místico de Cristo, que es su Iglesia, según la palabra del Señor: “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros… Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 18.20).

Este combate, librado en vida, culmina con la muerte. La muerte no es el fin del hombre, su derrota definitiva, ni mucho menos, cuando oblación, ofrenda estéril. Constituye el paso a la Vida, la propia vida del todo liberada y entregada en manos del Señor. Esta ofrenda amorosa de sí mismo, que participa de la de Cristo, entraña en la tierra un combate real contra Aquel que quiere aprehenderla: el Príncipe del Aire, Satanás, ensañado contra Dios misericordioso y su Economía de Reconciliación (ver Ef 2,2).

He ahí la naturaleza y lugar del combate espiritual y, con ello, la respuesta a nuestras preguntas.

Conclusión

Jesús es el Pastor, el Bueno, que da la vida por sus ovejas. Nadie le quita la vida: él mismo la entrega. La oblación de sí mismo por el propio rebaño constituye un elemento fundamental de la vocación pastoril. El hombre, que es llamado a participar de la vocación pastoril del Hijo, vive su vocación más plena en la entrega amorosa de sí mismo a los demás. Esta ofrenda de sí es sobre esta tierra agonía, esto es, combate contra el Príncipe del Aire, Satanás.

© 2015 – Renzo Chávez para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Renzo Chávez

Renzo nació en Lima (Perú) en 1993.

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