BaobabsEl principito, de Antoine de Saint-Exúpery, es más de lo que aparenta ser a primera vista: un mero libro infantil. En efecto, no se trata de un cuento que relata vanas niñerías. Podría decirse, más bien, que es un serio y elocuente ensayo de expresar lo esencial del hombre: sus más profundos anhelos e interrogantes, sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias; en fin, lo verdaderamente humano (cf. GS, 1). No obstante, hace falta un corazón de niño para poder comprender a cabalidad el misterio que entraña el discurso en su sencillez. Lo esencial es invisible a los ojos.

Esto que afirmo lo digo por experiencia propia. Nace de una experiencia de des-cubrimiento. De saborear aquellas páginas tras leerlas con detenimiento.

Hace no mucho coincidió que, al mismo tiempo que meditaba en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30.36-43), me topé con un capítulo de El principito que me remitió inmediatamente al Evangelio: aquel que trata sobre los baobabs ((Según el Diccionario de la Real Academia Española, un baobab es un «árbol del África tropical, de la familia de las Bombacáceas, con tronco derecho de 9 a 10 m de altura y hasta 10 de circunferencia, ramas horizontales de hasta 20 m de largo, flores grandes y blancas y frutos capsulares, carnosos y de sabor acídulo agradable».)). Si bien el Evangelista y el autor francés no comparten enfoques idénticos, es sorprendente el parecido: desde perspectivas similares y complementarias, se aproximan a un mismo asunto de fondo. Quisiera compartir algunas reflexiones que tuve al respecto.

Hierbas buenas y hierbas malas, como en todos los planetas

“En el planeta del principito, como en todos los planetas, había hierbas buenas y hierbas malas” —sentencia el autor con tinte de proverbio—. De esta manera el Principito inicia un conciso discurso caracterizado por la sabiduría de su sensatez: “Como resultado de buenas semillas, buenas hierbas; y de malas semillas, malas hierbas. Pero las semillas son invisibles. Duermen en el secreto de la tierra hasta que a una de ellas se le ocurre despertarse. Entonces se estira y, tímidamente al comienzo, crece hacia el sol una encantadora briznilla inofensiva. Si se trata de una planta mala, debe arrancarse la planta inmediatamente, en cuanto se ha podido reconocerla”.

El planeta del Principito no es distinto a los otros. Él es alguien maravilloso, un tipo singular, sin lugar a dudas; pero no vive exento de una de las más misteriosas, fascinantes e incomprensibles realidades humanas: en el corazón del hombre conviven el trigo y la cizaña. El trigo proviene de Dios; la cizaña, del Maligno. La hierba buena es un don inmerecido; la mala, un fruto del propio pecado. Quiéralo o no, existe en mí el pecado. Y quiéralo o no —más estremecedoramente aún—, existe en mí una semilla de trigo que, a pesar de mi más terrible ruptura, puede seguir creciendo silentemente al ritmo del amor.

Las buenas semillas traen buenos frutos. Las malas, frutos malos. Absolutamente sensato. ¿Entendemos las consecuencias de esto? ¿Entendemos verdaderamente aquello de por sus frutos los conoceréis? Quiere decir que, si florece en mí el trigo, existe una semilla buena en mí, más allá de cómo me siento o no me siento, de si experimento que la estoy haciendo o no la estoy haciendo. ¿Lo creo?

Aceptar la realidad del trigo en mí no es tan fácil. Ante la evidencia de la cizaña, cuesta creerlo. La presencia de la cizaña puede acaparar demasiado nuestra mirada, obnubilándola. Muchas veces, cuando despunta la cizaña reaccionamos con actitud alarmista y quejosa (ver EG, 24). Nos rebelamos ante la realidad de la cizaña y no la aceptamos: no queremos creer que está allí porque, en el fondo, eso supondría negar la existencia de toda buena semilla en mí. Pero, ¿es eso cierto? Aceptar la cizaña no es negar la existencia del trigo.

Una vez más: trigo y cizaña conviven juntos. Es necesario entenderlo. Esto no significa —vale la pena aclararlo— adoptar una postura de desalentador realismo: “por más que lo intente, la cizaña no va a dejar de aparecer, embarrando la hermosura del trigo”. Al contrario, aceptar esto nos abre a una actitud de sano realismo de la esperanza. Ser realistas significa, sí, aceptar la cizaña y el trigo, pero es mucho más. Significa aceptar que el trigo vence a la cizaña, hasta sus últimas consecuencias. La fe nos lo enseña: Cristo venció en la Cruz y el amor es más fuerte que la muerte. Aceptar la realidad da esperanza. Y nuestra esperanza no es solo una esperanza futura: el trigo vencedor está creciendo hoy en nuestros corazones y va sometiendo a la cizaña al ritmo del amor.

Ante el trigo y la cizaña, la hypomoné

“Había, pues —prosigue—, semillas terribles en el planeta del principito. Eran las semillas de los baobabs. El suelo del planeta estaba infestado. Y si un baobab no se arranca a tiempo, ya no es posible desembarazarse de él. Invade todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y si los baobabs son demasiado numerosos, lo hacen estallar”.

La analogía del baobab me resulta evidente. El baobab es figura del pecado, de aquello que es capaz de infestar el suelo del corazón y que, no despejado con diligencia, puede incluso perforar el espíritu endurecido e invadirlo, destruyéndolo todo. «El enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo» (EG, 225). No obstante, hace falta cooperar activamente con la gracia para que crezca y triunfe el buen trigo.

Pensando en el Evangelio del trigo y la cizaña, reflexionaba cómo el llamado que se nos hace a no separar antes del tiempo el trigo de la cizaña —que es esa tarea del segador a la hora de la cosecha— no es una invitación a una espera pasiva, de brazos cruzados, frente a la reconciliación de nuestros pecados. Al contrario: hemos sido exhortados a la más activa, humilde y esforzada cooperación con la gracia, según el máximo de la propia capacidad y posibilidades. Profunda y humilde confianza en el Reconciliador y combate espiritual son dos caras de una misma moneda: la virtud de la hypomoné o tenacidad, lejos de toda resignación antievangélica, es paciencia motivada y nutrida por la esperanza, con un sentido activo y enérgico. En ella se hermanan ambas actitudes: la del humilde sembrador, que, porque espera la venida del Segador, no pretende aquello que no le corresponde, y la del podador de baobabs.

Despojarse-revestirse: la amorización demanda disciplina

“«Es cuestión de disciplina —me decía más tarde el principito—. Cuando uno termina de arreglarse por la mañana, debe hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs en cuanto se los distingue entre los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. Es un trabajo muy tedioso pero muy fácil»”.

La vida cristiana trae consigo un yugo suave y una carga ligera. Desde la Cruz, Jesús nos ama hasta el extremo e inaugura así una senda de amorización sin precedentes: el que pierde su vida, la ganará. Quien se entrega, se posee más plenamente. Es más señor de sí mismo, más libre, quien se dona más soberanamente. Una senda ardua, sí, pero fácil y posible porque Cristo la vivió. Dado que Él la vivió, nos llama a vivirla nosotros también, pero no nos deja solos: nos acompaña en tal empresa. Sin Cristo, nos es imposible. Por Cristo, con Él y en Él, es posible e incluso fácil.

La entrega generosa de sí mismo no se reduce únicamente a momentos aislados de cruz y ofrecimiento: Cristo nos invita a ofrendar al Padre nuestra vida entera en gesto litúrgico, a tiempo y a destiempo. Para ello, entre otros medios, nos invita a vivir la dinámica concreta del despojarse-revestirse. Despojarse de todo aquel lastre que tengo yo y no tiene Jesús para revestirme así de todo aquello que tiene Jesús y aún no tengo yo. La dinámica del despojarse-revestirse es para nosotros camino de conformación con Aquel que, reconciliándonos y dándonos ejemplo, nos amó hasta el extremo y, para revestirnos de gloria, se despojó de sí mismo hasta una muerte en Cruz.

¡Cuán fundamental comprender que la senda de la amorización demanda disciplina! No asimilarlo lleva a la ruina. A modo de conclusión, cito simplemente una última lección de nuestro ilustre Principito:

“… A veces no hay inconveniente en dejar el trabajo para más tarde. Pero, si se trata de los baobabs, es siempre una catástrofe. Conocí un planeta habitado por un perezoso. Descuidó tres arbustos… El peligro de los baobabs es tan poco conocido, y los riesgos corridos por quien se extravía en un asteroide son tan importantes… ¡Niños! ¡Cuidado con los baobabs!”

© 2014 – Renzo Chávez para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Renzo Chávez

Renzo nació en Lima (Perú) en 1993.

View all posts

1 comment

Deja un comentario