phubbins

Creo que la imagen no es extraña para nadie: dos o más personas sentadas en la misma mesa de un restaurante, cada uno con su teléfono móvil en la mano… texteando a quien sabe quién, actualizando su status en Facebook, subiendo la foto de la comida a Instagram, resumiendo su experiencia en 140 caracteres o menos en Twitter, etc., mientras “comparten” la comida que tienen enfrente.

Esto se repite en muchos otros ambientes, y tal vez yo mismo haya caído en eso; en medio de una reunión con amigos, escucho el sonido que significa “nuevo mensaje de texto”, y tratando de disimular, dejo de participar en la conversación, leo el mensaje, lo contesto, y cuando “regreso” a la conversación, ésta ya me dejó atrás y tengo que hacer un esfuerzo para recuperar el hilo.

Desafortunadamente esto se da cada vez más con más frecuencia, a tal punto que han comenzado a surgir diversas alternativas que pretenden contrarrestar esta tendencia.

[pullquote]A comienzos del 2012, una joven de California, Stephie Harmonay, ideó una especie de juego que ya reflejaba el grado de “aislamiento digital”: la idea era que los comensales ponen sus teléfonos en la mesa, boca abajo, y nadie puede levantarlo, sea para responder una llamada, un mensaje de texto, etc. El primero que sucumba al impulso casi irrefrenable de tomar su teléfono para responder, paga la cuenta. La de todos. Y aun así, con el riesgo de terminar pagando la cuenta de 8 o 10 personas, muchos caen, ilustrando con esto la magnitud del problema.[/pullquote]

A esta idea se sumaron muchas otras, que trataban con creatividad lograr que la gente pudiera estar en un restaurante, bar o café, sin tener su teléfono en la mano e ignorando a quienes están con él en la mesa y al mundo real a su alrededor. Por ejemplo, en el restaurante “Eva” de Los Ángeles (EE.UU.) se le hacía un descuento del 5% a quien voluntariamente dejara su celular en un sitio dispuesto para ello por los propietarios.

Luego, algunos tomaron un enfoque más… agresivo. Por ejemplo en una tienda de Vermont (EE.UU.) pusieron el siguiente aviso:

phonefine

Que se traduce aproximadamente así: «Se le cobrarán $3 adicionales si no es capaz de COLGAR SU TELÉFONO mientras está en la caja. ES DE MALA EDUCACIÓN. ¡Gracias!». Y al parecer tuvo éxito, ya que se extendió a otras tiendas del lugar, y no faltaba el que cayera, teniendo que pagar los $3 adicionales.

Dado que en muchos sitios no se respeta el símbolo de “prohibido hablar por celular”, los más radicales han optado por usar bloqueadores de señal de celular, que están comenzando a ser regulados en algunos países, ya que pueden impedir llamadas en situaciones de emergencia. En Colombia, por ejemplo, el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones acaba de emitir una resolución en la que establece la prohibición de usar estos bloqueadores sin autorización del ministerio, con multas de hasta US$60.000.

Muchos consideran estas medidas como coercitivas, y afirman que ni los particulares ni las entidades oficiales tienen el derecho a impedir o poner trabas a la comunicación personal. Sin embargo, el asunto va más allá de las libertades personales o los límites jurídicos: se trata de la incapacidad de las personas de hoy para “conectar” a un nivel personal, real, material, y no a través de medios electrónicos.

A la luz de estos datos, ha surgido una iniciativa llamada “stop phubbing” liderada por el joven australiano Alex Haigh. En el sitio web http://stopphubbing.com/ se puede acceder a este proyecto.

¿Qué es «phubbing»?

Es una palabra difícil de traducir. Viene de “phone + snubbing”, donde “snubbing” significa algo así como ignorar, desairar, despreciar. Intentando una traducción, sería algo como “ignorar a otros por estar pendientes del teléfono”, o como dice su creador, “el acto de ignorar a alguien en un contexto social por estar mirando su teléfono en vez de prestar atención”. Con tono sarcástico esta iniciativa pretende detener el «fin de la civilización» que supuestamente llegará cuando todo el mundo esté tan inmerso en la tecnología que el contacto personal quedará completamente olvidado. Es obvio que esto se afirma de manera sarcástica, pero como decíamos antes, y más allá de lo pintoresco de esta iniciativa para detener el «phubbing», el problema es real, y apunta a la creciente incapacidad de interacción inmediata incluso en la proximidad física.

No se puede afirmar que la tecnología tenga en sí misma una “voluntad”, con la cual pretende esclavizar al ser humano; lo que sí podemos afirmar es que el ser humano tiene la capacidad de esclavizarse a sí mismo a través del mal uso de las tecnologías que son cada vez más envolventes, más exigentes, más omnipresentes. Martin Heidegger decía en 1959 que sin darnos cuenta «nos encontramos tan atados a los objetos técnicos, que caemos en relación de servidumbre con ellos», pero también plantea una alternativa: «Podemos usar los objetos técnicos, servirnos de ellos de forma apropiada, pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo momento podamos desembarazarnos de ellos».

¿Serán capaces las nuevas generaciones de liberarse de la esclavitud tecnológica que crece a nuestro alrededor? O más urgente aún: ¿seremos nosotros capaces de frenar este creciente peligro tecnológico, de evitar someternos a una tecnología cada vez más “exigente”? ¿Servirán iniciativas como la del «phubbing», o tal vez necesitamos ir más al fondo, a la manera en que concebimos y nos relacionamos con la tecnología? ¿A su relación con nuestra identidad como personas y nuestra necesidad de comunicación, de compartir, de comunión?

© 2013 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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