pecado_coverEn los últimos meses pude aprender a leer algo de la bella lengua italiana. Así, comencé la titánica tarea de leer un libro muy interesante y del que extraigo gran parte de las ideas que comparto ahora. El libro se llama “Il fascino del male” (La fascinación del mal) escrito por un sacerdote llamado el P. Cucci ((Cucci, Giovanni. Il fascino del male. I vizi capitali. Edizioni AdP, 367 pp.)).

En determinados círculos sociales –y podría ser que en todos los círculos académicos– hablar de la realidad del pecado se ha convertido en un imposible. Es como si la palabra hubiera sido literalmente borrada del diccionario y del lenguaje, o en todo caso solo se utiliza para el ridículo y el sarcasmo. Se ha relativizado todo y la brújula que nos marcaba por dónde estaba el norte del bien y el mal está desorientada o tirada como inservible en el fondo del mar. Hace poco en una película que vi uno de los protagonistas decía: “no interesa el bien y el mal, sólo interesa cuánto ganas y cuánto pierdes”.

[pullquote]Algunas modernas corrientes de educación y escuelas de psicología consideran que hablar de pecado es un despropósito. Enseñar con esta categoría a un niño es condenarlo a un trauma permanente que uno no sabe cuántas sesiones de spa, yoga y psicología le podrán quitar en el futuro. Lo único que te quitan muchas veces esas sesiones es dinero porque nadie puede curar algo cuando no sabe identificar directamente el mal.[/pullquote]

Que la cultura actual no sepa cómo orientarse en el bien y el mal, o simplemente que no le interese el asunto en lo más mínimo, no es un asunto menor. Si no somos capaces de identificar el mal tampoco seremos capaces de ver el bien.

Es curioso pero la sociedad moderna a través de sus mass media sabe darle siempre otros nombres a los pecados de siempre. Imposible encontrar en un medio de comunicación que tal persona cayó en la lujuria o pecó por gula o que lo metieron a la cárcel por avaro. Esas palabras han pasado a formar parte de la Museo de las Palabras Arcaicas Religiosas.

Sin embargo no es raro que los medios de comunicación social estén llenos de casos de violencia intrafamiliar en lugar de hablar de ira; o abunden los casos de violación o adicción a la pornografía en lugar de calificarlo de lujuria; o se mencione la bulimia, la obesidad o el alcoholismo como problemas de salud pública en lugar de relacionarlo con actitudes asociadas a la gula; o se hable de la depresión como la enfermedad silenciosa que ataca a millones de personas en el mundo y se evite hablar de la acedia como perdida del sentido de la vida. En fin, la lista podría continuar. Los males de hoy son los males de siempre pero con otros nombres. Como el pecado es asociado a la religión simplemente es mejor evitar ese tipo de lenguaje y más bien utilizar palabras más “técnicas” o en todo caso eufemismos.

[pullquote]La bimilenaria tradición espiritual de la Iglesia nos dice todo lo contrario. Conocer la fragilidad humana y sus miserias nos enseña a vivir mejor. Llamar al pecado por su nombre y conocer las manifestaciones sutiles en cada tiempo de la historia nos permite trabajar para ser mejores y así construir un camino espiritual que nos lleve a la reconciliación con Dios y con uno mismo.[/pullquote]

Por eso conocerle el rostro a la soberbia, a la vanidad, a la ira, la avaricia, la envidia, la gula, la pereza y la lujuria es un camino de liberación porque nos permite enfrentar desde la realidad la presencia del mal en nuestra vida.

© 2015 – José Alfredo Cabrera Guerra para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Alfredo Cabrera Guerra

José Alfredo nació en junio de 1967 en Lima (Perú). Es licenciado en Psicología en la Universidad Católica del Norte en Colombia como también Licenciado en Filosofía y Ciencias Religiosas de la Universidad Católica de Oriente también en Colombia.
Es Coordinador de Formación y Coaching de la Escuela de Negocios Humane en Guayaquil (Ecuador). Realiza psicoterapia en el PIAC (Psicoterapia Integral y Análisis Conductual). Es Director Regional en Ecuador del Centro de Estudios Católicos CEC.

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