bxvi¿Arremetió el Papa Benedicto XVI contra los medios de comunicación por la manera en que algunos órganos informativos releyeron o interpretaron el Concilio Vaticano II? Para un Papa que twittea y sostiene ruedas de prensa no parece ser el caso. Recientemente el Santo Padre transmitió su entusiasmo por los medios y las redes sociales digitales, a las que denominó «nuevas ágoras (…) en la que las personas comparten ideas, informaciones y opiniones» ((Benedicto XVI, Mensaje para la XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 12/5/2013.)). Para el Papa, empleados correctamente, los medios de comunicación generan conexiones que facilitan la comunión.

Más bien Benedicto XVI se lamentaba que ciertas agencias informativas, revistas y periódicos hayan aportado una imagen errada del Concilio Vaticano II. «Estaba el Concilio de los Padres -el verdadero Concilio-, pero estaba también el Concilio de los medios de comunicación. Era casi un Concilio aparte, y el mundo percibió el Concilio a través de éstos, a través de los medios», declaró ante un nutrido grupo de sacerdotes y seminaristas diocesanos de Roma, reunidos en el Aula Pablo VI el jueves 14 de febrero. Según el Papa aquel Concilio virtual -el de los medios- se transformó prontamente en otra asamblea conciliar. Transcurridos una cincuentena de años desde la inauguración del acontecimiento medular para la Iglesia católica en el siglo XX, aún perduran algunas de las versiones mediáticas que conformaron aquella imagen equivocada, modelada como la inexorable colisión entre las fuerzas del “progresismo” moderno, dispuesto a abrirse a los cambios, y los “conservadores”, aferrados a las antiguas estructuras eclesiales.

Años atrás el prestigioso teólogo norteamericano, el Cardenal Avery Dulles, explicaba que mientras «los reformistas caricaturizaban a la Iglesia preconciliar como tiránica y oscurantista, los tradicionalistas idealizaban a la Iglesia preconciliar como si fuese el paraíso perdido» ((Ver Vatican II: The Myth and the Reality, en America, 24/2/2003.)). Dulles acertaba. Ambas aproximaciones escapaban a la verdad.

La visión dicotómica -conservadores versus progresistas- fue hábilmente empleada por ciertas entidades interesadas en presentar sus puntos de vista como si fuesen del Concilio. La estrategia era la del “magisterio paralelo”. El Cardenal Henry de Lubac recordaba que se topó con varios periodistas y teólogos que «mostraban una disposición amarga y vindicativa, decidida de antemano a no dejar nada en pie. Entendían al “progresismo” como una voluntad de denigración, una especie de agresividad que se ejerce a la vez contra el pasado de la Iglesia y contra su existencia actual, contra todas las formas de autoridad, contra todas sus estructuras, a veces sin distinción entre aquellas debidas a contingencias históricas, y otras que son esenciales a la institucionalidad divina» ((Henri de Lubac, Carnets du Concile, en Estudios Eclesiásticos, Vol. 85, Nº. 332.)).

Hablando el pasado jueves sin acudir a la ayuda de notas, el Papa Benedicto XVI compartió la experiencia que vivió como novel “perito” teológico: «Fuimos al Concilio no sólo con alegría sino con entusiasmo. Había una expectación increíble. Esperábamos que todo se renovara, que viniera un nuevo Pentecostés, una nueva era de la Iglesia”. Se esperaba hallar de nuevo “la conjunción entre la Iglesia y las fuerzas mejores del mundo (…) Estábamos llenos de esperanza, de entusiasmo y también de voluntad de hacer lo que nos correspondía para que esto sucediera».

Desde la primera convocatoria al Concilio en el año 1959, San Juan XXIII había planteado que el gran desafío era «encontrar en la Palabra de Dios una voz para el hoy y para el mañana» ((Ver Juan XXIII, Discurso inaugural del Concilio Vaticano II, 11/10/1962.)). En diversas intervenciones el Papa Juan delineó la senda que debía seguir el Concilio: animar a la Iglesia a la renovación, o, más bien, al “aggiornamento”, principalmente de sus estructuras y métodos de apostolado de acuerdo con las realidades y exigencias del mundo actual. Pero esta apertura de “puertas y ventanas” por parte de la Iglesia necesitaba ser correspondida por el mundo, que debía permitir que el mensaje salvífico de Dios sea escuchado.

En opinión de Benedicto XVI la comunicación de los objetivos del Concilio fue dificultada por relecturas e interpretaciones que se asentaban en hermenéuticas diversas a las que ocurrían en las sesiones conciliares, que el Santo Padre describió como «un Concilio de la fe que busca el intellectus, que busca comprenderse y comprender los signos de Dios en aquel momento, que busca responder al desafío de Dios en aquel momento y encontrar en la Palabra de Dios la palabra para hoy y para mañana».

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Ives Congar y el joven Ratzinger

Mientras todo el Concilio «se movía dentro de la fe, como fides quaerens intellectum, el Concilio de los periodistas no se desarrollaba naturalmente dentro de la fe», explicaba el Papa. Más bien ocurrió «dentro de las categorías de los medios de comunicación de hoy, es decir, fuera de la fe, con una hermenéutica distinta». Aquel resultado sucedió en parte debido al desusado impacto que tuvieron algunos medios periodísticos que cubrieron el evento conciliar, más bien influenciados por agendas ideológicas y lobbies teológicos, tanto integristas, renuentes a cualquier cambio, como progresistas. Lamentablemente -afirmó el Papa- «el mundo percibió al Concilio más a través de los medios que eran muy eficientes. Al público le llegó más el “Concilio de los medios” que el “Concilio de los Padres”». En aquel “Concilio mediático” los medios leyeron el Concilio desde la “hermenéutica de la discontinuidad” y de las categorías políticas, a las que el Santo Padre ha hecho referencia en varias oportunidades: «Para los medios de comunicación, el Concilio era una lucha política, una lucha de poder entre diversas corrientes en la Iglesia», aseveró.

«Era obvio que los medios de comunicación tomaran partido por aquella parte que les parecía más conforme con su mundo -añadía el Papa Benedicto XVI-. Estaban los que buscaban la descentralización de la Iglesia, el poder para los obispos y después, a través de la palabra “Pueblo de Dios”, el poder del pueblo, de los laicos. Estaba esta triple cuestión: el poder del Papa, transferido después al poder de los obispos y al poder de todos, soberanía popular. Para ellos, naturalmente, esta era la parte que había que aprobar, que promulgar, que favorecer».

¿Cuál fue la consecuencia?: «Este Concilio -explicaba el Santo Padre-, el de los medios de comunicación, fue accesible a todos (…) Fue el dominante, el más eficiente, y el que ha creado tantas calamidades, tantos problemas, realmente tantas miserias: seminarios cerrados, conventos cerrados, una liturgia banalizada (…) El verdadero Concilio ha tenido dificultades para concretizarse, para realizarse; el Concilio virtual fue más fuerte que el Concilio real».

Una de las secuelas de esta manera antinómica y superficial de entender el Concilio fue aquello que Benedicto XVI denominó, en un discurso a la Curia romana en el año 2005, las “hermenéuticas de la discontinuidad y de la ruptura”, cuyo resultado lamentable fue la interrupción de la comunión eclesial y la relativización de las enseñanzas fundamentales de la Iglesia. De acuerdo con esta aproximación, lo que habría resultado sería una ruptura con la constitución anterior de la Iglesia. Un concepto que el historiador Agostino Marchetto describió como «el nacimiento casi de un nuevo ser eclesial, una “revolución corpenicana”, en suma el pasaje de un tipo de catolicismo a otro, que pierde sin embargo sus características inconfundibles» ((Mons. Agostino Marchetto, El Concilio Vaticano II, consideraciones sobre tendencias hermenéuticas, desde 1990 hasta nuestros días. Conferencia del 17/6/2005.)).

Más bien el Papa Benedicto proponía como hermenéutica correcta la “renovación en continuidad”, del «único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado (…) Un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino» ((Benedicto XVI, Discurso a los Cardenales, arzobispos, obispos y prelados superiores de la Curia romana, 22/12/2005.)).

Al culminar la primera sesión en el año 1962, el académico F. A. Alessandrini afirmaba en “L’Osservatore Romano” que demasiados corresponsales y periodistas «intentaban describir el Concilio como si fuese una deliberación parlamentaria con sus intrigas y contra-movimientos». Alessandrini había salido al paso de un comentado ensayo del historiador Indro Montanelli, publicado en el “Corriere della sera” de Milán, que desde una perspectiva integrista consideraba que la mayoría de los obispos se inclinaban al “modernismo”, ya que estaban dispuestos a renunciar a sus atribuciones magisteriales. Finalmente Alessandrini lamentaba que se impusiese la imagen de un Concilio «sumergido en una dialéctica entre “conservadores” y “liberales”, como si dominase en el Aula Petrina la discusión de posiciones personales antes que las grandes verdades de la fe» ((Ver L’Osservatore Romano, 30/12/1962. )).

Los nombres de los que abogaron por esta “hermenéutica de la ruptura” parecen diluidos en el tiempo, pero sus opiniones dejaron una secuela de confusión que se aferra tercamente. Quizá uno de los más caracterizados haya sido Henri Fesquet, corresponsal de “Le Monde”. En un libro donde recogía sus principales inquietudes conciliares, “¿Se ha convertido Roma?”, describía a la Iglesia “pre-conciliar” como «escandalosamente dormida e insensible al movimiento universal». Recurriendo a una retórica ofensiva que se hizo habitual, alegaba que la “Iglesia romana” había llegado a ufanarse «de este letargo como una virtud. Con el falaz pretexto de ser guardiana de las verdades permanentes (…) Roma se escudaba en su inmovilidad». Fesquet redujo el Concilio a un combate implacable entre la Curia vaticana y sus “turiferarios”, y los “reformistas”, los que al final habrían vencido: «Porque Juan XXIII y después Pablo VI (…) velaron para que el aggiornamento, finalidad del Vaticano II, se llevase a cabo» ((Henry Fesquet, ¿Se ha convertido Roma?, Carlos Lohle, Buenos Aires 1967, p. 20.)).

Al más pintoresco Francis X. Murphy, un sacerdote que escribía columnas periódicas muy populares para la revista “The New Yorker” bajo el pseudónimo de “Xavier Rynne”, le correspondió dirigirse al público de habla inglesa. Según George Weigel, biógrafo de San Juan Pablo II, el padre Murphy, un asesor teológico en el Concilio, trajo al ruedo la “hollywoodense” visión de los “cowboys contra los indios”. En esta peculiar hermenéutica ciertamente los católicos liberales y progresistas eran los “buenos cowboys” porque luchaban para que la Iglesia se vuelva relevante en la sociedad y en la cultura moderna. Mientras que los “indios”, los malos de la película representados por los conservadores y los tradicionalistas, intentaban conducir a la Iglesia hacia las catacumbas. Weigel sostenía que la “narrativa” de Murphy/Rynne logró alcanzar un resonante éxito entre un público escasamente informado porque se sustentaba en una simpleza, muy afín a la rebeldía de los años sesenta. Weigel ironizaba sobre la hermenéutica empleada por Murphy: «Presenta al Vaticano II como un enfrentamiento político entre las fuerzas de la luz y las fuerzas de la reacción. Pasa por aquel filtro a todos los que acuden al Concilio y todo lo que se dice en el aula; y finalmente escucharás a los lectores afirmar: “¡Ya entiendo!”» ((Ver National Review, 12/7/2012. Posteriormente Murphy publicó un volumen con sus “informes”: Vatican Council II, Farrar, Straus and Giroux, New York 1968.)).

Mayor impacto tuvo el corresponsal de la influyente revista “Time”, Robert Blair Kaiser, quien fue destacado a Roma por su maestría con el latín y por los años transcurridos en un seminario religioso. Al unísono con la “hermenéutica de la ruptura”, Kaiser también presentó al Concilio como el consabido enfrentamiento entre los conservadores y los progresistas. Estos últimos «empezaban a hablar de una nueva Iglesia, prometiendo crear una inédita forma de eclesialidad, una “Iglesia del pueblo”, distinta a una Iglesia que se hacía cada vez más irrelevante porque estaba dominada por el clericalismo, el juridicismo y el triunfalismo» ((Robert Blair Kaiser, The Tablet Lecture, 2012. Tras la culminación de la primera sesión conciliar, Kaiser publicó una crónica: Pope, Council and World: The History of Vatican Council II, The Macmillan Company, New York, 1963.)). Una vez más los “malos de la película” eran los “curialistas” y conservadores, mientras que la oposición “leal” estaba conformada por «un grupo de prelados progresistas, liberales, autonomistas y “transalpinos”. No importa el nombre, ellos representan el cambio» ((Ver Time, 2/11/1962.)).

Otra pieza clave fueron los grupos “lobistas”, que actuaban como agencias católicas de información especializada, alimentando a otros medios periodísticos. Quizá la más influyente fue “IDOC”, de origen holandés, cuyo objetivo fue generar un clima de opinión “progresista” que favorecía a la llamada “nueva teología”, despojada de las referencias al Magisterio eclesial. Desde una oficina en el Borgo Pío, a pocos pasos de la Basílica Petrina donde sesionaba el Concilio, el IDOC era un lugar de encuentro para quienes impulsaban, entre otras consignas, una teología contestataria, la abolición del celibato sacerdotal, los métodos artificiales de control natal, la afirmación de una eclesiología que trasladase el gobierno de la Iglesia a “patriarcados territoriales” y a “comisiones” presbiterales, y finalmente la extinción de la Curia Romana ((De acuerdo con el proyecto presentado por el canonista holandés Piet Fransen. Ver Xavier Rynne, Vatican Council II, ob. cit., p. 9 y 149. Entre quienes respondieron a aquellas propuestas estuvo el teólogo dominico Yves Congar, nombrado más tarde Cardenal, para quien la autoridad depositada en los “cuerpos episcopales” podían limitar y absorber la autoridad propia a los obispos. Ver Ralph M. Wiltgen, The Rhine flows into de Tiber. A History of Vatican II, Devon, London 1966, p. 90.)). Para ello se servían de boletines semanales y de ensayos más elaborados, que editaban en varios idiomas y que circulaban profusamente entre obispos, peritos conciliares, institutos académicos y periódicos católicos.

El investigador británico John Eppstein describía al IDOC como un «grupo de presión internacional que coordina a otras entidades progresistas, garantizando la publicación simultánea de noticias favorables para sus entusiasmos o prejuicios en todo el mundo; que derrama un continuo caudal de escritos doctrinales al margen del magisterio de la Iglesia, y por funcionar desde un centro situado en Roma, da un aparente matiz católico a la totalidad de la empresa» ((Ver ¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?, Guadarrama, Barcelona 1977, p. 43.)). Ciertamente no alcanzaron sus objetivos finales, pero quizá fueron los principales responsables de que se conceptualice a los Padres del Concilio entre “reaccionarios” y “progresistas”.

En el transcurso del colosal esfuerzo organizativo del Concilio, y en los laboriosos años de sus sesiones, quizá lo que menos se atendió fue el aspecto informativo. Los prelados y funcionarios vaticanos juzgaron que los medios no se interesarían mayormente por la asamblea conciliar. La realidad fue distinta. Los medios mostraron un gran interés, buscando noticias incansablemente. La reserva a la que estaban obligados los participantes del Concilio suscitó complejas situaciones para la prensa. En numerosas ocasiones la escasez de información oficial fue “llenada” con agendas ajenas a los hechos que acontecían en el aula conciliar. Precisamente ocurrió lo que el Papa Benedicto XVI describió como «el Concilio virtual de los medios», que aportó una preponderante relectura de trasfondo político. La tarea que permanece es el redescubrimiento del Concilio en sus documentos, en su esencia y en sus enseñanzas.

© 2013 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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