Cuando me hago la Pregunta

Cuando se abre una pequeña brecha de silencio en medio del ruido, cuando logro sentirme a mí mismo, cuando puedo pensar y reflexionar sobre mi existencia y me puedo preguntar “¿quién soy?”, nace una respuesta corta e interminable a la vez. No se trata de preguntarme “¿qué soy?”, pregunta casi interminable, pero a la vez bastante esquemática: “Soy alto, soy blanco, tengo sentimientos, tengo gustos, tengo voluntad, tengo anhelos…” Esta respuesta la encontramos en casi todas las ciencias humanas, en la biología, la sociología, la historia y la psicología. Son muchos los que han dado respuestas al “qué”, pero muchas veces de manera contradictoria… no es lo que busco, hay algo más.

Cuando me pregunto quién soy, respondo: yo soy “yo” ¡Esa es la clave de nuestro ser! Y lo descubro cuando me pregunto con seriedad. Profundizar en lo que ese “yo” me revela me puede llevar a un verdadero horizonte de realización. ¿Habrá algo o alguien que le pueda dar respuesta a este “yo” inquieto?

¿Quién soy?

Soy: Lo primero que puedo descubrir cuando me hago esa pregunta, es que “soy”. Cuando digo: “yo soy yo”, me hago consciente de que existo. Sin embargo, descubro en mi vida y en la realidad de las otras personas que nuestra identidad está limitada. Sé que “soy”, pero me cuesta mucho entender “quién soy”. Mi identidad está como nublada a mi entendimiento.

Me auto-determino (¿libre?): Al ser alguien sé que puedo elegir mi camino. Mi capacidad de determinarme es alta al punto de que me puedo esforzar por hacer cosas que no quiero hacer por amor a otros. Sin embargo, descubro una libertad limitada. Muchas veces “no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rm 7, 19). Quiero ser bueno con los demás: “ser agradecido, respetar la propiedad ajena, encontrar el gran amor en relación entre los sexos, decir la verdad-sin embargo, hay-contradicción, comodidad de la mentira, tentación de la desconfianza”. Veo en el mundo vicios, personas esclavas de tantas cosas ¡yo mismo puedo estar en alguna de ellas! Y cuando caigo en estas cosas mi camino sigue determinándose. Es una libertad viciada.

Soy Único e Irrepetible: Solo yo puedo elegir mi camino. Si bien es cierto que me pueden obligar a hacer muchas cosas, nadie me puede hacer amar ni confiar porque nadie es “yo”. No hay otro como yo, cuando descubro que existo entiendo que soy único… Sin embargo, cuántas veces no me valoro como debería, no soy capaz de comprender esa dignidad o quiero ser igual a otros para no ser rechazado. Invento “máscaras” para pasar desapercibido. Me disgusta o me avergüenza que se burlen de características mías. Es una contradicción contante. Esta criatura irrepetible busca a menudo la alienación.

Trascendente: No hay otro como “yo”, soy inabarcable, y a la vez un misterio insondable. La pregunta “¿quién soy?” es dinámica. Mi corazón anhela lo infinito: no descansa porque es interminable. Se hacen mías las preguntas y sentimientos de cierto autor: «¿quiénes somos en el fondo nosotros los hombres? ¿quiénes somos, pues, que, insatisfechos incluso ante toda esta delicia, nuestros anhelos nos empujan más y más y nuestros sueños atisban eternos mundos inaccesibles? nada de lo que conozco puede satisfacer los anhelos de mi alma». Y a la vez hay una angustia constante ante ese abismo de eternidad. Es una sed continua que nada de este mundo puede llenar, porque nada de estas cosas trasciende.

Soy para la comunión: Soy trascendente, pero para el encuentro. Descubro que soy un ser “social” como dijo alguna vez Aristóteles. Me angustia la soledad absoluta, anhelo la amistad, pues “la felicidad solo es verdadera cuando es compartida”. Pese a eso, veo cómo mis expectativas de comunión se ven frustradas constantemente. Palpo la terrible soledad de tantas personas en el mundo, alrededor de 700 millones de personas cercanas a la indigencia, la incapacidad de compromiso de tantos otros, las tazas de suicidios que alcanzan al millón por año y tantos otros que conozco consumidos por el trabajo.

Poseo una naturaleza: Tengo una naturaleza. Por eso puedo responder en muchos aspectos al “¿qué soy?”. Mi naturaleza me dice que soy persona humana. Pero está caída, incompleta o desarmonizada. Es por ella que veo una frustración en todo lo que mi “ser persona” descubre como propio. Mis facultades desordenadas, mi tendencia al mal y mis imperfecciones.

Como mencionaba un gran Teólogo Papa: “El hombre está inclinado al mal y sumergido en una infinidad de males que, ciertamente, no pueden proceder de su Creador, que es bueno.” Esto lo descubrieron hace miles de años los judíos y lo transmitieron en el relato del Génesis. El hombre que vivía en felicidad escogió la muerte y todo se distorsionó (Gn 2. 3). Prosigue Pablo VI: “Al negar a Dios, trastornó, además, su debida ordenación a un fin último y, al mismo tiempo, dañó todo el programa trazado por sus relaciones, consigo mismo, con todos los hombres y con toda la creación”.

La comunidad humana quedó desterrada ¿Pero puede tener sentido mi vida si descubro estas cosas? Reconozco a través de estas preguntas un sin fin de proyecciones humanas, pero pareciera imposible alcanzarlas. ¿Qué sentido puede tener la vida humana? Un pájaro no espera más que ser un pájaro, igual que un perro no querrá otra cosa. Pero pareciera que nuestras expectativas son un imposible. Quizás por eso Sartre dijo que “el hombre es una pasión inútil”.

Jesucristo

Solo alguien perfecto me podría demostrar el sentido de la existencia. Solo alguien que sea plenamente, cuya libertad sea verdadera, dueño de sí mismo, que se valore y descubra su particularidad, que encuentre saciada su trascendencia y que ame verdaderamente y que sumada todas estas cosas me diga que yo puedo ser como Él, que es posible la realización humana. Pues, “el misterio del hombre solo se esclarece en el Misterio del Verbo Encarnado”: la Persona por excelencia.

Jesús comprendía su identidad. “antes de que Abraham existiera, Yo Soy” (Jn 8, 58), “mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4, 34), “yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Era tan libre que amó hasta el extremo (Jn 13,1), siendo capaz de morir por nosotros (Rm 5,8). No tenía miedo de vivir con radicalidad su identidad hasta el punto de ser rechazado y apedreado por otros (Lc 4,28-29). Vivía su ser trascendente de manera plena: “yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30) decía y prometía la vida eterna (Mt 19,29). Pues era semejante a nosotros en todo excepto en el pecado (Heb 4, 15). ¿No seremos acaso imagen de Aquel?

El famoso pensador cristiano, Tertuliano, decía diecinueve siglos atrás citando el Génesis 3,22:

“Pero había uno a imagen del cual lo hacía, es decir, el Hijo, debiendo ser el hombre más cierto y más verdadero, quiso que fuera llamado hombre a su imagen que entonces iba a formar del barro, imagen y semejanza del verdadero.”

El Escritor africano entendía que la persona humana había sido creada como si Dios hubiese estado mirando al mismo Cristo al momento de crearnos: “En cualquier forma que se daba al barro, se pensaba en Cristo que tenía que ser hombre”. Esto implicaría que nosotros estuviésemos “formados” para ser así, pero, siguiendo este pensamiento teológico, el pecado no permite que nos realicemos como personas. Por eso las experiencias continuas de frustración.

La única manera de que la vida tenga sentido es que en algún momento se restaure nuestra naturaleza y podamos ser como fuimos llamados a existir de manera plena. Una vez más Jesús vuelve a responder a este problema. El entonces Papa Juan Pablo II, explicaba:

“En efecto, según nuestra fe, el Verbo de Dios se hizo hombre y ha venido a habitar la tierra de los hombres; ha entrado en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí. Él nos ha revelado que Dios es amor y que nos ha dado el «mandamiento nuevo del amor, comunicándonos al mismo tiempo la certeza de que la vía del amor se abre a todos los hombres, de tal manera que el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal no es vano. Venciendo con la muerte en la cruz el mal y el poder del pecado con su total obediencia de amor, Él ha traído a todos, la salvación y se ha hecho «reconciliación» para todos. En Él Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo.”

El hombre que había sido expulsado del Jardín del Edén (Gn 3,24), es ahora reconciliado (2cor 5,18). Porque Dios lo perdona, y es perdón que restaura, que es creacional, porque en Él entramos en una nueva creación que nos devuelve la comunión. En efecto, eso es lo que hace el bautismo cristiano. Por eso encontramos el perdón hoy y la esperanza de la resurrección donde toda la naturaleza será restaurada en la perfección humana.

Y, por último, nos hizo “hijos en el Hijo”, como dijo Juan, su amigo cercano: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1Jn 3, 1).

El Misterio de mi Existencia

Un famoso intelectual contemporáneo, el entonces cardenal Joseph Ratzinger, decía: “Nosotros podemos realizar acciones que signifiquen algo en el marco de un entramado pragmático, pero nunca dar sentido a una vida. El sentido existe o no existe. No puede ser un mero producto nuestro…el sentido es algo que nos sustenta, que precede y desborda nuestros propios pensamientos y descubrimientos, y sólo de esa manera posee la capacidad de sustentar nuestra vida”.

El misterio de mi existencia busca un sentido, son muchos los artistas y pensadores que han intuido la necesidad del amor, nuestro anhelo de trascendencia y nuestra angustia ante la desarmonía. La respuesta más existencial, está en ese Dios que se hizo existencia y trajo la plenitud de mi identidad: La identidad de una Persona Humana, ahí está la clave de este insondable misterio ¿Qué es lo que necesito reconciliar? ¿cuáles son esas cosas que no me permiten realizarme del todo como persona? El rostro de Dios me quiere dar una respuesta concreta. Es un paso de fe, es un paso de esperanza, es el amor que me envuelve y me da la libertad.

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3,20).

© 2017 – Julio Cañas Oliger para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Julio Cañas Oliger

Julio es chileno y cantautor. Es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana. Actualmente reside en el Centro de Formación Nuestra Señora de Guadalupe (Perú).

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