wedding-rings-on-handsEl afán de evangelizar brota de la sobreabundancia de amor del corazón que se ha encontrado con Dios. Es el mismo Dios quien derrama abundantes bendiciones de amor sobre los matrimonios y la vida de las familias. Esto no significa que no haya dificultades o problemas. Eso forma parte de la vida normal de todos. En el sacramento del matrimonio la presencia real de Jesús y de María, a semejanza de las Bodas de Caná (Juan 2, 1-12), permite siempre sobrellevar o superar las rupturas, problemas o distanciamientos que pueda haber a lo largo de la vida.

Hoy, de manera privilegiada, la vocación matrimonial está llamada a manifestar al mundo la gloria del matrimonio y la familia: un matrimonio edificado en unión con Jesús y María. La vida conyugal abierta al servicio a los demás y mostrando que el amor fiel, auténtico es posible y es real, que el matrimonio es un camino de plenitud y de humanidad.

Quisiera sugerir unos elementos especialmente relevantes para la vida matrimonial y familiar que creo que pueden resaltarse en este tiempo particular que la Iglesia y los católicos estamos viviendo:

  1. El primer campo de apostolado es uno mismo. Nadie da lo que no tiene. Un ciego no puede guiar a otro ciego. Para poder amar es necesario amarse a sí mismo. El mandamiento del Señor de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo se asienta sobre esta última columna. La esposa o esposo necesitan que uno esté bien para que pueda brindar lo mejor de sí.
  2. El segundo campo de apostolado es mi propia familia y, prioritariamente, la esposa o esposo. Luego están los hijos que se alimentan de la experiencia del intenso amor conyugal. Ellos necesitan por sobre todas las cosas al padre y la madre como cristianos que están trabajando unidos a la gracia de Dios por su santidad.
  3. Anunciar el evangelio de la familia al mundo. Encuentro varias motivaciones para hacer de esta gesta una tarea de primerísima importancia para nuestro tiempo. Primero, porque el Señor Jesús invitó a todos los bautizados a ir por todo el mundo y hacer discípulos a todas las gentes. Ser bautizado nos marca con la vocación al apostolado, a hacer de la evangelización un camino constante de vida. Como segundo elemento considero que todo lo hermoso debe ser comunicado. La gran alegría de la vida cristiana en familia debe ser transmitida en un mundo que no cree en el amor ni en la alegría de fuentes auténticas. Y, tercero, porque es claro que existen fuerzas muy poderosas que quieren destruir el matrimonio y le han declarado la guerra a la familia. Hay un mecanismo de dimisión de lo humano que busca la extinción de la familia.

Quiero traer a colación en este momento una cita bíblica que ilumina lo que venimos exponiendo:

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mateo 5, 13-16).

La realidad de la familia está llamada a ser mostrada al mundo con todo su esplendor. Hay que proclamar y anunciar, pensar cómo hacemos para poner ante la vista de las gentes la maravillosa senda del matrimonio, la bella tarea y el apasionante desafío de ser familia.

Por ello para anunciar el evangelio de la familia pienso que especialmente la evangelización debe centrarse en las siguientes claves:

  • Anunciar el evangelio del matrimonio: anunciar que vale la pena casarse y comprometerse por toda la vida. Entregarle tu vida a otra persona en el amor es un acto sublime para construir un proyecto de comunión en el amor.
  • Anunciar el evangelio de la fidelidad: proclamar que el Sí a Dios y a una persona que se entregaron en el matrimonio es un Sí que se sostiene con perseverancia en medio incluso de las pruebas más duras. El Sí que se ofrece en el momento de la alegría debe ser mantenido en el momento de las tribulaciones o dificultades. Hay que testimoniar que se puede ser fiel. Fiel no sólo en el cuerpo sino también desde la mirada y el corazón.
  • Anunciar el evangelio de la fecundidad: poner a la vista de la sociedad la bella vocación de ser padres, de comunicar que tener hijos es la experiencia más maravillosa que pueden haber realizado, cómo educar hijos les ha cambiado la vida a todos los padres y que ahora son mejores personas, mejores seres humanos. Una fecundidad en los hijos pero también en el amor que es fecundo de muchas otras maneras como, por ejemplo, haciendo de nuestra familia la mejor escuela de valores, el mejor hospital para el enfermo y débil, la mejor red de solidaridad para los necesitados.
  • Anunciar el evangelio de la alegría de la familia: como dijo el Papa Francisco en su homilía en Guayaquil (Ecuador) al hablar del milagro de Caná, donde mencionó que el mejor de los vinos está por venir cuando uno se arriesga en el amor y el sacrificio. No puede faltar el buen vino en la vida matrimonial que es signo de alegría, de amor en abundancia.

El apostolado de la vida familia está llamado a ser un apostolado personal, en medio de las diversas situaciones de la cotidianidad que vive una familia. Un apostolado reverente, silente, orante, paciente, comprometido, cercano y cálido. Aprender a usar el idioma de la familia a través de sus innumerables expresiones y modalidades. Un apostolado de familia a familia.

[pullquote]Junto con ello creo que tiene que ser altamente creativo. De la mano del Espíritu Santo, que es el auténtico creativo, y de donde proviene toda creatividad en el bien. Todo bien proviene de él. El apostolado familiar requiere discernimiento personal, en pareja, en comunidad, en Iglesia, para definir de qué manera podemos colaborar en el cambio del mundo y su cultura por medio del apostolado a otras familias. No pretendamos vivir un apostolado o una fe “a lo siglo XIX” o, en el mejor de los casos, “a lo siglo XX”. La Iglesia ha cruzado el umbral de la esperanza del siglo XXI. Hoy los cristianos estamos llamados a estar profundamente encarnados en la cultura, adaptados a los cambios de época presentando el Evangelio de siempre en formas y métodos siempre nuevos.[/pullquote]

En ese sentido, considero que no se deben ahorrar esfuerzos en la formación y capacitación para el apostolado matrimonial y familiar para poder ofrecer un acompañamiento integral a las familias. Y entre estas considero que requiere una particular atención la preparación y formación al matrimonio de futuras parejas.

Viviendo de la experiencia del amor al Señor Jesús, el anuncio del Evangelio de la familia producirá un efecto inagotable de conversión en las familias y matrimonios que han perdido la fe y la esperanza en un futuro mejor. Llevar al Señor Jesús al centro de los matrimonios permitirá la transformación del agua en vino y sólo así tendremos la esperanza que lo mejor en la familia estará por venir.

© 2015 – José Alfredo Cabrera Guerra para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José Alfredo Cabrera Guerra

José Alfredo nació en junio de 1967 en Lima (Perú). Es licenciado en Psicología en la Universidad Católica del Norte en Colombia como también Licenciado en Filosofía y Ciencias Religiosas de la Universidad Católica de Oriente también en Colombia.
Es Coordinador de Formación y Coaching de la Escuela de Negocios Humane en Guayaquil (Ecuador). Realiza psicoterapia en el PIAC (Psicoterapia Integral y Análisis Conductual). Es Director Regional en Ecuador del Centro de Estudios Católicos CEC.

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