En estos días recientes, como tantos otros católicos, he podido reflexionar esta Semana Santa en torno a la Pasión de Cristo. Allí estaba ante esa hermosa cruz que tantas veces he podido contemplar.

De pronto, después de escuchar la homilía, mirando el crucifijo como quien contempla algo que no puedes describir con palabras descubrí algo nuevo que me dejó perplejo. ¡El loco de Nietzsche tenía razón: “¡Dios está muerto!”¡Y lo hemos matado nosotros!”.

Debo reconocer que tuve que contenerme de decir esto en voz alta en la capilla para que no creyeran que el chiflado era yo.

“Pero, ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte? ¿Qué hemos hecho para desencadenar a esta tierra de su sol? […] ¿No seguimos oyendo el ruido de los sepultureros que han enterrado a Dios? ¿No seguimos oliendo la putrefacción divina? ¡Los dioses también se corrompen!1 , sus palabras resuenan con fuerza todavía especialmente en círculos académicos.

Para nosotros los cristianos, Dios realmente ha muerto, la segunda persona de la Trinidad, el Verbo encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre ha muerto en una Cruz y ha muerto por nuestros pecados, es decir, lo hemos matado. Pero la realidad no se agota allí, se nos ha sido revelado, y así lo atestiguan las escrituras, que a la Cruz le sigue la Resurrección.

Como dice San Pablo en su carta a los Corintios: “Si no resucitó Cristo, es vacía nuestra predicación, y es vacía también vuestra fe (…) y vosotros estáis todavía en vuestros pecados” (1Co 15,14.17). Con estas palabras el apóstol de gentes nos da la respuesta al problema de la muerte de Dios.  

Nos dice también sabiamente el Papa Benedicto XVI: “Por sí sola la cruz no podría explicar la fe cristiana; más aún, sería una tragedia, señal de la absurdidad del ser. El misterio pascual consiste en el hecho de que ese Crucificado ‘resucitó al tercer día, según las Escrituras’ (1Co 15, 4); así lo atestigua la tradición protocristiana. Aquí está la clave de la cristología paulina: todo gira alrededor de este centro gravitacional. Toda la enseñanza del apóstol San Pablo parte del misterio de Aquel que el Padre resucitó de la muerte y llega siempre a él. La resurrección es un dato fundamental, casi un axioma previo (cf. 1 Co 15, 12), basándose en el cual san Pablo puede formular su anuncio (kerigma) sintético: el que fue crucificado y que así manifestó el inmenso amor de Dios por el hombre, resucitó y está vivo en medio de nosotros”2.

La Resurrección es pues luz que disipa las tinieblas del sinsentido y que ilumina el misterio de Dios y del propio hombre.

Y eso es justamente lo que Nietzsche no vio porque los locos no son aquellos que han perdido la razón, sino los que se han cerrado en ella, se han encerrado en un perfecto pero estrechísimo círculo. Este loco no tiene la cordura para ver más allá de la muerte y el nihilismo lo envuelve todo como una sombra oscura que se va tragando la luz.

Así lo dirá el gran Chesterton: “Todo el que haya tenido la desgracia de hablar con gente que se hallara en el corazón o al borde del desequilibrio mental, sabe que su característica más siniestra, es una horrible lucidez para captar el detalle; una facilidad de conectar entre sí dos cosas perdidas en su mapa confuso como un laberinto. Si ustedes discuten con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento […] El loco no es el hombre que ha perdido la razón. Loco es el hombre que ha perdido todo, menos la razón”3.  

Nietzsche profetiza el sinsentido de una vida sin Dios, porque, para los cristianos, la muerte de Dios significa la muerte del hombre. Como diría Ivan Karamazov, personaje icónico de Dostoyevski: “Si Dios no existe, todo está permitido”4. Y si todo está permitido, el hombre no gana, pierde. ¿Quién podría defender al hombre de ir contra sí mismo o contra de su prójimo? ¿Cuál sería el sentido de la vida, peor aún, cuál sería el sentido de la muerte? Mejor “¡comamos y bebamos, que mañana moriremos!”5 (1Co 15,32).

Como seguía diciendo el lunático nietzscheano: “¿Hacia dónde rueda ésta ahora? ¿Hacia qué nos lleva su movimiento? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos en una constante caída, hacia atrás, de costado, hacia delante, en todas direcciones? ¿Sigue habiendo un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos el aliento del vacío? ¿No hace ya frío? ¿No anochece continuamente y se hace cada vez más oscuro? ¿No hay que encender las linternas desde la mañana?”.

Es verdad, sin un arriba, sin un abajo, sin un principio, sin un fin, sin un norte u horizonte, el hombre se pierde en el laberinto del sin sentido, encerrado y sin poder trascender el hombre deja de ser tal.

Para San Pablo y otros testigos de la resurrección anunciar a Cristo que ha vencido a la muerte, que ha resucitado al tercer día y que se ha aparecido a muchos, no era una cuestión de mera apologética, era el testimonio vivo de que en aquella “mañana de Pascua sucedió algo extraordinario, algo nuevo y, al mismo tiempo algo muy concreto, marcado por señales muy precisas, registradas por numerosos testigos […] Estos dos hechos son importantes: la tumba está vacía y Jesús se apareció realmente”6.

Por eso la predicación cristiana ha sido vista como una locura, porque “nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, en Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1Co 1, 23-25).

La fuerza de la Resurrección es lo que sostiene y mueve a los cristianos a celebrarla y anunciarla de generación en generación. Desde hace más de 2000 años. Como nos dice el Papa Francisco: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo. El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Así la cruz ha quedado unida para siempre a la Resurrección”7.

Donde muchos ven la muerte de Dios, los cristianos vemos no el símbolo de Dios muerto, sino de la victoria de Dios sobre el pecado y sobre la muerte, el precio de nuestra salvación, el sentido de nuestras vidas, la muestra más grande de Amor y el camino por el cual todo sacrificio, donación y entrega se insertan en el gran río de la vida divina que riega los surcos de nuestra humanidad.

La victoria de Cristo en la cruz es la victoria del hombre porque “Cristo es la respuesta y, sin el Dios concreto, el Dios con el rostro de Cristo, el mundo se autodestruye y resulta aún más evidente que un racionalismo cerrado, que piensa que el hombre por sí solo podría reconstruir el auténtico mundo mejor, no tiene la verdad. Al contrario, si no se tiene la medida del Dios verdadero, el hombre se autodestruye. Lo constatamos con nuestros propios ojos”8

¿Y tú? Cuando miras a Jesús en la cruz ¿Qué ves? ¿Un Dios de muertos o un Dios de vivos? Te invito en este tiempo pascual a abrazar la cruz, que es signo de vida, signo de Resurrección ¡Que tengas una feliz Pascua!.

[1] Nietzsche, La gaya ciencia, III, §125

[2] Benedicto XVI, Audiencia General, 5 de noviembre de 2008.

[3] G.K. Chesterton, Ortodoxia, Ed Porrúa, 1998, p. 10.

[4] F. Dostoyeski, Los hermanos Karamázov, Ed. Cátedra, 2000, p. 941.

[5] F. Nietzsche, ibid.

[6] Ibid.

[7] Francisco, Homilía Vigilia Pascual, 16 de abril de 2017.

[8] Benedicto XVI, Encuentro con el clero de la diócesis de Aosta, 25 de julio de 2005.

© 2017 – Mijailo Bokan para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Mijailo Bokan Garay

Mijailo nació en el Perú en 1982. Es teólogo, graduado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente es Director de Investigación del Centro de Estudios Católicos (CEC) y Encargado de Estudios del Centro de Formación Nuestra Señora de Guadalupe.

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