Palabra de Dios, Iglesia y Sacra Escritura

papa-benedicto-xvi-presid_10En octubre del año 2008 el Papa Benedicto XVI convocó la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos, dedicado a la reflexión sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia.

El Santo Padre después de haber recogido las opiniones, impresiones y reflexiones presentadas en el aula sinodal, da a conocer en el año 2010 la Exhortación post-sinodal Verbum Domini en la cual trata de presentar, acorde con las directrices del Concilio Vaticano II –en especial de las constituciones Dei Verbum y Lumen Gentium–, la justa relación entre Revelación, Iglesia y Sagrada Escritura ((Commento alla Verbum Domini, a cura di C. A. Valls – S. Pié-Ninot, Theologia PUG, Gregorian Biblical Press, Roma 2011, 14-16.)).

El Papa Benedicto XVI retoma de esta manera algo que durante su tiempo como Cardenal Prefecto para la Doctrina de la Fe fue una de sus grandes preocupaciones: manifestar la recta relación entre Iglesia y Sagrada Escritura. Dar el justo lugar a la Escritura en la Iglesia, como fons inveniendi de la Revelación y no como fons essendi, y en este modo manifestar la importancia de una comprensión adecuada de la Revelación y de la Iglesia católica. Desde esta perspectiva invita a los fieles cristianos, y particularmente a quienes se dedican a un estudio profundo de la Escritura, a no reducir el cristianismo a una religión de libro y, como nos recuerda el Vaticano II, a interpretar la Sagrada Escritura en el mismo Espíritu con el que ha sido escrita: in et cum Ecclesia.

Desde este marco eclesiológico los tres volúmenes sobre Jesús de Nazaret resultan paradigmáticos y quizá un punto de partida para la exégesis del nuevo milenio. Ellos son un real esfuerzo por aplicar una hermenéutica de fe, en la cual se reúne historia y teología.

En los textos se trata de conjugar tanto la necesidad de la investigación científica rigurosa, con sus bondades y sus límites, como la interpretación espiritual de la Escritura realizada desde el seno de la Iglesia; una hermenéutica guiada por la Tradición y por la autoridad del Magisterio, que abre al creyente al reconocimiento de la verdad salvífica que contiene la Escritura «para la Iglesia y para el mismo creyente» y ayuda a evitar interpretaciones parciales y arbitrarias.

Resulta de mucho provecho para esto revisar la estructura de la relación entre Palabra de Dios, Iglesia y Sacra Escritura propuesta en la exhortación Verbum Domini como modo de poner en evidencia las bases sobre las cuales se edifica la exégesis; meditación del Santo Padre que deja un legado para la historia de exégesis y esperamos marque un nuevo inicio de la exégesis católica del nuevo milenio.

Sobre los diversos sentidos de Palabra de Dios

Siendo Cristo Dios entre nosotros, los hechos y palabras que nos presenta como Revelación no le son exteriores; surgen más bien de su persona y tienen como objetivo permitir que los hombres lo reconozcan como signo mismo de Dios que se manifiesta. Haciendo eco de lo que proclama el Vaticano II en los primeros números de la Dei Verbum ((Ver Dei Verbum, 3-4.)), dirá el Papa en Verbum Domini: «La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre “nacido de una mujer” (Ga 4,4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús» ((S.S. Benedicto XVI, Exhortación apostólica post-sinodal Verbum Domini, Roma 2010, 11. De ahora en adelante Verbum Domini.)).

El Santo Padre quiere clarificar también que hay otras acepciones de Palabra de Dios, que si bien son correctas, deben entenderse en referencia a la Única Palabra de Dios. De este modo resalta que no hay que dejar de reconocer el Logos de Dios en el liber naturae; ya que en Él y por Él han sido creadas todas las cosas (Cfr. Jn 1; Col 1,15-16). Cada creatura manifiesta la Palabra de Dios que la ha puesto en el ser y que la sostiene con su amor y fidelidad.

La Palabra de Dios además «se expresa a lo largo de toda la historia de la salvación, y llega a su plenitud en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios». Es también la Palabra predicada por los apóstoles que se transmite tanto en la Tradición viva de la Iglesia como en La Sagrada Escritura, el Antiguo y el Nuevo Testamento divinamente inspirados.

Palabra de Dios pues en sentido estricto es el Hijo, como lo revela San Juan en el prólogo del cuarto Evangelio, y se le aplica a todas sus manifestaciones en la creación, en la historia de preparación para su Encarnación y en la vida de la Iglesia en cuanto referidas a su Persona.

De este modo el Santo Padre puede concluir que «el cristianismo es la “religión de la Palabra de Dios”, no de “una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo”» ((Verbum Domini, 7.)). La Palabra de Dios está viva y presente en la vida de cada hombre y particularmente en la Iglesia en la cual se hace manifiesta a través de los sacramentos, de la Tradición y de la Sacra Escritura.

Relación entre Palabra de Dios, Iglesia y Sacra Escritura

La Palabra de Dios ha querido la cooperación humana para llevar a cabo la obra del Padre. Analógicamente al “fiat” de María en el momento de la Anunciación-encarnación, Dios quiere que la salvación llegue a los hombres a través de la Iglesia, que «es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» ((Verbum Domini, 1)).

La Palabra de Dios se expresa pues en forma humana gracias a la obra del Espíritu Santo que es el eje de la relación entre Cristo y la Iglesia.

«La misión del Hijo y la del Espíritu Santo son inseparables y constituyen una única economía de la salvación. El mismo Espíritu que actúa en la encarnación del Verbo, en el seno de la Virgen María, es el mismo que guía a Jesús a lo largo de toda su misión y que será prometido a los discípulos. El mismo Espíritu, que habló por los profetas, sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de anunciar la Palabra de Dios y en la predicación de los Apóstoles; es el mismo Espíritu, finalmente, quien inspira a los autores de las Sagradas Escrituras» ((Verbum Domini, 15. Ver también, 30.)).

La Iglesia es el primer “sujeto” de la Revelación, ella es la esposa de Cristo; en ella resuena la voz viva de su esposo Jesucristo ((Ver Dei Verbum 8.)). Ella escucha, acoge, custodia y anuncia religiosamente el don de la Palabra de Dios al mundo. De este modo pretende, como lo manifiesta el apóstol San Juan en su primera carta, anunciar a los hombres la vida eterna y el llamado a la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1,2-3).

«Vemos aquí perfilarse el rostro de la Iglesia, como realidad definida por la acogida del Verbo de Dios que, haciéndose carne, ha venido a poner “su morada entre nosotros” (cf. Jn 1,14)» ((Verbum Domini, 50.)). Es por ello, como decía el Papa Juan Pablo II que la Revelación y la vida de la Iglesia «lejos de reducirse a un conjunto de verdades presentadas únicamente a la inteligencia, son sobre todo una propuesta de comunión y de vida» ((Ver S.S. Juan Pablo II, Ángelus del Domingo 5 de noviembre de 1995. )) que Dios hace a los hombres.

La Iglesia es pues el “lugar” privilegiado para encontrar la Palabra de Dios, cuyo encuentro personal implica una vida nueva; sin pretender dejar de lado el carácter inspirado de la Sagrada Escritura y su importancia en la vida de la Iglesia como testimonio del misterio de salvación operado por Jesucristo, quiere expresar sin embargo que es Cristo el Evangelio vivo «que se conserva constantemente íntegro y vivo en la Iglesia» ((Dei Verbum, 7.)) tanto a través de la Escritura como en la Tradición.

Se ponen en orden los elementos fundamentales que permiten delinear el misterio de la Iglesia. Es la Palabra de Dios la que con el auxilio del Espíritu Santo moldea la Iglesia y a través de ella se presenta al mundo en modo de atraerlos a su vida íntima, a la Comunión de Amor.

Esta es una intuición fundamental para la eclesiología, la Iglesia no está edificada sobre el trabajo humano, ella está fundada en Cristo y sostenida por el Espíritu Santo. Es por eso que «más que una institución, es una Vida que se comunica. Y pone además el sello de la Unidad sobre todos los hijos de Dios que ella congrega» ((Ver Henri De Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Encuentro, Madrid 2008, p. 78.)). Ese sello de unidad está también presente en los testimonios sagrados del misterio de la vida del Verbo encarnado y por ello la Escritura, la Tradición y el Magisterio lejos de representar elementos disgregantes son manifestación visible de la unidad de Cristo, por medio del Espíritu Santo, con la Iglesia y de la unidad misma de la Iglesia en sus distintas dimensiones.

La santidad es la clave hermenéutica fundamental de la Sacra Escritura

Para alcanzar el nivel profundo de la realidad se necesita la fe, es decir una relación personal con la Palabra de Dios, de este modo, dice el Santo Padre, «descubrimos la razón por la que un proceso de interpretación auténtico no es solo intelectual sino también vital, que reclama una total implicación en la vida eclesial, en cuanto vida “según el Espíritu” (Ga 5,16)» ((Verbum Domini, 38.)).

Los santos son quienes han escuchado la Palabra de Dios y la han vivido hasta las últimas consecuencias. Retomando las palabras de S. Gregorio Magno, dice el Santo Padre, “viva lectio est vita bonorum”. Así, la interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua» ((Verbum Domini, 48.)).

Los santos participan de la santidad que Cristo concede a su Esposa, y por ello representan una hermenéutica de la Escritura de la cual no se puede prescindir. «El Espíritu Santo, que ha inspirado a los autores sagrados, es el mismo que anima a los santos a dar la vida por el Evangelio. Acudir a su escuela es una vía segura para emprender una hermenéutica viva y eficaz de la Palabra de Dios» ((Verbum Domini, 49.)).

Escuchar a los santos significa, a semejanza de Cristo, estar en contacto con el Padre por medio de la acción vivificante del Espíritu Santo. Jesucristo vivía en una constante comunión con el Padre y es esa relación con el Padre que nos resulta esencial para entender la vida misma del Cristo. Esa misma relación nos impone una consideración: si la entera vida de Jesús está permeada de este diálogo con el Padre, nosotros debemos entrar también en su misterio de comunión.

Este criterio relativo supone de alguna manera un principio gnoseológico fundamental para la interpretación bíblica: la simpatía. Es decir, entrar en la Persona en cuestión, mejor aún entrar en su realidad espiritual en modo de ser una sola cosa con ella en modo de ser capaces de comprenderla en cuanto posible desde adentro.

La ciencia de la fe se realiza en un encuentro personal, en un encuentro en el cual Él se revela a mí. De este modo, si bien todos los elementos científicos y teológicos son importantes y necesarios, para conocer al Señor no bastan, es necesario como ha dicho el Santo Padre agregar la teología de los santos, es decir, la teología de la experiencia de vida en Cristo, aquella que se hace de rodillas y de la que puede realmente resultar un fruto del Espíritu para la edificación de la Iglesia.

Juan David Quiceno Osorio

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