Conocer a la persona constituye una tarea compleja. Desde el inicio del devenir cultural, pensadores y filósofos se han ocupado de esta labor demandante. Quizá una idea que surge sobre el hombre es que se trata de un ser en búsqueda, de un explorador. Sus honduras guardan interrogantes fundamentales. Quizá formuladas de maneras distintas, nacen de la necesidad de responder al sentido de su existencia.

En la historia son incontables las personas que han contemplado el firmamento interrogándose sobre el origen de toda aquella inmensidad, sobre la propia vida, y su fin último. Indagando en su estrecho mundo cultural, los hombres primigenios reflexionaron sobre el origen y el sentido de sus existencias. En un intento de asir lo lejano e incomprensible, quizá elevaron las manos hacia el firmamento, intentando abarcar la noche estrellada, gesto de fervor y admiración que perennizaron en pétreas tallas, como en pinturas plasmadas en paredes de grutas y cavernas.

Las interrogantes a partir de la “injustificación última” del ser

En sus exploraciones el hombre buscó infinitas veces y en mil lugares. Entre la angustia y el gozo indagó y se interrogó sobre el origen de las cosas y de los hombres. Inquirió sobre la finitud de su pasar por el mundo y, acaso, si en algún lugar habitaba la infinitud, la trascendencia.

Las personas aurorales, de los orígenes, aprendieron a conocer el dolor ante la ausencia del prójimo cercano. El sufrimiento que antecede a la consumación natural de la vida, o su súbito y violento final, trazaron profundos y desconcertantes enigmas. El hombre existe, pero ¿podría no existir? En palabras de Miguel Benzo, el ser humano experimentó “la injustificación última del mundo y del yo (…) El miedo a la completa injustificación” ((Miguel Benzo, Hombre Profano, Hombre Sagrado, Tratado de Antropología Teológica, Ediciones Cristiandad, Madrid 1978, p. 143.)).

[pullquote]El desgarro de la muerte, compañera fiel del caminar de todo hombre y mujer en la historia, jamás alcanzó a opacar la esperanza de permanencia en la persona. El hombre primigenio sobrepasó las exigencias que ocupaban su quehacer cotidiano para forjar una experiencia de infinitud y trascendencia, que desde la “hondura” más profunda, desde lo fondal, “apunta a la plenitud de la persona en el encuentro con la realidad trascendente desde la cual todo recibe sentido” ((Luis Fernando Figari, Nostalgia de Infinito, Fondo Editorial, Lima 2002, p. 8.)). [/pullquote]

El hombre antiguo, como el moderno, enfrenta retos, vive rupturas y quebrantos; se ve indolente y a la vez creativo, requiriendo responder a las pequeñas pruebas cotidianas, así como a las grandes aspiraciones de la existencia ((“El ser humano siempre será el mismo; su estructura fundamental como persona habrá de mantenerse como tal”. Ver allí mismo.)). Lo guiaba el deseo de comprender y dominar la naturaleza con su inteligencia y su capacidad creativa. Cada descubrimiento le complacía porque se encontraba en posesión de un nuevo bien. El curso de la vida le aportaba nuevas oportunidades de socializar, de enriquecer su mundo relacional, desplegando la dimensión amorosa de su naturaleza. Estaba aprendiendo a vivir en alegría, la expresión más noble de la felicidad.

La pedagogía cotidiana, con sus gozos y dolores, también mostró al hombre las fragilidades inherentes a su condición humana. Fue aprendiendo tempranamente que el bienestar resultaba fugaz. Su ser más esencial, abierto a la comunión, añoraba una experiencia de contento que perdure, que lo envuelva de permanencia. Aquel hombre añoraba respuestas. Las experiencias de plenitud le hablaban de una realidad elevada, experimentada cuando alcanzaba un bien apetecido. ¿Acaso no existe alguien que sustente lo supremamente valioso?

Lo profano y lo sagrado

Aquel hombre se conmocionó con las jornadas tormentosas y con los cielos despejados. La luminosidad del día le traía nueva vida. La oscuridad de la noche reverente, temor y sosiego. Estaba invadido por un sentimiento de distancia, de lo tremendo que debía ser aquel Otro, tan radicalmente distinto a las limitaciones e imperfecciones humanas ((Mircea Eliade, Tratado de las Religiones, Ediciones Cristiandad, Madrid 1974, T. I, p. 37.)).

Se conmocionó ante la fortaleza de la divinidad, capaz de suscitar el firmamento y los seres humanos. Fue trascendiendo lo concreto y profano para abrirse a la dimensión de lo sagrado. La persona fue tomando conciencia de lo sacro, manifestándosele como algo enteramente distinto a lo cotidiano. Constituyen las “hierofanías”, los “rostros” de lo sagrado, que se descubren, revelándose ante la persona ((Mircea Eliade, The Sacred and the Profane. The nature of religion, A Harvest HBJ Book, New York 1959, p. 11.)).

La percepción de lo tremendo, de lo perfecto, de aquello que permanece, sin culminar, como ocurre con la existencia humana, con el día que se transforma en noche, con el agua que fluye para conjugarse en los océanos, quizá le hizo pensar en “un fundamento que remite hacia”; en torno de aquello infinito, pleno de poder creador y poseedor de perfección, que otorga consistencia a todo lo demás.

Desde su fundamento, de su dinamismo de permanencia, la persona estaba en posibilidad de hacerse sensible a la dimensión de infinito. Se trataba de un ser humano en búsqueda, aspirando a “ser más”, pero a la vez invadido de deseos y ansias de infinitud, que contrastaban con la cotidiana experiencia de fragilidad ((Luis Fernando Figari, Ob. cit., pp. 14-15.)).

El hombre expresó la exultación de sus experiencias gratificantes a través de manifestaciones que se han conservado en forma de mitos y tradiciones. La persona podía mostrar esta capacidad de “religación” porque estaba abierta a dimensiones de mayor amplitud que los límites que le imponía su existencia intramundana. Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre se levanta irreductible, por encima de “una simple parcela de la naturaleza, o a un elemento anónimo de la ciudad humana”, había señalado el Beato Juan Pablo II ((Juan Pablo II, Discurso inaugural. III Conferencia del Episcopado Latinoamericano, 28 de enero de 1979, N. 1, 9.)).

La persona buscó desplegarse hacia aquello que hallaba infinitamente más sublime. Este despliegue “hacia” partía de la dimensión profunda del hombre, aquello interior orientado a lo divino, que podemos describir como “teologalidad”, un proceso que lo introdujo en la dimensión religiosa, en un sistema solidario de creencias y prácticas relativas a las cosas sagradas; a entablar una relación con Dios ((Ecclesiam suam, 28.)). quien representa “el valor moral último del universo en la medida en que la mentalidad primigenia es capaz de concebir una realidad tan absoluta” ((E. O. James, Historia de las religiones, Alianza Editorial, Madrid 1984, p. 19.)). El hombre descubrió el hambre de Dios, o más bien, que su existencia constituía un “hambre” de infinito.

© 2013 – Alfredo Garland para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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