En el libro Ser Cristianos el Cardenal Joseph Ratzinger utiliza la figura del «giro copernicano» para explicar una verdad fundamental en la persona humana. Esta imagen nos permite iluminar una actitud del cristiano que resulta necesaria para poder vivir un amor pleno y auténtico, al punto de afirmar que “quien ama es cristiano”.

13_07_13_card_ratzingerEn el libro Ser Cristianos ((Joseph Ratzinger, Ser Cristiano. Desclée de Brouwer, Bilbao 2007, pp.78.)) el Cardenal Joseph Ratzinger utiliza la figura del «giro copernicano» ((Se refiere al cambio revolucionario que desarrolló Nicolás Copérnico a partir de su teoría heliocéntrica del universo, en la cual afirmaba que la tierra y los demás planetas giran alrededor del sol relativamente estacionario. Esta teoría se oponía a la tradicional teoría geocéntrica (la tierra como centro del universo).)) para explicar una verdad fundamental en la persona humana. Esta imagen nos permite iluminar una actitud del cristiano que resulta necesaria para poder vivir un amor pleno y auténtico, al punto de afirmar que “quien ama es cristiano” ((Allí mismo, p. 64-66.)). Todos vivimos antes de Copérnico, dice Ratzinger, en el sentido que vivimos en la ilusión innata de considerar el propio yo como punto central y sobre el cual giran las personas y el mundo.

El amar es lo propio del cristiano, es lo que lo perfecciona y asemeja a Cristo. Se trata de la obediencia al mandato de Dios: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu Espíritu” y “ama al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-40). Y este mandato nos impulsa a algo totalmente imposible para el hombre por sus propias fuerzas: amar como Dios ama. Para ello los hombres debemos ser capaces de conocer la magnitud del amor de Dios. El Cardenal Ratzinger, en el texto antes mencionado, nos ilumina de la siguiente manera: «Él (Dios) no nos ama porque seamos particularmente buenos, particularmente virtuosos, particularmente meritorios, porque seamos de algún modo útiles o necesarios para Él. Nos ama no porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es bueno. Nos ama aunque no tengamos nada que ofrecerle; nos ama aunque nuestro vestido sean los harapos del hijo perdido, que no lleva consigo ya nada digno de ser amado» ((Allí mismo)).

Por el contrario, aquello que merece ser amado, querido, deseado por las personas en el mundo de hoy es aquello que les ofrece una utilidad que hace la vida del hombre más fácil o placentera. El mundo de hoy, en gran parte, concentra todo el valor del hombre en su acción, en su capacidad para hacer algo. Y más allá de su acción no existe nada más que pueda ser valioso. No estoy en contra de la acción, pero el valor de la misma supone la existencia, que es aquello en lo que vamos a reflexionar.

Al parecer el mundo de hoy ha reemplazado lo valioso del amor por expresiones determinantes. Me refiero a que tendemos a experimentar que merecemos el amor de los demás por nuestras acciones, virtudes o habilidades. Desde niños sabemos que nuestros familiares, amigos y la sociedad en general nos felicitan cuando hacemos algo que agrada y resulta valioso para los demás. Este hacer se convertirá en nuestra manera de medir cuán valioso o poco valioso somos para los demás. Sin embargo para Dios -que bien sabe que nuestras acciones, virtudes y habilidades son buenas-, no son motivo principal de su amor por nosotros. “Dios nos ama no porque seamos buenos, sino porque Él es bueno”. Esto no es una negación de la bondad en el hombre, ni de su acción, sino una comprensión más profunda del origen de nuestro auténtico valor. Somos valiosos porque existimos, porque somos alguien para Dios. Y desde esta comprensión podemos trascender a nosotros mismos y comprender nuestra bondad y acción como una invitación por parte de Dios a la imitación de su misma bondad y acción para con los demás.

[pullquote]Entrar en la bondad de Dios, en el camino de Jesús, implica entender que mi estructura interior me permite vivir el amor de tal manera que «seamos buenos, no solo con quien nos resulte simpático. Más bien significa ser buenos con quien tiene necesidad de nuestra bondad» ((Allí mismo)). De modo que como cristiano, como ser humano, no puedo negarle mi bondad a nadie, más bien debe ser considerada esa bondad como un don para todos, incluso cuando experimente que alguien no la quiera acoger.[/pullquote]

Realizar el “giro copernicano” es un acto que involucra mi mente, mi corazón y mis acciones concretas. Mi persona íntegramente volcada a dejar de considerarme como centro del universo. Considero que el motivo central para realizar aquello es el amor, por ello el título de este artículo es “El giro copernicano del amor”. Bajo esta perspectiva, dejamos de considerarnos el centro de la realidad, descubriéndonos como creaturas de Dios, amadas por su presencia en el centro de nuestra vida. La luz de Dios para el hombre es Cristo; luz que ilumina a todos los seres humanos y los conduce a compartir un valor común según su propia naturaleza. El hombre, por tanto, puede ver en la luz de Cristo al centro de su vida, la oportunidad de ver la realidad (lo que lo rodea) desde una mejor perspectiva, viéndose semejante con sus semejantes, y bendecido por la verdad (luz) que Dios le ha revelado.

Una comprensión auténtica de este “giro copernicano del amor” implica vernos a nosotros mismos, no en el centro, sino en compañía con otros semejantes. Ello no busca promover una uniformidad que pierda de vista lo personal y particular de cada uno. Tampoco se trata de que para evitar el egocentrismo (El “yo” como punto central), se deba caer en un alocentrismo (El “otro” como punto central) o una abnegación aniquilante, perdiendo contacto con la caridad y el bien hacia nosotros mismos. Ninguno de los extremos es saludable. Más bien, se trata de un recto amor a nosotros mismos, fundado en la certeza de que cada persona es amada, y por tanto valiosa, por el hecho de existir. Esta dualidad entre egocentrismo y alocentrísmo se resuelve en la humildad como conocimiento y valoración de sí mismo en la verdad ((Luis Fernando Figari, Una espiritualidad para nuestro tiempo, VE, Lima 1995, p. 20.)).

Este giro copernicano es algo muy sencillo, y a la vez muy revolucionario, dice Ratzinger ((Joseph Ratzinger, Ob. Cit., p. 66.)). Este movimiento (giro) consiste en dejar de vivir encerrados en nosotros mismos, sin percatarnos que los demás nos necesitan, y al mismo tiempo comprender nuestro valor en el amor y el servicio que podemos realizar desde la comprensión clara de nuestros dones y limitaciones, permitiéndonos obrar en la vida con la certeza de que sin amar y ser amados nos es imposible comprender nuestra existencia y estar conformes con ella.

© 2014 – José Luis Villalobos Mendiola para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

José Luis Villalobos Mendiola

Jose Luis nacio en Lima, Perú el año 1988. Vivió muchos años en la ciudad de Chincha, estudiante del colegio Santa María. También fue estudiante de Historia del Perú en la PUCP. Desde el 2006 es miembro consagrado del Sodalicio de Vida Cristiana. Vive en Santiago de Guayaquil desde el año 2012 donde realiza apostolado con jóvenes y está cursando estudios de psicología.

View all posts

Add comment

Deja un comentario