Uno de los elementos claves que permite a cualquier tipo de organización perdurar en el tiempo es la confianza. Cuando esta no existe se deterioran las relaciones interpersonales y se desgastan energías y esfuerzos en direcciones erradas. En el libro de Stephen M. R. Covey denominado “La velocidad de la confianza” se describen algunos síntomas de las organizaciones donde prima la desconfianza tales como: Tiempo perdido defendiendo posiciones; excesivo control y burocracia; sistema de buscar “culpables”; tener agendas escondidas (no se dice todo lo que piensa).

La mala relación entre jefe y trabajador es una de las principales causales de renuncia. En uno de los estudios publicados en dicho libro concluye que solo el 51% de los trabajadores tiene confianza en su jefe. También menciona que en el último año, el 76% de los trabajadores ha observado conductas antiéticas.

La confianza es una combinación de varios factores entre los cuales predominan la integridad y la habilidad para ejercer la tarea encomendada. Una persona que no es coherente con sus principios y valores no es confiable. Es muy evidente, por ejemplo, la falta de credibilidad que genera un jefe, que por un lado predica la ética y por otro, actúa en dirección opuesta.

Adicionalmente es necesario tener las habilidades en el campo específico para que las personas puedan ponerse en manos de otros. Por ejemplo, uno no busca simplemente a un médico por ser una buena persona, sino por su experiencia y capacidad profesional.

Una organización que se basa en la confianza incentiva la innovación y creatividad, colaboración entre equipos de trabajo, relaciones transparentes y lealtad entre los colaboradores. Esto requiere una cultura de constante aprendizaje y que acentúe no solo los resultados, sino la forma de obtenerlos.

[pullquote]Para medir el grado de credibilidad que transmitimos ante los demás, cabe evaluarnos en los siguientes aspectos: veracidad y transparencia en lo que decimos; cumplimiento de lo que ofrecemos; coherencia en los valores que profesamos; interés genuino y capacidad de sacrificio por los demás. La confianza se construye día a día empezando con actos sencillos que evidencien nuestro real interés por la persona.[/pullquote]

© 2015 – Carlos Muñoz Gallardo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

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